17 enero 2026

Diario de Oración: La pobreza del alma sin Dios e Inhabitación de la Trinidad en el alma

 

                         (Este texto N. 11 es una Paráfrasis del original en lenguaje actual)

En enero de 1634, María Evangelista estaba en oración pidiendo perdón a Dios por sus faltas. Sentía profundamente su pequeñez y veía cuánto dependía el alma de Dios para tener verdadera vida. Le dolía no corresponder al amor y a las gracias que de  Dios recibía, y también sufría por quienes aún no habían recibido esta luz espiritual. 

Dios le muestra el ejemplo de la Virgen: su grandeza proviene de contemplar continuamente los misterios de Dios, especialmente la cruz. Ella es modelo de pureza y unión con Dios. La autora se siente llamada a ese camino, pero lo percibe demasiado alto para sus fuerzas. Aun así, reconoce que Dios la invita. En medio de su temor, Cristo la toma interiormente y le revela que quien lo posee lo tiene todo. Le explica cómo la Virgen lo concibió primero en su corazón.

El Señor le muestra cómo actuó la Trinidad en la Encarnación y cómo ese mismo misterio, por gracia, se refleja ahora en su alma, le hace experimentar su presencia trinitaria en su corazón y le enseña que “concebirlo” es guardar y meditar sus obras con amor. El alma reconoce con claridad la acción del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en ella y tiene la certeza que no hay don mayor que Dios habitando en una criatura.

El Hijo de Dios le explica que la verdadera maternidad espiritual consiste en darle posada en el corazón y alimentarlo con pensamientos puros y adoración interior. Ella contempla la esencia divina y la distinción de las Personas en una sola voluntad. Se siente colmada y entiende que quien tiene a Dios no necesita nada más. En ese estado solo puede pedir por la Iglesia. Cristo le revela que una sola alma que intercede con fe sostiene más que ejércitos enteros sin fe.

Pide por las almas del purgatorio. El Señor le muestra cómo las consuela con nuevas esperanzas, como hizo con las del limbo[1] en la Encarnación. Entiende que estos favores se deben a que Dios ha encontrado en su alma un lugar donde habitar. Ella se siente indigna ante la presencia viva de la Trinidad. María Evangelista, asombrada, preguntó por qué recibía tantas gracias ella que era tan débil. Dios le respondió que lo hacía por su pureza de su intención, y le propone que en adelante Él cuidaría de ella si ella cuidaba de seguir sus caminos. Le pidió que se ocupara de buscarlo en las verdades de la fe y en los frutos de la Iglesia, y que Él cuidará su corazón como cuida a la Iglesia mediante el Espíritu Santo.

El Señor le muestra cómo infunde continuamente sus dones y cómo la Iglesia es el depósito de todas estas riquezas espirituales.

Finalmente, Recibe luz para contemplar y gozar de este misterio trinitario: el Padre como principio, el Hijo engendrado, y el Espíritu Santo procediendo de ambos. Todo esto lo ve en su propio corazón tal como enseña la fe.

Misericordias de Dios comunicadas a María Evangelista (N.11).



[1] Aquí el Limbo se refiere a las almas que de las personas buenas que murieron antes de la Muerte redentora de Cristo.


 

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