Estando en
oración el Viernes Santo, el Señor me concedió una ternura profunda al
contemplar cómo Su Majestad se hacía presente en todas las celebraciones y
ceremonias de la Iglesia. Sentía en mi corazón una gran luz y profundidad, y en
cada cosa que veía u oía encontraba la verdad de la cruz y su fruto, que era
precisamente lo que la Iglesia cantaba ese día.
Agradecía al
Señor tan gran merced y le pedía por todo el mundo, especialmente por quienes
estaban en pecado mortal, para que los sacara de él. Entonces el Señor me
mostró el dolor de su alma y lo que sintió su corazón cuando vio a Judas
acercarse para darle el beso de paz. Me dijo que aquella boca de mentiras le
ofrecía una paz falsa, y que en ese instante Él acogió en su corazón el dolor
de todos los que, a lo largo del tiempo, se acercarían a recibir su Cuerpo en
pecado, dándole también esa paz fingida. Me mostraba que esa traición del
hombre hacia su Dios le había causado un gran dolor. Y, al mismo tiempo, me
hacía ver el amor tan grande que Él tiene al hombre, y cómo me enternecía ver a
Dios tan enamorado del alma y al alma tan olvidada de Dios.
A pesar de todo,
el Señor seguía llamando “amigo” al hombre, y mostraba tener a todos por tales.
A todos los llamaba y dejaba su rostro descubierto para que pudieran
aprovecharse de verlo. También los llamaba amigos porque el hombre lo puso en
la cruz y le dio lo que Él tanto deseaba: padecer por él. Mientras el Señor
iluminaba mi alma con esta verdad y me mostraba su dolor por quienes le darían
esa paz falsa, eran tantos que mi corazón se quebraba y me ahogaba de ternura y
compasión.
El Señor me
mostraba que su pena había sido terrible. Y que el hombre le causaba otra pena
más: lo poco que lo acompañaba en sus sufrimientos y cómo lo dejaba solo en
todo. Mi alma sentía ansias de acompañarlo en sus penas, y el Señor me dijo:
“Para eso te escogí, María; ese es tu camino”. Yo le respondí que estaba
contenta de pasar con Él esos momentos, contemplando su sufrimiento como Él me
lo enseñaba, porque solo Él puede mostrar cómo tenía Su Majestad su corazón.
Entonces el
Señor me dijo: “María, ese día padecí otra soledad aún mayor”. Y me mostró cómo
había quedado su cuerpo después de los azotes. Me mostró la dureza de los
corazones de los hombres y de quienes estaban allí presentes, una dureza
increíble si el Señor no capacita al alma para verla.
De repente me
mostró su cuerpo, y mi alma vio las entrañas del Señor casi al descubierto. Los
azotes habían dejado ver sus huesos y habían abierto hoyos en su carne. No solo
habían arrancado su sangre, sino también su carne santísima, de modo que se
veían los huesos profundamente horadados. El Señor estaba tan solo y tan
lastimado que me dijo: “María, ¿hay dolor que se iguale al mío?” Aquellas
palabras atravesaron mi corazón, y sin poder evitarlo, muchas lágrimas salían
de mis ojos.
El Señor añadió:
“María, tuve aún otro dolor mayor”. Yo le dije: “Señor, ¿mayor? Me parece
imposible, porque si Vuestra Majestad no hubiera sostenido la vida con un
milagro, muchas veces la habríais perdido”. Él respondió: “Pues más me
atormentó otra cosa”. Y me mostró que lo que más le dolió fue la dureza de los
que estaban allí: que, aun viéndolo así, no se les calmaba la ira, sino que
tenían el corazón como piedra. Eso lo ofendía profundamente y le causaba un
gran padecimiento. Y muchos, en tiempos pasados y futuros, imitarían esa misma
dureza. Era algo impresionante y difícil de creer, el dolor que el Señor
padecía en su corazón.
Y como Su
Majestad era tan tierno y su corazón tan amoroso, allí nos llevaba a todos
dentro de Él y nos ofrecía al Padre. Me mostró que esa soledad había sido muy
grande, y que apenas pudo ir por sus vestidos, porque aquella gente cruel no
quiso acercárselos.
El Señor me
enseñaba todo esto con tal fuerza que yo quería gritar y lloraba con ansia.
Para no mostrarlo exteriormente, intentaba contenerme y detener las lágrimas.
