02 abril 2026

DIARIO DE ORACIÓN N.32 -La Soledad de Cristo y las lágrimas de María Evangelista: Revelación del Amor Herido -Viernes Santo.

Estando en oración el Viernes Santo, el Señor me concedió una ternura profunda al contemplar cómo Su Majestad se hacía presente en todas las celebraciones y ceremonias de la Iglesia. Sentía en mi corazón una gran luz y profundidad, y en cada cosa que veía u oía encontraba la verdad de la cruz y su fruto, que era precisamente lo que la Iglesia cantaba ese día.

Agradecía al Señor tan gran merced y le pedía por todo el mundo, especialmente por quienes estaban en pecado mortal, para que los sacara de él. Entonces el Señor me mostró el dolor de su alma y lo que sintió su corazón cuando vio a Judas acercarse para darle el beso de paz. Me dijo que aquella boca de mentiras le ofrecía una paz falsa, y que en ese instante Él acogió en su corazón el dolor de todos los que, a lo largo del tiempo, se acercarían a recibir su Cuerpo en pecado, dándole también esa paz fingida. Me mostraba que esa traición del hombre hacia su Dios le había causado un gran dolor. Y, al mismo tiempo, me hacía ver el amor tan grande que Él tiene al hombre, y cómo me enternecía ver a Dios tan enamorado del alma y al alma tan olvidada de Dios.

A pesar de todo, el Señor seguía llamando “amigo” al hombre, y mostraba tener a todos por tales. A todos los llamaba y dejaba su rostro descubierto para que pudieran aprovecharse de verlo. También los llamaba amigos porque el hombre lo puso en la cruz y le dio lo que Él tanto deseaba: padecer por él. Mientras el Señor iluminaba mi alma con esta verdad y me mostraba su dolor por quienes le darían esa paz falsa, eran tantos que mi corazón se quebraba y me ahogaba de ternura y compasión.

El Señor me mostraba que su pena había sido terrible. Y que el hombre le causaba otra pena más: lo poco que lo acompañaba en sus sufrimientos y cómo lo dejaba solo en todo. Mi alma sentía ansias de acompañarlo en sus penas, y el Señor me dijo: “Para eso te escogí, María; ese es tu camino”. Yo le respondí que estaba contenta de pasar con Él esos momentos, contemplando su sufrimiento como Él me lo enseñaba, porque solo Él puede mostrar cómo tenía Su Majestad su corazón.

Entonces el Señor me dijo: “María, ese día padecí otra soledad aún mayor”. Y me mostró cómo había quedado su cuerpo después de los azotes. Me mostró la dureza de los corazones de los hombres y de quienes estaban allí presentes, una dureza increíble si el Señor no capacita al alma para verla.

De repente me mostró su cuerpo, y mi alma vio las entrañas del Señor casi al descubierto. Los azotes habían dejado ver sus huesos y habían abierto hoyos en su carne. No solo habían arrancado su sangre, sino también su carne santísima, de modo que se veían los huesos profundamente horadados. El Señor estaba tan solo y tan lastimado que me dijo: “María, ¿hay dolor que se iguale al mío?” Aquellas palabras atravesaron mi corazón, y sin poder evitarlo, muchas lágrimas salían de mis ojos.

El Señor añadió: “María, tuve aún otro dolor mayor”. Yo le dije: “Señor, ¿mayor? Me parece imposible, porque si Vuestra Majestad no hubiera sostenido la vida con un milagro, muchas veces la habríais perdido”. Él respondió: “Pues más me atormentó otra cosa”. Y me mostró que lo que más le dolió fue la dureza de los que estaban allí: que, aun viéndolo así, no se les calmaba la ira, sino que tenían el corazón como piedra. Eso lo ofendía profundamente y le causaba un gran padecimiento. Y muchos, en tiempos pasados y futuros, imitarían esa misma dureza. Era algo impresionante y difícil de creer, el dolor que el Señor padecía en su corazón.

Y como Su Majestad era tan tierno y su corazón tan amoroso, allí nos llevaba a todos dentro de Él y nos ofrecía al Padre. Me mostró que esa soledad había sido muy grande, y que apenas pudo ir por sus vestidos, porque aquella gente cruel no quiso acercárselos.

