15 agosto 2018

Las virtudes cristianas en M. María Evangelista

INTRODUCCIÓN

   La santidad es la vocación del cristiano que, día a día ha de luchar por asemejarse cada vez más a Cristo, hasta poder exclamar como San Pablo " ya no vivo yo es Cristo quien vive en mi". Pero, no es solo el anhelo del corazón y palabras, también tiene que manifestarse y expresarse radicalmente en la conducta del hombre, para que este deseo y palabra convierta en testimonio real de la acción santificadora de Dios en la persona. E la lectura de San Pedro leemos que dice: "sed santos en toda vuestra conducta".
Es decir, que la santidad se expresa en la vida y lo hace a través de la práctica de las virtudes. El Espíritu Santo es el santificador de nuestras almas, a través de la gracia santificante nos capacita para alcanzar la santidad a la que estamos llamados, pero nosotros hemos de cooperar con esta gracia dada por Dios a través del Espíritu y esta cooperación es lo San Pablo le llama "correr la carrera".
Cuando la Iglesia canoniza a un santo, no lo hace por los dones extraordinarios que tuviese sino por la práctica heroica de la virtud. Esta es la medida para la santidad. Mientras más santo más semejante a Cristo en todo. El santo es otro Cristo.

María Evangelista, que fue dotada de un natural lleno de vigor, ternura, rectitud y generosidad, supo encaminar la firmeza de su carácter hacia el logro de las virtudes teologales y morales desde la infancia, que facilito la vivencia de las virtudes cristianas hasta el heroísmo. En sus años de vida religiosa y luchó por alcanzar siempre el más alto ideal al que se sintió llamada: la santidad. Así lo han dejado reflejado sus coetáneos, tanto los de Cigales, su pueblo natal, como sus hermanas de comunidad, las de Santa Ana de Valladolid y las de Santa Cruz de Casarrubios.
Los dones de naturaleza y gracia se fundieron en ella como un todo armonioso. Su forma de vivir dignificaba los valores humanos, hacía deseables las virtudes y posibles los dones de la gracia del Espíritu Santo, y esto floreció y se manifestó en los abundantes carismas cristianos y en un ejemplo continuo de una vida contemplativa monástica plena.
También sus escritos personales de tan rica espiritualidad, surgen de esa riquísima experiencia de Dios. Experiencia y espiritualidad que transmite a través ellos y del testimonio de una vida manifestado precisamente en la práctica heroica de las virtudes.
 En ella se resuelven armoniosamente las tendencias tantas veces contrarias de la naturaleza y la gracia. Sus prolongados y permanentes sufrimientos conviven perfectamente con su alegría y dulzura, manifestadas en el trato con los demás. Su natural despierto y claro, con el control de sí misma, manifiesta siempre una mansedumbre excepcional; la entrega en las actividades que se le encomiendan, con la quietud orante a lo largo del día y de la noche; la soledad en las dificultades y arideces interiores, con la amable acogida de los de dentro y fuera del monasterio; los grandes sufrimientos físicos, con la mayor serenidad, derramando consuelo, luz y consejo. Logró encontrar la forma de transformar lo amargo en dulzura de alma y cuerpo.
Por cada oficio que pasaba dejaba su huella benéfica. Así lo testimonian sus compañeras de cocina, de ropería, enfermería y portería en el Monasterio de Santa Ana de Valladolid y en el de Santa Cruz de Casarrubios. Hasta hoy permanece esa huella. Dan fe de ello las hermanas que actualmente viven en estos dos monasterios también los vecinos, sobre todo, de Casarrubios. El heroísmo de esta hermana se reveló en su fe inquebrantable, que manifestó en todo momento y que la llevó a inmolarse completamente porque se cumpliera siempre en ella la voluntad y el gusto de Dios, en lo interior y en lo exterior, en su comunidad y en la Iglesia.