Pero el Señor me dijo: “Déjalas, María. En aquel tiempo y hora en que padecí
esto y veía la dureza del hombre, tus lágrimas recrearon mi corazón y me
hicieron compañía en tanta soledad. Dieron satisfacción a mi corazón por la
dureza de aquella gente”. Yo me avergonzaba al oír esto y le dije: “Señor,
¿cómo hacéis caso de algo tan pequeño? ¿Es posible?” Y Él respondió: “Tus
lágrimas fueron para mí como un licor y un consuelo. Con ellas alivié la
angustia y el aprieto en que me puso el hombre. Las miré y mi corazón se
ensanchó para seguir adelante. Tus lágrimas se las ofrecí al Padre y le dije:
‘Señor, ya dan fruto los azotes que recibí’”.
Todo esto me
llenaba de confusión y temor, y le dije: “Señor, ¿tenías presente todo lo que
íbamos a hacer y en lo que íbamos a fallar?” Yo sabía que sí, porque Él es Dios
y lo sabe todo, pero me parecía que muchos otros le darían mejores consuelos
que yo. El Señor dijo: “Muchos me han conocido, pero no han sido muchos los que
me han seguido ni los que han conocido mis secretos ni los de la cruz. Y así
como yo he puesto este gusto en tu alma, también mi alma lo percibió y conoció
esta semejanza contigo, y se recreó —como te he dicho— en las obras de la cruz
que en ti se habían de plantar y sellar”. Yo le dije: “Señor, también veo que
yo fui causa de esos dolores. Por eso os pido perdón, porque en tanto
sufrimiento yo tuve mi parte”. El Señor mostraba perdonarme y pedía perdón al
Padre por todos. Era impresionante el dolor del Señor por el hombre que se
pierde y las ansias que Su Majestad tenía de padecer por él.
Yo le pregunté:
“Señor, ¿cómo es eso que dijisteis a vuestro Padre: que si era posible pasara
de Vos el cáliz?” El Señor respondió: “María, puse delante de mi corazón los
frutos de mi sangre y a los muchos hombres que la despreciarían. Yo iba a
derramarla por ellos. Ya había padecido mucho por sus pecados. Vi que el hombre
no hacía caso de ello; vi mi trabajo sin el fruto deseado; vi a mi Padre
castigando sus desacatos y volviendo por mi honra, castigando a muchos en el
infierno. Yo le dije al Padre: ‘Si es posible, sin faltar a tu justicia, no los
castigues. No quiero ver tantas almas perdidas ni que desprecien mi sangre y
mis penas. Por lo que a mí toca, yo los perdono. Pase de mí este cáliz: no me
atormente ver a mi rebaño perdido. Mi propio sufrimiento no lo rehúso, pero su
pérdida, Padre, me duele’”.
El Señor me
enseñó que esta había sido su gran congoja, la que lo puso en tal aprieto que
clamó al Padre. Y el Padre le envió un ángel para confortarlo, no tanto por el
sufrimiento físico, sino por la angustia que le causaba ver que el Padre debía
defender su honra y que el hombre sería castigado, y que la misma sangre del
Señor sería juez para muchos.
Como manso
Cordero que amaba a todos, Él quería pagar por todos, y veía que, aun
haciéndolo, no sería de provecho para algunos. Por eso dijo al Padre: “Pase de
mí este dolor”. Esto me mostraba el Señor que había sido la congoja del huerto:
que si el Padre no le hubiera mostrado su voluntad y no lo hubiera confortado,
aquella angustia habría bastado para quitarle la vida. Y decía que ningún
pecado le había dolido tanto como el del que no quiso curarse, porque Él había
dado su sangre con ansias por el bien del hombre, y no había sentido trabajo
como el que padeció por el que se condena.
Aquí el Señor me
enseñaba cuánto había sufrido en esta pena y me la comunicaba al corazón. Decía
que su petición no había sido tanto para que pasara de Él el cáliz de la muerte
y pasión —que desde que se hizo hombre había abrazado—, sino por la pérdida del
hombre, que su corazón nunca había rechazado, porque siempre buscó su remedio
por todos los medios. Y que si hubiera sido necesario padecer muchas veces para
salvarlo, lo habría hecho, sin tener en cuenta su propia honra, con tal de que
el hombre se salvara.