El Señor me enseñaba todo esto con tal fuerza que yo quería gritar y lloraba con ansia. Para no mostrarlo exteriormente, intentaba contenerme y detener las lágrimas. Pero el Señor me dijo: “Déjalas, María. En aquel tiempo y hora en que padecí esto y veía la dureza del hombre, tus lágrimas recrearon mi corazón y me hicieron compañía en tanta soledad. Dieron satisfacción a mi corazón por la dureza de aquella gente”. Yo me avergonzaba al oír esto y le dije: “Señor, ¿cómo hacéis caso de algo tan pequeño? ¿Es posible?” Y Él respondió: “Tus lágrimas fueron para mí como un licor y un consuelo. Con ellas alivié la angustia y el aprieto en que me puso el hombre. Las miré y mi corazón se ensanchó para seguir adelante. Tus lágrimas se las ofrecí al Padre y le dije: ‘Señor, ya dan fruto los azotes que recibí’”.

Todo esto me llenaba de confusión y temor, y le dije: “Señor, ¿tenías presente todo lo que íbamos a hacer y en lo que íbamos a fallar?” Yo sabía que sí, porque Él es Dios y lo sabe todo, pero me parecía que muchos otros le darían mejores consuelos que yo. El Señor dijo: “Muchos me han conocido, pero no han sido muchos los que me han seguido ni los que han conocido mis secretos ni los de la cruz. Y así como yo he puesto este gusto en tu alma, también mi alma lo percibió y conoció esta semejanza contigo, y se recreó —como te he dicho— en las obras de la cruz que en ti se habían de plantar y sellar”. Yo le dije: “Señor, también veo que yo fui causa de esos dolores. Por eso os pido perdón, porque en tanto sufrimiento yo tuve mi parte”. El Señor mostraba perdonarme y pedía perdón al Padre por todos. Era impresionante el dolor del Señor por el hombre que se pierde y las ansias que Su Majestad tenía de padecer por él.

Yo le pregunté: “Señor, ¿cómo es eso que dijisteis a vuestro Padre: que si era posible pasara de Vos el cáliz?” El Señor respondió: “María, puse delante de mi corazón los frutos de mi sangre y a los muchos hombres que la despreciarían. Yo iba a derramarla por ellos. Ya había padecido mucho por sus pecados. Vi que el hombre no hacía caso de ello; vi mi trabajo sin el fruto deseado; vi a mi Padre castigando sus desacatos y volviendo por mi honra, castigando a muchos en el infierno. Yo le dije al Padre: ‘Si es posible, sin faltar a tu justicia, no los castigues. No quiero ver tantas almas perdidas ni que desprecien mi sangre y mis penas. Por lo que a mí toca, yo los perdono. Pase de mí este cáliz: no me atormente ver a mi rebaño perdido. Mi propio sufrimiento no lo rehúso, pero su pérdida, Padre, me duele’”.

El Señor me enseñó que esta había sido su gran congoja, la que lo puso en tal aprieto que clamó al Padre. Y el Padre le envió un ángel para confortarlo, no tanto por el sufrimiento físico, sino por la angustia que le causaba ver que el Padre debía defender su honra y que el hombre sería castigado, y que la misma sangre del Señor sería juez para muchos.

Como manso Cordero que amaba a todos, Él quería pagar por todos, y veía que, aun haciéndolo, no sería de provecho para algunos. Por eso dijo al Padre: “Pase de mí este dolor”. Esto me mostraba el Señor que había sido la congoja del huerto: que si el Padre no le hubiera mostrado su voluntad y no lo hubiera confortado, aquella angustia habría bastado para quitarle la vida. Y decía que ningún pecado le había dolido tanto como el del que no quiso curarse, porque Él había dado su sangre con ansias por el bien del hombre, y no había sentido trabajo como el que padeció por el que se condena.

Aquí el Señor me enseñaba cuánto había sufrido en esta pena y me la comunicaba al corazón. Decía que su petición no había sido tanto para que pasara de Él el cáliz de la muerte y pasión —que desde que se hizo hombre había abrazado—, sino por la pérdida del hombre, que su corazón nunca había rechazado, porque siempre buscó su remedio por todos los medios. Y que si hubiera sido necesario padecer muchas veces para salvarlo, lo habría hecho, sin tener en cuenta su propia honra, con tal de que el hombre se salvara.

