30 enero 2026

DIARIO DE ORACIÓN: La participación del alma en la Cruz de Cristo y su configuración con Él

Un día, a finales de febrero, mientras estaba en oración, tenía dentro de mí varias penas y preocupaciones por cosas que el Señor me hacía ver. Sentía una aflicción interior tan fuerte que incluso afectaba a mi cuerpo. Aun así, mi alma sabía que esa pena venía de Dios y no perdía su presencia. Llevaba varios días así, con una comprensión profunda del valor de la cruz y con luces claras sobre los bienes que trae.

Estando en este estado, contemplando los caminos del Señor, Él me habló y, con un nuevo recogimiento interior, me enseñó cómo era ese padecer y cómo había sido en Él mismo. Me mostraba lo que muchas veces me había enseñado: el sufrimiento de su alma y de su naturaleza humana. Era como si su alma contemplara el pecado del hombre, por el cual debía satisfacer, y distribuía por todo su cuerpo el castigo que el hombre merecía. Y, de un modo que solo su sabiduría comprende, tenía en cada instante la cruz en todo su cuerpo, como si tuviera muchas cruces a la vez. Y en cada una de esas cruces padecía con la misma intensidad, como si solo estuviera sufriendo esa.

Mi alma veía que el Señor tenía esto en todas las partes de su cuerpo y que a todas les daba ser. Y sufría por el hombre con una pena tan grande que solo Él podía enseñarme cómo era ese tormento continuo. Y al enseñármelo, lo imprimía en mi corazón y en mi cuerpo de tal manera que yo perdía el sentido de mí misma y me causaba angustias tan fuertes que ponían en peligro mi vida.

El Señor, con amor, animaba mi alma y me decía: “Yo, María, en el huerto tuve esas mismas angustias. Mi naturaleza humana sufrió una congoja tan grande que di paso a la cruz, y el Padre me consoló. Pero mi alma, mirando siempre la voluntad de mi Padre, tomaba fuerzas para padecer. Así también tú necesitarás fuerzas si has de ser un espejo donde yo mire mi rostro y estampe mis acciones.”

El Señor me animaba con algo que ya me había enseñado muchas veces: la cogulla[1] que me habían puesto el día de mi profesión para monja de coro. Me la mostró como cubierta de cruces por todas partes, sin un solo espacio libre, como si estuviera bordada de dolores. Era tan pesada que ninguna criatura humana podría soportar ni siquiera un poco de ella. Una hermana de comunidad, sierva suya, a quien también se la mostró, el Señor, sintió un poco de ese peso y dijo que no podía soportarlo. Cuando preguntó para quién era, le dijeron que era la cogulla de María Evangelista.

El Señor me enseñaba que también tenía una cruz grande que afectaba a toda su persona. Yo le pregunté qué significaba esa cruz grande, y Él me respondió: “María, las muchas cruces que ves en la cogulla representan mi vestidura interior, la manera en que mi alma y mi cuerpo padecían, comprendiendo todas las penas de mi naturaleza humana, a la que yo dejaba sin consuelo. Nunca le di alivio, ni le comuniqué los gustos del alma. Cuando te mostré la cogulla, aunque no lo entendiste, era para que conocieras esta verdad y el camino por el que debía ir tu alma.”

La cruz grande representaba el trato con los hombres: sin luz, sin verdad, sin conocimiento de aquello para lo que fueron creados. Todos estaban metidos en pecado y sin deseo de otra cosa. Yo, que soy la Verdad, caminaba entre ellos y no me conocían ni querían conocerme. No encontraba lugar para enseñarles estas verdades porque sus corazones estaban llenos de mentira y solo buscaban sus propios gustos. Por eso dije que todos tenían dónde descansar, incluso las aves del cielo, pero yo no tenía dónde reclinar la cabeza.