Vivió heroicamente su identificación con Cristo en la Cruz y luchó y oró para que ese fuera el ideal de sus hermanas y de cada cristiano. La cruz fue el hilo conductor de toda su vida y escritos, no solo en la teoría, sino que en ella fue realidad plenamente vivida. Cristo, en el Sacramento del Altar, era la Prenda preciosa sin la cual no podía vivir, por eso Dios la premiaba tantas veces proporcionándole la comunión sacramental diaria a través de tantos medios, siempre determinados por los superiores. También este regalo precioso de Dios supuso una gran fuente de sufrimiento que, humanamente, corroboró a hacer su cruz tan pesada y que a su vez la colmaba de gozo, porque le daba la seguridad de que no había engaño en lo que percibía de la acción, presencia y amor de Dios en su alma. Su conocimiento y experiencia profunda de la bondad de Dios es la garantía y comprensión de la práctica de las virtudes heroicas y todos los carismas que se han dado en ella y que se irán exponiendo a lo largo de este pequeño y sencillo estudio.
Su vida escondida con Cristo en Dios da fuerza y fecundidad a la vida monástica, tan rica en valores humanos y espirituales. María Evangelista es un testimonio del poder transformador de la gracia, de la abundancia en los carismas del Espíritu y del poder de la intercesión incesante.

En la práctica María Evangelista entendió muy bien que la santidad es la única vocación del hombre. No hay otra vocación, ni tenemos otra tarea mejor que realizar en la tierra. Todo para ser santos, todo para glorificar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Ella empeñó su vida en vivirlo con radicalidad. Supo conjugar ya desde su infancia la firmeza y la dulzura de su carácter hacia el logro de las virtudes teologales y morales. Sobresalió siempre en la más grade de ellas, la caridad. Se inmoló en cada instante de su vida abrazada a Cristo en la cruz y por la cruz y en la cruz, Dios la dignificó concediéndole altísimas experiencias místicas.
  Esta vivencia de Cristo crucificado la acerca al Padre, Creador de todo, que envía a su Hijo para salvación y santificación del hombre, y la acerca también a sus prójimos, por quienes Cristo murió haciéndolos hermanos. María Evangelista vivió convencida de que la Cruz es el núcleo de su vocación. Su espiritualidad, está totalmente centrada en ella. Se caracteriza por la vivencia alegre de la virtud de la pobreza, la mortificación, la humildad heroica, manifestadas en ella en todo tiempo y en todo momento y circunstancia. Su caridad fue exquisita con quienes la rodeaban y necesitaban, así como su fidelidad a la oración y a vivir con radicalidad la Regla y Constituciones hasta en los más mínimos detalles.
María Evangelista buscó siempre dejar que Jesucristo fuera el verdadero protagonista en su vida. Como exponen bien claro los testigos de su tiempo, por eso fue forjada desde el principio en el taller de la humildad que la impulsó con intensidad creciente a buscar, desde su profunda devoción, identificarse con Cristo en la cruz hasta el punto que pedía ser su sombra en este mundo. Dios se lo concedió abundantemente.
 Desde que entró en el monasterio tenía el deseo de que en su toma de hábito le impusieran el nombre de María de la Cruz, y aunque esto no pudo realizarse, sí logró, más tarde, aplicarlo como titular del Monasterio fundado por ella. Eso sí, vivió siempre a la sombra de la Cruz y fue por eso, que María Evangelista, ante el lienzo del Cristo de la Sangre, sintió la invitación del Señor a enjugar su rostro cuando este sudaba sangre para aliviar así sus angustias.
Su vida es una forma preciosa de alentarnos en el seguimiento e imitación de Cristo. Su relación con Dios no se ha realizado en la excelencia de sus grandes cualidades humanas, sino que dejó que Cristo penetrara en su alma y actuase en ella a través de su Persona. Aspiró siempre a que Él y solo Él fuera el único y verdadero protagonista en todas sus acciones y deseos, quien inspirase cada iniciativa y la sostuviera en cada momento.
