30 mayo 2018

CORPUS CHRISTI – Diario de oración

Escritos de Madre María Evangelista[1]
Estando en la comunión un día de la Octava del Corpus, deseosa de agradecer al Señor la gracia de haber querido quedarse en el Sacramento de la Eucaristía, para nuestro consuelo, el Señor abrió los ojos de mi alma para que viese el infinito amor del Señor para con el hombre, sus entrañas de misericordia y el amor que en su pecho ardía.  Lo que mi alma experimentó con aquella enseñanza, no lo hubiera soportado mi naturaleza si Él no hubiera ensanchado antes mi capacidad, hubiera sido imposible seguir viviendo con aquella plenitud de luz en mi alma, Plenitud del mismo amor Dios que hacía que el alma deseara estar en una atención continua al Señor. Movida por lo que lo que de él conoció y experimentó, así, con ansia, comencé a llorar y sentir lo poco que se le agradecía el grandísimo don de la Eucaristía.

Yo quisiera habérselo estimado mucho, y que todos lo hicieran así y en algo compensáramos ese el amor divino, correspondiendo con el mismo amor que recibíamos de Él. Y así es como el hombre, con su nada, podía dar al Señor su algo, corresponder con el talento recibido.  Así es como mi alma iba recibiendo del Señor el conocimiento de él mismo, de sus cosas.  Veía lo mucho que le había faltado al no serle fiel en todo al Señor y de todo pedía perdón. Entonces el Señor, mostrando el amor que en su pecho ardía, dijo: Con deseo he deseado este día, de quedarme en este pan y mostraros el amor que os tengo. Esto fue como dándome a entender las palabras que había dicho a sus discípulos cuando instituyó este Sacramento Eucarístico. Estas palabras hacían en mi alma tal impacto, que fueron como saetas que le traspasaban mi corazón, y así, me movía el Señor a mucho dolor nuestras faltas.
El Señor, mirando mi alma con el amor que en su pecho ardía, dijo: María, antes de realizar esta muestra de amor, lavé los pies a mis discípulos, que fue enseñar lo que había de hacer el hombre.  Antes de que se acercaran a comer mi cuerpo, debían acercarse con el dolor al sacramento de la penitencia, en el que yo deje el fruto de mi sangre y está la gracia del Espíritu Santo, Gracia que recibe quien se acerca con dolor a este sacramento. Todo lo dispuso mi amor para que el hombre viva con vida divina. Para eso vine yo a perder la mía.
 Es necesario el dolor de la confesión sacramental para estar preparados a recibir el Espíritu Santo, es el que primero que con su gracia hace lugar para después entrar yo, enseñando mis obras y dando a conocer mis caminos y gustos, que solo él lo puede hacer porque son pocos los que con puro corazón e intención me encuentran.
Y aquel que con verdad me acepta puede decir es bienaventurado. Yo le dije: Señor, ¿pues os tiene alguno que no sea con verdad? Dijo el Señor: Algunos me tienen sin acabar de aceptarme del todo. Y así, estoy en ellos como acomodándome a su flaqueza y no haciendo mi gusto. Y esto ocurre aun en personas que piensan que me buscan, pero en verdad y conocimiento de mis obras no avanzan. Solo mi Padre, que llama al alma al conocimiento de mis caminos, y el Espíritu Santo, que da luz de ellos, y a quien ellos enseñaren podrá conocer esta verdad y pureza de mis obras, y caminar puramente por mis caminos de cruz y desengaño sin que se entre otra mezcla y gusto propio del hombre.
Con estas razones iba el Señor encendiendo en mi alma un conocimiento grande de su amor y de su gusto, y como quería al alma tan pura y desprendida de todo gusto, solo la quería con el gusto a la cruz y que en ella descansara, sin descansar. Y así enseñaba el Señor estas obras suyas a mi alma: que su humanidad está unida sus obras que son su misma humanidad, es decir, el Verbo Encarnado. Me enseñaba cómo en el sacramento de la Eucaristía se había quedado todo fruto de su vida y muerte, que es la misma carne y cuerpo del Señor, que se quedó como manjar, para que el hombre comiese al comerlo y se hiciese una cosa con Dios que estaba allí con la humanidad. Y con esta luz del Espíritu Santo, de lo que está en este manjar divino, el alma conocerá la obra redentora de Dios y comulgará con provecho.