El Señor me mostraba que esta cruz grande había sido el trato con los hombres y cómo siempre la llevaba atravesada en su corazón al verlos tan alejados de la verdad. Las otras cruces eran la satisfacción por sus pecados. Y me enseñaba cómo trataba a su naturaleza humana, siempre desamparada, y cómo vivió en forma de cruz desde el momento de su concepción.

También me mostraba cómo su alma, unida a la divinidad, daba valor a esa cruz, y cómo satisfacía por todos los pecados de los hombres, sufriendo por cada uno de ellos un dolor particular. Parecía un leproso, cubierto de fatigas, sin nada sano en Él. Y me decía que ese era también mi camino, según mis fuerzas.

Cuando le pregunté por la cruz grande de mi cogulla, me dijo: “Esa es el trato con las criaturas y las ocasiones de sufrimiento que te causan. Sabes bien que su trato te ha sido y te es cruel.” Y me mostraba todo lo que yo había sufrido y otras cosas ocultas que habían herido mi honra.

Yo veía que así era, aunque me reconocía tan pobre criatura que lo echaba todo a perder. Pero el Señor me mostraba cómo unía mis obras con las suyas, consumiendo mis faltas y dándoles valor con el valor de sus pasos. Y así como el Padre y el Espíritu Santo dieron valor a su cruz, también Él daba valor a mis pequeños pasos, uniéndolos al fruto de su sangre, para bien de las almas del mundo y del Purgatorio.

Yo meditaba todo esto y veía cómo el Señor me había enseñado siempre la verdad. Y como me parecía que Él revolvía pasado y presente, mostrando sus tesoros, por eso yo pensaba que mis confesores que siempre tenían trabajo con todo esto teniendo que ayudarme a clarificar del todo sus misterios.

El Señor, respondiendo a mi pensamiento, dijo: “María, ¿Qué tiene de extraño si son sombra de mi Iglesia y reflejo de lo que yo hice en ella? ¿No sabes que para plantarla, después de mi muerte, mis apóstoles y evangelistas se ocuparon en dar luz a mis obras? Pues en ese trabajo gastaron su vida. Yo quiero que tú, como figura de mis pasos y de mi Iglesia, también des luz a mis obras.”

Y mi alma veía que así era, porque había recibido muchas cosas de modo particular. Y así como el Señor había depositado sus obras vivas en la Iglesia, también me había dado luz y fuerza para conocerlas. Veía cómo el Espíritu Santo asistía en la Iglesia, ungiendo y dando valor a todo, y cómo el Padre y el Hijo asistían a las obras de la humanidad de Cristo. Y me enseñaba que ese mismo Espíritu daba luz a mi alma y guiaba mis pensamientos, que siempre terminaban en la cruz, porque Él se complacía en ella y ese había sido su vestido. Bendito sea por todo. Amén.

Misericordias de Dios comunicadas n.20

ADVERTENCIA

 Diario de oración de M. María Evangelista: Se trata de una paráfrasis del original con lenguaje actualizado, pero fiel totalmente al texto: No hay nada inventado sólo actualizado el lenguaje. 



[1] Habito especial que se le impone a una monja cisterciense el día de su profesión solemne y que sólo la usa para asistir al rezo del Oficio Divino. Aquí la cogulla cubierta de cruces se utiliza como símbolo del dolor del Señor en su pasión del cual hacia partícipe a María Evangelista para identificarla con Él en el dolor lentor de su pasión.


27 enero 2026

DIARIO DE ORACIÓN: LA OBRA DE DIOS EN LA POBREZA HUMANA

V. M. María Evangelista

Paráfrasis en lenguaje actual del texto de M. María Evangelista

Mientras estaba en oración, pensaba en todo lo que los seres humanos le debemos al Señor. En particular, reflexionaba sobre todo lo que Él había hecho por mí y cómo, de tantas maneras, se había manifestado en mi alma. En ese momento, se me mostró algo como un sol que miraba directamente hacia mi interior.