Buscó a Dios siguiendo y amando a Cristo en la fatiga de la obediencia, indicada por San Benito, con tal fidelidad y prontitud que, mediante el sufrimiento, conquistó un lugar singular en la participación de los padecimientos de Cristo, por los cuales se llega a compartir la alegría en su Reino[1]. Jesucristo le había puesto en el corazón amor y espíritu de sacrificio, preparándola desde la adolescencia para ser monja y para una vida, ante todo, de contemplación. Por esto mismo, otro elemento fundamental en su vida extraordinaria y de oración es la contemplación de los divinos misterios, el coloquio con Jesucristo y la súplica humilde pero ardiente por tantas almas necesitadas que a ella se encomiendan y constituyen su ocupación. Después de haberla conducido a las más altas cimas de la caridad, el Señor le infunde el ansia de la salvación de las almas, así como el alivio de las penas que padecían todavía las que estaban en el purgatorio.

VIRTUDES TEOLOGALES
El Catecismo de la Iglesia Católica dice que las virtudes teologales se refieren directamente a Dios, nos disponen a vivir en relación con la Santísima Trinidad porque tienen como motivo y objeto a Dios Uno y Trino y son la garantía de la presencia y acción del Espíritu Santo en la facultades del ser humano[2].
María Evangelista no tuvo otra aspiración que la de ser total y únicamente de Dios, viviendo en una relación trinitaria continua. Sus escritos reflejan abundantemente este deseo. Desde que era una niña, y más desde el inicio de su vida religiosa, su búsqueda se dirigía a comprender y a vivir la presencia trinitaria en cada instante. Sumergida en esa “presencia” ni las grandes tormentas de la convivencia que sufrió le afectaban. Se mantenía siempre serena, alegre y dulce en el trato como si nada tuviera relación con ella.
Su vida, desde antes de entrar en el monasterio, se articula ilustrada por la gracia divina con una firmeza superior a la del común de los jóvenes y también, más tarde, de los mismos religiosos. Aquello que la caracteriza, en primer lugar, es la vida de inocencia. Fue ya un signo de predilección divina el que le fuera dado un ambiente de familia cristiana favorable a hacer brotar en ella las flores de la piedad y enderezarla a la práctica de la virtud.
Y es así transformada en recipiente, del cual habla san Bernardo de Claraval, que cuando está lleno, desborda y esparce agua a su alrededor. De este recipiente que es María, desborda la abundante gracia de Dios que hay en su alma de la que surge un fecundo apostolado que es un ulterior elemento constitutivo de su vida heroica. María Evangelista estaba llena del amor de Dios y a lo largo de su vida esparció amor a su alrededor.
Los testimonios de los que la conocían[3] son las columnas en las que podemos apoyarnos para estar del todo seguros de que en toda su vida manifestó que la vivencia y práctica de la fe, la esperanza y caridad eran el contenido mismo de su existencia. Por la fe tenía una experiencia muy sencilla y cercana con Dios a través de su filiación de la que brotaba un sentido vivo de confianza y esperanza, así como una vida de amor en obediencia, entrega, abandono, descanso, alegría constante y profunda en comunicación con Dios. Es decir, coherencia de vida total[4].
Toda su existencia fue un acto de fe, porque toda ella fue una continua entrega libre y total a Dios. Esto la llevó a la santidad. Su vida ha estado impregnada de fe y la vivió de un modo especial, desde la Cruz; no cualquier cruz, sino la de Cristo que se entrega por todos. Por ello hace de su vida una ofrenda total al Padre, que la lleva a entregarse por amor a los hermanos. Ese amor por todos nació de su fe y no de una compasión puramente humana sino contemplando la Cruz de Cristo.
Por la práctica de la virtud de la fe, perseveró siempre en el ejercicio de todas las virtudes sin pausa ni titubeos, firme en el estado de gran tensión en las diferentes situaciones de orden físico o espiritual. De este modo pudo cumplir múltiples actos de virtud con facilidad, prontitud y alegría, que son las características de su eminente virtud. La vida de fe de María Evangelista resulta extraordinaria por los recuerdos de quienes la han conocido con claridad y evidencia. Fue heroica en el agradecer, alimentar y conducir al más alto grado el don de la fe, ya sea en testimoniarla como en anunciarla y difundirla en cada ocasión y modo mediante un ardiente espíritu de oración y una intensa vida sacramental. El germen de la fe crece en ella hasta la cumbre de la contemplación, donde se da la adhesión mística al misterio de Dios y a la Iglesia.
