(Este texto N. 11 es una Paráfrasis del original en lenguaje actual)
En enero de 1634, María Evangelista estaba en oración pidiendo perdón a Dios por sus faltas. Sentía profundamente su pequeñez y veía cuánto dependía el alma de Dios para tener verdadera vida. Le dolía no corresponder al amor y a las gracias que de Dios recibía, y también sufría por quienes aún no habían recibido esta luz espiritual.
El
Señor le muestra cómo actuó la Trinidad en la Encarnación y cómo ese mismo
misterio, por gracia, se refleja ahora en su alma, le hace experimentar su
presencia trinitaria en su corazón y le enseña que “concebirlo” es guardar y
meditar sus obras con amor. El alma reconoce con claridad la acción del Padre,
del Hijo y del Espíritu Santo en ella y tiene la certeza que no hay don mayor
que Dios habitando en una criatura.
El
Hijo de Dios le explica que la verdadera maternidad espiritual consiste en
darle posada en el corazón y alimentarlo con pensamientos puros y adoración
interior. Ella contempla la esencia divina y la distinción de las Personas en
una sola voluntad. Se siente colmada y entiende que quien tiene a Dios no
necesita nada más. En ese estado solo puede pedir por la Iglesia. Cristo le
revela que una sola alma que intercede con fe sostiene más que ejércitos
enteros sin fe.
Pide
por las almas del purgatorio. El Señor le muestra cómo las consuela con nuevas
esperanzas, como hizo con las del limbo[1]
en la Encarnación. Entiende que estos favores se deben a que Dios ha encontrado
en su alma un lugar donde habitar. Ella se siente indigna ante la presencia
viva de la Trinidad. María Evangelista, asombrada, preguntó por qué recibía
tantas gracias ella que era tan débil. Dios le respondió que lo hacía por su
pureza de su intención, y le propone que en adelante Él cuidaría de ella si
ella cuidaba de seguir sus caminos. Le pidió que se ocupara de buscarlo en las
verdades de la fe y en los frutos de la Iglesia, y que Él cuidará su corazón
como cuida a la Iglesia mediante el Espíritu Santo.
El
Señor le muestra cómo infunde continuamente sus dones y cómo la Iglesia es el
depósito de todas estas riquezas espirituales.
Finalmente,
Recibe luz para contemplar y gozar de este misterio trinitario: el Padre como
principio, el Hijo engendrado, y el Espíritu Santo procediendo de ambos. Todo
esto lo ve en su propio corazón tal como enseña la fe.
Misericordias de Dios
comunicadas a María Evangelista (N.11).
[1] Aquí el Limbo se refiere a las almas que de las personas buenas que murieron antes de la Muerte redentora de Cristo.
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