Me fijé bien y entendí que ese sol representaba al Señor. De él salían muchos rayos que se extendían hacia diferentes lugares y hacia muchas almas. También hacia la mía llegaba esa luz de manera plena. Entonces se me dijo:

“En ti he puesto mi mirada como la pongo en mi Iglesia. He depositado en ti mis tesoros, te he comunicado lo más íntimo de mi corazón. Te he mirado de frente, igual que miro a mi Iglesia. En ella puse mis obras y se las comuniqué; así también lo he hecho contigo, no con una simple chispa, sino con la plenitud de mi ser y de mis verdades.”

Me manifestó que actuaba así según mi capacidad, mostrándome lo mejor de sus obras y sus secretos con claridad y plenitud. Me dijo que siempre había estado atento a mi alma y a mi camino, porque eran obra suya, reflejo de esa “nueva Iglesia” de la que tantas veces me había hablado.

Yo le respondí que no podía escribir esas cosas sobre mí misma, porque no quedaría bien. Él me contestó: “No lo digas como si fuera obra tuya, sino mía. Yo soy quien lo hace en ti; tú no aportas nada.”

Añadió que Él se inclina hacia lo pobre y lo pequeño, porque ahí se manifiesta mejor su grandeza. Me preguntó qué pensaba que significaba “nacer” en un alma: era Él actuando dentro de ella, renovando lo que hizo en su Madre, concibiéndose por gracia y por obra del Espíritu Santo, que sigue actuando hoy como entonces.

Dijo que los hombres no entienden estos caminos porque no son obras humanas, sino divinas, y solo pueden comprenderse con su Espíritu. Para hablar de Él, es necesario tenerlo a Él. Toma a la criatura como instrumento, pero esta no puede abarcar lo que hay en su “casa”. Él se une al alma y juntos realizan la obra, porque también quiere la voluntad humana, igual que quiso la de su Madre para encarnarse.

Yo me entristecía al ver cuánto se extendía el Señor en explicarme todo esto. Él me decía: “A mí me atrae la pobreza y la pequeñez. ¿No viste cómo me atrajo la pobreza del portal de Belén? Allí quise nacer, allí viví y allí me manifesté. Así también en tu corazón: al ver tu nada, tu poca ciencia y tu pobreza, me he inclinado a obrar en ti y a manifestarme al mundo por medio de este instrumento. Quiero ser conocido a través de esta pobreza, como lo fui en Belén.”

Me mostró cómo en aquel portal estaban presentes la Trinidad y todos los tesoros del Cielo, guardados en el corazón de María, que hacía oficio de Iglesia. Ella conservaba sus obras y lo “concebía” de nuevo con su aceptación interior.

Manifestó que lo tenían “en el suelo” como signo del remedio del pecado: abatido, perseguido, sin el reconocimiento del bien que traía. María lo levantaba, como ahora lo levanta la Iglesia, celebrando sus misterios porque lo lleva en su corazón.

Todos los pecadores podían entrar en el portal, porque estaba abierto para todos. Él estaba “en el suelo” porque pocos reconocían sus obras. Su Madre fue la primera en levantarlo, adorarlo y trabajar en sus obras, concibiéndolo de nuevo por obra del Espíritu Santo, que guiaba su alma como ahora guía la mía.

Me enseñaba la diferencia entre las obras hechas según sus caminos y las hechas por caminos humanos: las primeras tienen vida, fruto y plenitud; las otras no tienen consistencia. Por eso María creció tanto: porque actuaba en las obras de Dios, lo llevaba dentro, caminaba por sus sendas. Su humildad la engrandeció; su pobreza la enriqueció. Él puso sus tesoros en ella como los puso en el portal de Belén.

El Señor me mostraba todo esto con tanta claridad que comprendía que yo no tenía nada propio ni podía nada por mí misma: todo lo hacía Él. Bendito sea por siempre.

Misericordias comunicadas N.4  (V. M. María Evangelista