Demostró la firmeza de su fe a lo largo de toda su vida viviendo día a día como ofrenda pura e inocente y en sus escritos habla de la virtud teologal de la fe como experiencia propia[5]. La manifestó como vida en toda su existencia porque sólo por una fe heroica se puede explicar su heroica entrega a Dios. Su vivir cotidiano fue un continuo ejercicio de fe. En muchos momentos creyó contra toda esperanza. Dios le pedía y revelaba lo que debía hacer y decir y ella respondía siempre aceptando humildemente, aun sabiendo el martirio que iba a suponerle. Se sentía llamada a ser monja de coro para cantar las alabanzas divinas y se le obliga a ser hermana lega, cuando las legas no asistían al coro, sino que se dedicaban a los servicios domésticos del monasterio. Sin embargo, aceptó aquello que objetivamente parecía una contradicción por parte de Dios, porque por la fe sabía que así eran los planes amorosos de Dios sobre ella[6].
 Era su actitud continua de fe la que hacía el milagro de que nada le inquietara y perturbara, sino que aceptaba pacientemente lo que parecía una continua contradicción, como quien sabe por la fe que no ha llegado la hora de Dios. La obediencia le pedía que escribiera sus experiencias místicas y ella, por un lado, se sentía completamente incapaz de explicar aquellas experiencias tan sublimes y, por otro, era consciente de las críticas y persecuciones[7] que supondría pero, aun así, con la ayuda de los confesores y con su enorme esfuerzo, además del sufrimiento y temor grandes, escribía o dictaba lo que el Señor le revelaba y lo que experimentaba en la oración, porque creía que era Dios quien actuaba dentro de ella y le revelaba lo que quería que dejara escrito. Cuando se resistía a hacerlo era siempre por temor a no saber explicarlo[8]. El Señor le reveló que sería fundadora de un monasterio, sin embargo, una hermana lega nunca podría serlo, pero también creyó en esto creyó contra toda esperanza y aceptó las consecuencias que ello supondría de sufrimiento y cruz. Creyó y esperó crucificada, y llegó lo que esperaba, aunque después de muchos años de espera y fidelidad[9].
Ejercitó su fe, principalmente desde la Cruz y en la Cruz con Él, Jesucristo, que había elegido para ella el mismo camino que Él mismo siguió por amor al hombre.[10].
María Evangelista creyó eficazmente en la Palabra de Dios e hizo de ella su alimento continuo en la meditación que conduce a la sabiduría y en la obediencia que configura con ella, por eso pudo expresar por escrito esa experiencia.
La Esperanza                                                           
No es posible vivir una vida de fe heroica con una débil esperanza. La vida de María Evangelista también fue un continuo ejercicio de esta segunda virtud teologal porque fue una perseverante aspiración a vivir con Dios y en Él, un áncora firmísima en medio de múltiples y prologadas pruebas a lo largo de su vida, poniendo su confianza en las promesas de Cristo, apoyándose en ellas y en los auxilios de la gracia del Espíritu Santo. Por esperanza firme en el Señor soportó vivir gran parte de su vida, una vocación impuesta por incomprensión. Se le obligó a vivir como hermana lega cuando su anhelo más profundo desde siempre, era el de ser monja para cantar las alabanzas divinas en coro del monasterio.
Además de este sufrimiento moral, fue aquejada de muchas y graves enfermedades que le provocaban sufrimientos indecibles, así como gravísimas y repetidas incomprensiones, contradicciones y persecuciones. Soportó todo, con paz y naturalidad porque estuvo animada por una absoluta esperanza y confianza en Dios. Con la ayuda divina, esperaba y confiaba llegar la eterna bienaventuranza, porque esa era su verdadera vocación, su única meta en esta vida. Confiando, en efecto, únicamente en el Señor, se abandonaba, completamente a la voluntad divina, sin perder nunca el ánimo. Las grandes dificultades que encontró en la fundación de monasterio de la Santa Cruz tampoco hicieron otra cosa que confirmar esa total esperanza en las promesas de Dios.