Con esta experiencia mi alma mi alma con ansia de Dios me acercaba a comulgar. Y decía cómo había purificado mi alma por medio del dolor que me había dado de mis faltas. Yo le pedía por algunas necesidades y, particularmente, la disposición de unos negocios de una fundación [del monasterio de Casarrubios]; y esto le había pedido otras veces y también le había agradecido este beneficio y misterio, fue entonces cuando el Señor me dijo: María …allí te aguardo para que goces de mi fruto, dando a entender quería que comulgase cada día y fuese Él mi alimento y vida, vida del Señor. Yo comencé a acongojarme por la pena verme yo tan poca cosa, ante lo mucho que es necesario que tenga un alma cuando comulga y cómo ha de convertirse ella también en un manjar para que el Señor comulgue y sea sustentado y fomentado por el alma, como dando calor, con sus deseos y obras, al Señor para que esté con gusto en el alma.
Como Podría ser esto me lo hacía entender Él mismo:  el alma al recibirlo se convierte en una misma cosa con el Señor transformándose en todos los quereres de él mismo Señor, de forma que, si la humanidad y cuerpo del Señor tuvo cruz, ella la tenga; y si el Señor obró en ella, ella obre también; y si el Hijo de Dios conoció la voluntad de su Padre, ella también la conozca y siga a aquel que la alimenta, obligándose a esto por el compromiso de lo recibido que es el mismo Señor.
 Él daba a mi alma un conocimiento grande de estas verdades y una vista clara del Señor, del que veía la humanidad y sus obras aquí, unidas a estas especies de pan. Y conocía mi alma y veía lo que no podré decir: solo veía mi alma un amor y ansias para con el Señor tan grande que me deshacía y quisiera siempre seguirlo. Y me dijo Él: María, ¿por qué me quieres tanto por mi humanidad? Y a mi Padre, María, ¿cómo no haces eso con Él? Yo le dije: Señor, adonde estás Tú, está tu Padre, y así, todo lo veo uno. Mas estas obras penosas de vuestra humanidad las quiero mucho, porque nos dieron la vida. El Señor dijo: Pues, María, si tú me amas como me amas, no es mucho que Yo guste de estar en tu corazón como lo deseo y de que seas sustentada con mi cuerpo; Yo te digo que amo a quien me ama, y sé cómo tu corazón es y recibo tus deseos. ¿No ves que mi Madre, desde que yo la comulgué en la cena, cada día comulgó? Yo le dije: Señor, ¿cómo es eso pues entonces no se decía Misa? ¿Había ocasión para eso que dices? El Señor enseñaba cómo era esto, porque decía cómo este día en que el Señor había instituido este Santísimo Sacramento había sido el Jueves Santo. Y el viernes había Él había muerto y su Madre había recibido su cuerpo en sus brazos cuando lo bajaron de la cruz. Y el sábado había ido su Madre al sepulcro. Y cómo el día de Pascua Él, después de haber resucitado, se había aparecido a su Madre, y de allí adelante, todo el tiempo que estuvo en el mundo, cada día la había visitado hasta que subió a los cielos.
Y me mostraba cómo mi camino era el de su Madre y cómo había de seguirlo. Todo esto hacía que yo fuera creciendo en deseos de hacer el gusto del Señor y de serle agradecida. Y el Señor me hacía ver la gracia de su rostro, de modo que llevaba mi alma a sí con gran vehemencia y, sin poder evitarlo. Le decía: Señor, ¿y todas las cosas? Y dijo el Señor: Bien dices, que todas las hallarás en mí por el amor que me tienes. También los demás me hallarán en tus cosas, de modo que todos los que con alguna devoción tuvieren alguna cosa tuya, derramaré sobre ella mi gracia por hacerte este favor por el amor que me tienes; pagándote con esto y dándote este premio con darte amor y fruto, así a ti como a los que te quieren, movidos de lo que oyen que Yo hago contigo. Porque Yo, María, hago esto por el amor que a mi humanidad tienes, por ser amadora y obradora de la cruz como obra en que os fue dada la vida.
El Señor sea bendito. Amén. Y nos dé a conocer lo mucho que le debemos por haberse hecho hombre y quedándose en manjar para alimento nuestro. Él sea por todo amado. Amén.

Misericordias comunicadas n. 50 M.