Me enseñaba lo
poco que debemos estimar las honras humanas cuando no está en juego la honra de
Dios. Que eso fue lo único que pidió al Padre: que si era posible, sin faltar a
su justicia ni a su honra, Él perdonaba al hombre. Me mostraba la estima que
debemos tener por la verdad, que es el padecer por amor, y que en eso consiste
la virtud y el amor que debemos a Su Majestad, siguiéndolo por sus pasos. Que
Él sea bendito por todo y nos conceda vivirlo así. Amén.
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COMENTARIO TEOLÓGICO DEL TEXTO
- Un Viernes Santo interior: la liturgia como puerta a la revelación: El texto nace en un contexto litúrgico: la oración del Viernes Santo. La autora experimenta cómo la Iglesia, en sus cantos y ceremonias, hace presente la verdad de la cruz. Esta vivencia no es meramente emocional; es una gracia de comprensión, una iluminación interior que le permite penetrar en el misterio del sufrimiento redentor. La liturgia se convierte en lugar de encuentro donde Cristo mismo interpreta su pasión al alma.
- El beso de Judas: símbolo del pecado
sacrílego: Cristo
le revela el dolor que sintió al recibir el beso de Judas, no solo por la
traición personal, sino porque en ese gesto anticipó a todos los que lo
recibirían sacrílegamente en la Eucaristía. Aquí aparece una teología muy
clásica: el pecado mortal unido a la comunión sacrílega como herida directa al
corazón de Cristo. La autora contempla: La falsedad del beso como imagen del
culto vacío. La traición del hombre frente al amor fiel de Dios. La ternura
divina, que aun así sigue llamando “amigo” al pecador. Cristo no deja de
ofrecer su rostro, incluso a quienes lo hieren.
- La soledad de Cristo: abandono humano
y dureza de corazón: Jesús le muestra su cuerpo flagelado con crudeza mística:
huesos expuestos, carne arrancada. Pero el mayor dolor no es físico, sino la
dureza de los corazones de quienes lo contemplaban sin conmoverse. Esta idea es
profundamente bíblica: El sufrimiento físico es real, pero el sufrimiento moral, causado por la
indiferencia humana, es más agudo. La autora experimenta una compasión tan
intensa que Cristo le dice que sus lágrimas fueron “licor” que recreó su
corazón en aquella hora. Esta afirmación subraya una verdad teológica: el amor
humano, cuando se une al de Cristo, participa misteriosamente en la redención.
- La misión personal: acompañar a
Cristo en su pasión: Jesús le dice: “Para eso te escogí, María, y ese es tu
camino”. La vocación de la autora es ser compañía en la soledad de Cristo, una
espiritualidad muy cercana a la de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz: acompañar
al Amado en su abandono, consolar su corazón herido, unirse a su pasión desde
dentro.
- El verdadero “cáliz” del huerto: la
pérdida del hombre: La autora pregunta por el “pase de mí este cáliz”. Cristo
responde con una revelación teológica de enorme profundidad: El cáliz no era el
sufrimiento físico. Tampoco la muerte. Era la visión de las almas que
rechazarían su sangre y se perderían. Cristo sufre no por lo que Él padece,
sino por lo que el hombre pierde. Su súplica al Padre es un grito de amor: “Que
no se pierdan; por mí no quede”. Aquí se revela un Cristo pastor, cordero,
intercesor, que se angustia por la condenación del hombre más que por su propia
pasión.
- La justicia del Padre y la
misericordia del Hijo: El texto muestra un equilibrio teológico muy fino: El Padre
debe castigar el pecado por justicia. El Hijo intercede para que la
misericordia prevalezca. El ángel conforta a Cristo no por el dolor físico,
sino por la angustia moral ante la pérdida de las almas. Esta visión coincide
con la tradición mística: el mayor dolor de Cristo es el rechazo del amor.
- La enseñanza final: la verdadera
honra es el padecer por amor: Cristo enseña que: La honra humana no
vale nada. La única “verdad” es el amor que se expresa en el padecer por Dios. La
virtud consiste en seguir a Cristo por el camino de la cruz. La autora termina con
una súplica humilde: que Dios le conceda vivir lo que ha comprendido.
En síntesis: El texto es una
mística de la compasión, donde Cristo revela: la profundidad de su amor, la
gravedad del pecado, la soledad de su pasión, y la misión del alma que quiere
consolarlo. Es una teología afectiva, encarnada, que une liturgia, revelación
interior y experiencia personal.
LMJPA

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