Era consciente de que en este mundo no se puede gozar en plenitud de los gozos divinos a causa de nuestras imperfecciones y limitaciones, pero sí se pueden empezar a gozar en esperanza, como lo vivía ella en todas las circunstancias de su paso por este mundo: “Yo veía que eran de tal modo las cosas que el Señor me ofrecía que temía de mí y le pedía fortaleza. Estaba así, ahogada, aunque veía al Señor que con su mano levantaba mi corazón, me daba esperanzas de sacarme todo bien”[11].
Lo esperaba todo del Señor, como se ha dicho, pero en ese esperar también encontraba gozo aún en medio de las mayores pruebas: “Y me parece que mi alma no puede tener otro gusto mayor, que es el que le dais en conocer la verdad de vuestro corazón. En esto, Señor, llenáis mi alma de un conocimiento de vida, y por el conocimiento le viene todo por lo que no tiene otro amparo ni otra cosa en que esperar ya que en esto halla el remedio de todas sus esperanzas[12].
La caridad es la virtud teologal por la cual amamos a Dios sobre todas las cosas por Él mismo, y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor de Dios[13]. Jesús hace de la caridad el mandamiento nuevo, amando a los suyos hasta el fin, manifiesta el amor del Padre que ha recibido. Amándose los unos a los otros, los discípulos imitan el amor de Jesús que reciben también ellos[14]
La virtud de la Caridad es la primera de las virtudes Teologales, como afirma san Pablo en la primera carta a los Corintios[15] y, en esta virtud, M. María Evangelista brilló a lo largo de toda su vida en grado heroico y en sus dos vertientes: amor a Dios y amor al prójimo, según el espíritu evangélico.
Como virgen cristiana fue mujer de un único amor: Dios. No quedó nada en ella que no fuera informado desde su relación con Dios, alcanzando una unión con Él tan entrañable que hasta lo más extraordinario parecía normal en ella.
Vivió el ideal benedictino-cisterciense, intensificado por la austeridad propia de la reforma recoleta. Su amor a Dios fue un amor ardiente inmolado y apasionado; buscaba y vivía la unión en la inmensidad infinita de la Santísima Trinidad alcanzando y viviendo así la continua comunión con el Señor en la Eucaristía y en la cruz, que eran para ella el eje y centro entre el cielo y la tierra.

“El Señor levantó a mi alma a gozar de aquella mesa, donde se come el manjar de vida y convida la Santísima Trinidad a sus escogidos. Lo que allí se ve y se goza no hay cómo decirlo: cada criatura, como hormiga, lleva su boca llena según su capacidad. Entonces respondió a mi ruego de darme la comunión. Toma, por cierto, que quien goza de esta mesa y sus manjares bien puede llegarse cada día a mi Sacramento. Y diciendo esto me lo daba a comer espiritualmente. Y era admiración ver cómo el Hijo de Dios, sin apartarse de aquel trono en que está, se baja y humilla a nosotros por darnos vida con su vida y unirnos a su divinidad por amor”.
En la Caridad, María Evangelista no conocía límites, amó al Señor con un intenso amor. Como verdadera hija de San Bernardo, sabía bien que el verdadero amor a Dios no tiene medida y es lo que puso continuamente en práctica, en su vida religiosa cisterciense, cuando su espíritu experimentó los impulsos más sinceros y generosos de amor al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Cuando creía que por las ocupaciones perdía intensidad en esa atención a Él o le quedaba menos tiempo para la oración se preocupaba y le pedía perdón. Los testimonios son unánimes y abundantes, y su obra escrita es un gran canto de amor a Dios y su obra redentora.
“En la oración de la tarde yo me quejaba al Señor de las muchas ocupaciones que me impedían no varase[16] a Él algunas horas de oración. Y Su Majestad se descubría a mi alma y decía que no me acongojase, que cuando no pudiese más, buena oración sería estar con Él, como Su Majestad mostraba estar en mi alma, en lo interior de ella”[17].