Me enseñaba lo poco que debemos estimar las honras humanas cuando no está en juego la honra de Dios. Que eso fue lo único que pidió al Padre: que si era posible, sin faltar a su justicia ni a su honra, Él perdonaba al hombre. Me mostraba la estima que debemos tener por la verdad, que es el padecer por amor, y que en eso consiste la virtud y el amor que debemos a Su Majestad, siguiéndolo por sus pasos. Que Él sea bendito por todo y nos conceda vivirlo así. Amén.

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COMENTARIO TEOLÓGICO DEL TEXTO

- Un Viernes Santo interior: la liturgia como puerta a la revelación: El texto nace en un contexto litúrgico: la oración del Viernes Santo. La autora experimenta cómo la Iglesia, en sus cantos y ceremonias, hace presente la verdad de la cruz. Esta vivencia no es meramente emocional; es una gracia de comprensión, una iluminación interior que le permite penetrar en el misterio del sufrimiento redentor. La liturgia se convierte en lugar de encuentro donde Cristo mismo interpreta su pasión al alma.

- El beso de Judas: símbolo del pecado sacrílego: Cristo le revela el dolor que sintió al recibir el beso de Judas, no solo por la traición personal, sino porque en ese gesto anticipó a todos los que lo recibirían sacrílegamente en la Eucaristía. Aquí aparece una teología muy clásica: el pecado mortal unido a la comunión sacrílega como herida directa al corazón de Cristo. La autora contempla: La falsedad del beso como imagen del culto vacío. La traición del hombre frente al amor fiel de Dios. La ternura divina, que aun así sigue llamando “amigo” al pecador. Cristo no deja de ofrecer su rostro, incluso a quienes lo hieren.

- La soledad de Cristo: abandono humano y dureza de corazón: Jesús le muestra su cuerpo flagelado con crudeza mística: huesos expuestos, carne arrancada. Pero el mayor dolor no es físico, sino la dureza de los corazones de quienes lo contemplaban sin conmoverse. Esta idea es profundamente bíblica: El sufrimiento físico es real, pero           el sufrimiento moral, causado por la indiferencia humana, es más agudo. La autora experimenta una compasión tan intensa que Cristo le dice que sus lágrimas fueron “licor” que recreó su corazón en aquella hora. Esta afirmación subraya una verdad teológica: el amor humano, cuando se une al de Cristo, participa misteriosamente en la redención.

- La misión personal: acompañar a Cristo en su pasión: Jesús le dice: “Para eso te escogí, María, y ese es tu camino”. La vocación de la autora es ser compañía en la soledad de Cristo, una espiritualidad muy cercana a la de Teresa de Jesús y Juan de la Cruz: acompañar al Amado en su abandono, consolar su corazón herido, unirse a su pasión desde dentro.

- El verdadero “cáliz” del huerto: la pérdida del hombre: La autora pregunta por el “pase de mí este cáliz”. Cristo responde con una revelación teológica de enorme profundidad: El cáliz no era el sufrimiento físico. Tampoco la muerte. Era la visión de las almas que rechazarían su sangre y se perderían. Cristo sufre no por lo que Él padece, sino por lo que el hombre pierde. Su súplica al Padre es un grito de amor: “Que no se pierdan; por mí no quede”. Aquí se revela un Cristo pastor, cordero, intercesor, que se angustia por la condenación del hombre más que por su propia pasión.

- La justicia del Padre y la misericordia del Hijo: El texto muestra un equilibrio teológico muy fino: El Padre debe castigar el pecado por justicia. El Hijo intercede para que la misericordia prevalezca. El ángel conforta a Cristo no por el dolor físico, sino por la angustia moral ante la pérdida de las almas. Esta visión coincide con la tradición mística: el mayor dolor de Cristo es el rechazo del amor.

- La enseñanza final: la verdadera honra es el padecer por amor: Cristo enseña que: La honra humana no vale nada. La única “verdad” es el amor que se expresa en el padecer por Dios. La virtud consiste en seguir a Cristo por el camino de la cruz. La autora termina con una súplica humilde: que Dios le conceda vivir lo que ha comprendido.

En síntesis: El texto es una mística de la compasión, donde Cristo revela: la profundidad de su amor, la gravedad del pecado, la soledad de su pasión, y la misión del alma que quiere consolarlo. Es una teología afectiva, encarnada, que une liturgia, revelación interior y experiencia personal.

LMJPA


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