[1] Se han actualizado algunos términos. Aclarar también en algunas veces nombrando las dos Personas de la Trinidad, los nombra como Su Majestad. Para hacerlo más comprensible a toda clase de lectores en el caso del Hijo lo hemos sustituido por el Señor. El sentido en todo es el mismo. También hemos suprimido alguna repetición de los términos cuando no quitaban sentido al texto. Así lo hacemos siempre que se publica algo original en este Blog.

02 mayo 2018

LIBRO: M. María Evangelista


EL SENTIDO DE LA HISTORIA
PARA CONOCER A DIOS Y RENOVAR LA IGLESIA:
Las revelaciones de María de San Juan Evangelista (1591-1648)
 Autor:Oscar Antonio Solórzano  

                                                              
        Con motivo de apoyar y llevar adelante el proceso de beatificación de la M. María Evangelista, aparece esta publicación, la primera aportación de investigación  más exhaustiva  hasta el momento.
El autor de este trabajo, Oscar Antonio Solórzano, no ha escatimado horas de estudio, viajes y visitas a todos los archivos donde se pudiese encontrar información.
Es un trabajo  sistemáticamente organizado, relativo a la vida y obra de María Evangelista, es un análisis, principalmente  de una de sus obras, en los aspectos generales que conforman su espiritualidad.
En Realidad, el objeto de este estudio es sacar a la luz el sentido de la historia que aparece en una obra completamente inédita de María de San Juan Evangelista, monja recoleta cisterciense de San Joaquín y Santa Ana de Valladolid y luego fundadora del Monasterio de la Santa Cruz de Casarrubios del Monte. Esta “obra”  es uno de los seis escritos más importantes de esta monja y que al no haberla titulado ella misma al escribir, los posteriores “comentaristas” y copistas la han dividido en dos partes según la temática que trata, es decir, sobre el libro del Génesis y el Catálogo de los setenta y dos apóstoles, su vida y martirio. Aunque son una sola obra, hoy, son conocidas abreviadamente como El Génesis y El Catálogo.
 El autor afirma que lo que escribió, tanto antes como después de esta obra es muy sustancioso y sigue la misma línea hermenéutica. Hay que destacar entre todas ellas, un pequeño comentario al  Éxodo que la autora empezó inmediatamente al terminar El Génesis, pero lo dejó sin llegar a terminarlo.
El autor reconoce que  Sacar a la luz la historia y experiencia de una mística desconocida del final del Siglo de Oro no es una tarea fácil y más aún cuando no son reflexiones plasmadas en un tratado de oración o suma espiritual, tan comunes en su época; tampoco es un comentario sobre un tema particular o general de la Biblia o de la fe cristiana; se trata, pues, de una “explicación”, por parte del Señor, del primer libro de la Sagrada Escritura. Es decir, de una “interpretación” mística de la historia de Jesucristo en correspondencia con la llamada Historia de la Salvación, particularmente la narrada en el Génesis. Es una labor poco común en el ámbito femenino en esa época de la historia. Se trata de una mística, tanto por su interpretación alegórica de la Sagrada Escritura, en contraposición al sentido puramente literal, como por la pretensión de revelar los secretos de la creación y de la historia. Misterios conocidos solo por Dios y por aquellos a quienes el Señor ha tenido a bien revelar.
A Oscar Antonio Solórzano, le sorprende  el interés de nuestra autora por la historia y no menos que se trate de la Biblia, precisamente en un tiempo que escribir estos temas es muy  arriesgado por simplemente por ser mujer.
También atestigua que, es una obra que cobra especial interés y relevancia en la actualidad, contribuyendo al auge que ha ganado la literatura femenina y, en particular, en el de la mística. Indica, que la obra del Génesis es un escrito que capta la atención de principio a fin y que por lo agudo de sus afirmaciones hacen pensar, obligando a revisar y confrontar con la doctrina de la Iglesia, para descubrir cómo el Señor con esta alma ha llevado hasta las últimas consecuencias lo que ha prometido a la Iglesia.
Por otro lado, entiende que, el buen espíritu de las revelaciones lo confirman sus diversos confesores y copistas, los cuales fueron de diversas familias religiosas: Gaspar de la Figuera, Jesuita, Fray Francisco de Vivar, cisterciense, Fray Juan de Tudela, capuchino, Fray Francisco de San Marcos franciscano, Don José Rodrigo, presbítero y el D. Pedro de Saravia, presbítero, su primer biógrafo.
                                                                                                               
Hna. María José Pascual
Monasterio de la Santa Cruz
Casarrubios del Monte – Toledo-


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