La explícita manifestación en la virtud de la caridad podemos reencontrarla en ella desde la entrada en el monasterio, como lo prueban su piedad, su devoción, o la frecuencia de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, así como la preocupación por tener sabios directores espirituales. Los signos de esta heroicidad se han difundido con intensidad creciente en toda su vida. Habitualmente toda su inteligencia, su voluntad y su corazón tienden a Dios; es así que no piensa ni quiere otra cosa que no sea fidelidad al amor divino, y de modo perfecto aspira a la unión y al gozo de Dios, deseando con san Pablo, disolverse y estar con Cristo[18]. Testigos de ser todo esto verdad son principalmente sus confesores, los Padres Francisco Vivar y Gaspar de la Figuera, que son los que le impusieron que escribiera todas sus experiencias de oración. El afán continuo de María Evangelista a lo largo de toda su vida era el de hacer siempre y en todo el gusto de Dios, hacer la voluntad de Dios[19]. Esta expresión se repite continuamente a lo largo de toda su obra y lo justifican como verdad en ella los testigos de su época que también hablan de su recogimiento continuo.
Buscó vivir adherida siempre al gusto de Dios, en sus diversas manifestaciones, fiada en el amor del Padre que dispone lo mejor para nosotros. El celo de la gloria de Dios la llevó a inmolarse con amor esponsal, uniendo sus lágrimas y grandes sufrimientos a la Pasión de su Hijo y Dios, que verdaderamente aceptó este su deseo y la hizo especialmente participe de esos sufrimientos de Cristo:
 “Este día, estando oyendo la Misa matutina, dio el Señor mucho dolor en los lugares de las cinco llagas, y aunque había algunos días que los traía doloridos, pero entonces fue más que otras veces; y sentía y siento como una cosa dura que me atraviesa los pies y manos y costado. Y tenía moción interior que daba conocimiento de que eran las llagas las que dolían. Y reparando que sentía mayor dolor en el pie y mano derechos, pregunté al Señor qué era la causa de ello, y el Señor respondió: «María, no sin causa lo he dispuesto así, porque cuando Yo estuve en la cruz tuve también mayor dolor en las llagas del lado derecho, porque allí cargó más el peso del cuerpo; y aun esto no fue sin misterio, que así lo ordené yo, porque en aquel lado tenía a los escogidos, por quienes con más particular intento padecía. Pues a ellos solos les apliqué la eficacia del fruto de mi cruz y pasión, que, aunque también padecí suficientemente por los hijos de perdición, que los tenía en el lado izquierdo, pero no les apliqué con eficacia el mismo fruto de mis llagas»”.
b) Amor al prójimo                                                           
El Amor de Dios se manifiesta y se mide con el amor al prójimo[20] y viceversa: el amor al prójimo se revela y se mide con el amor a Dios. La Madre María Evangelista fue heroica en el amor hacia el Señor y no pudo no serlo también en el ejercicio de la caridad hacia el prójimo en muchas formas y en todos los momentos de su vida, sea como hermana lega, sea como monja corista y como abadesa. El gran amor hacia el prójimo fue un verdadero motor en toda su vida a través de su apostolado directo e indirecto, de oración y de consejo para aliviar los sufrimientos humanos y espirituales. Con esto, su amor abraza a todos, sin distinción de ricos y pobres, nobles y plebeyos; todos aquellos que de cualquier modo que necesitaran su ayuda.
Ella sufría y se inmolaba mucho por los pecadores porque quería a las personas como hijos de Dios y en ellas veía a Dios. Era muy amable y cálida en el trato con los demás y muy sensible ante sus necesidades espirituales y temporales. Vivía siempre en disposición de entrega, de donación de sí misma[21]. Lo iremos viendo a lo largo de todo este trabajo que se apoya en todo lo que dicen las hermanas de comunidad y las personas que de algún modo convivieron con ella.
“A todas trataba con extraordinaria igualdad y caridad, y particularmente en las enfermedades u otra cualquier necesidad que se ofreciese. Era el consuelo de las melancólicas, la que pacificaba a las que están turbadas y la que acompañaba a las enfermas”[22].
El Defensorio del padre Francisco de Vivar es una declaración de la caridad heroica de María Evangelista.
“Ante tanta incomprensión desde su misma toma de hábito, ella jamás manifestó ni un mal gesto, ni una queja, ni una justificación, ni nada contra nadie, ni tan siquiera un gesto que de algún modo pudiera humillar a la persona que la estaba humillando a ella. Nunca tuvo en cuenta el daño de las personas que la hicieron sufrir, antes bien fue compasiva para comprender, excusar y guardar silencio ante los oprobios”[23].
M. Gertrudis en su Relación Historial de la fundación del Monasterio dice que la santa Madre era tan varonil que parecía que sus fuerzas se le aumentaban con los trabajos, y que era de gran admiración ver la asistencia a lo espiritual y temporal, al consuelo de las monjas en una y otra materia, con menudísimos detalles nacidos su grande caridad, que siempre salía al encuentro de las necesidades de sus hijas quitándoles la dificultad que pudieran tener de manifestarlas por sí mismas[24]. Es decir, pregonaba con su “hacer” lo que, como abadesa, también les decía con sus palabras.
Los testimonios siguientes hablan por sí mismos:
“Cuando andaba en pie su mayor ejercicio era asistir a la enfermería; y cuando alguna estaba de muerte, tenía gran consuelo en que estuviese ella a su cabecera”[25].
“De su humildad y caridad habría harto que decir y que imitar”[26].
“Las contradicciones que yo le vi padecer fueron con grande igualdad, y en lo exterior un semblante tan apacible y risueño como si no la tocara. Y aun se esmeraba en esto, con mucha especialidad, con los sujetos que más la contradecían y perseguían”[27].
Muchos testimonios podríamos presentar, pero creemos que son suficientes para manifestar que vivió la virtud de la caridad para con el prójimo en grado heroico.
En conclusión, María Evangelista vivió una vida verdaderamente teologal, en armonía y naturalidad sobrenatural.



[1] San Benito, Regla, Prólogo.
[2] Catecismo de la Iglesia, n. 1812-1813.
[3] Copia de la carta de Madre Micaela María. Doc. 001/033.
[4] Defensorio del P. francisco de Vivar,  Doc. 001/006. 
[5] María Evangelista QUINTERO, Misericordias de Dios comunicadas.
[6] Copia de carta de la Madre Francisca de San Jerónimo al padre Lucas Guadin. Doc. 001/029;
[7] María Evangelista QUINTERO, Misericordias de Dios continuadas, n. 47.     
[8] Ibidem nn 11, 24, 33….  
[9] Copia de carta de la Madre Francisca de San Jerónimo al padre Lucas Guadin. Doc. 001/029.
[10] María Evangelista QUINTERO, Misericordias de Dios comunicadas.  nn. 45…
[11] María Evangelista QUINTERO, Misericordias de Dios comunicadas, n. 42
[12] Ibidem. Misericordias de Dios comunicadas, n. 59.
[13] Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1822.
[14] Catecismo de la Iglesia Católica Nº 1822
[15] 1Cor 13.
[16] Estar anclada, aferrada. En este caso, anclada en Dios.
[17] Libro de la V. Madre María Evangelista, Domingo 8 de agosto.
[18] Flp 1,23.
[19] María Evangelista. Estando en la oración pidiendo al Señor me diese fortaleza para seguir en todo su gusto y que no permitiese su bondad que lo dejase de hacer en algo, y temerosa de algunas cosas que por mí habían pasado, y también temía que el Señor, por ser yo tan débil como era, temía en las cosas más referentes al padecer; para todo le pedía favor y cumplimiento de su gusto.  Misericordias de Dios comunicadas, n. 2.
[20]Jn 4,12
[21] Relación-Historial de la Fundación del Convento de Santa Cruz, de M. Gertrudis. 
[22] Pedro de SARABIA, Vida y espiritualidad de la Madre María Evangelista, T. I, n. 362.
[23] Defensorio de padre Francisco de VIVAR. Doc. 001/006;
[24] Relación-Historial de la Fundación del Convento de Santa Cruz, de M. Gertrudis. 
[25] Copia de carta de la Madre Francisca de San Jerónimo al padre Lucas Guadin. Doc. 001/029.
[26] Carta de Madre Ana de Jesús María. Doc. 001/098.
[27] Copia de la carta de Madre Micaela María. Doc. 001/033.