De todas las partes
de su cuerpo salían gotas, tantas que lo empapaban por completo. Me dijo:
“María, de cada una de estas gotas tu alma tendrá parte y un gozo especial.
Serás premiada y recibirás una gloria particular por lo que has comprendido en
esto.”
Yo le respondí:
“Señor, ¿Cómo hablas de premio cuando yo estoy pidiéndote perdón por mis
pecados? No quiero otro premio que conocer las obras de la cruz.”
Y Él me dijo:
“María, ¿no ves que no existe cruz sin premio? La cruz está unida a la
divinidad, y la divinidad es Dios. Quien recibe algo de Dios recibe un premio.
No puede haber cruz sin recompensa, porque la cruz es obra mía, y en mí no hay
obra sin paga. Quien recibe la cruz y la reconoce como favor mío, ya está
siendo premiado. Dar a conocer mis caminos -que son los de la cruz- es ya un
premio. Toda luz que viene de Dios es premio. Esto se entiende de la cruz que
se conoce y se vive, porque muchos sufren, pero no conocen la cruz.”
Luego añadió:
“Así como yo padecí en todas las partes de mi cuerpo, así recibo del Padre un
favor y una gloria particular en cada una de ellas. Esto solo lo sabe a quien
yo se lo revelo, porque solo el Espíritu Santo puede darlo a conocer. Quien ha
entrado en mis llagas y ha descansado en ellas, recibirá de ellas. Quien me
acompañó en vida y conoció mis obras, en la muerte verá resucitar esas obras,
porque la cruz es premio y siempre dará fruto.”
Yo, viendo lo
que el Señor me mostraba, le dije: “Señor, guía mis caminos para que te sirva.”
Y Él respondió con amor: “María, yo iré delante de ti y guiaré tus cosas,
porque en ello va mi honra. Y premiaré también a quien te ayude, como premié a
quienes me acompañaron y me confesaron en el mundo.”
Mi alma se
enternecía con sus palabras. Llegó el Jueves Santo y el Señor me dio una gran ternura y un profundo conocimiento
de sus obras. Cada palabra de los salmos y del Evangelio me parecía un mar de
aguas vivas donde Él sumergía mi alma, mostrándome su grandeza y mi pequeñez.
Le dije: “Señor,
si dieras a otro lo que me das a mí, aprovecharía mucho más y te serviría
mejor.” El Señor, acercándose como cuando lavó los pies a Pedro, me dijo:
“María, haces como Pedro, que no quería dejarse lavar. ¿No sabes que cualquier
luz mía es como un fuego que quema toda falta? Con el agua de la vasija -que es
el fruto de la cruz- lavo las obras torcidas del hombre. Mis obras son para el
hombre, y aunque no sea digno, mis obras lo hacen digno. Sin ellas no puede
vivir. Así que recibe mis obras, porque ellas te harán digna y te darán lo que
necesitas”.
Mientras
hablaba, parecía lavar mi alma con el agua viva de su bondad, limpiando todo
mal pensamiento. Me hacía ver que toda criatura es tierra y que sin Él solo
produce espinas. Él es el hortelano que arranca la mala hierba; sin Él, el alma
nada puede.
Me mostraba que
la tierra da fruto de tierra, pero Él, que es vida, da fruto de vida. Sin su
riego, el alma no puede vivir. Por eso le dije como Pedro: “Señor, no solo los
pies, sino también la cabeza: no solo perdona mis faltas, sino dame que mi alma
conozca y estime tus obras, porque son vida, y sin ellas no puedo vivir.”
El Señor
respondió: “Bien dices, María. Yo soy quien riega, quien planta y quien hace
crecer. Sin mi riego, la tierra seca del hombre no da fruto. Para esto me quedé
en el Sacramento: para ser alimento y que el hombre viva de mí y se niegue a sí
mismo.”
Yo le pedí que
hiciera ese intercambio en mí y, viendo su generosidad le dije: “Señor, lava
también a otros, porque esta agua da vida.”
El Señor me
mostraba que concedía este favor a muchos que yo le señalaba. Y añadió: “A solo
doce apóstoles lavé los pies; es decir, a pocos se les concede este favor
porque no todos son capaces de recibirlo.”
Le pedí por una
persona que sabía que no estaba bien, y Él me dijo: “También lavé los pies a
Judas.” Me hacía ver que esta persona recibía auxilios, pero tenía inclinación
a volver al pecado, como Judas, que prefirió el dinero antes que al Señor y
comulgó en pecado mortal.
El Señor me
mostraba cómo algunos se dejan lavar y otros no, aunque estén dentro de la
Iglesia. Yo le pregunté por qué hacía diferencias, y Él respondió: “Esta es mi
hacienda y la doy a quien quiero, pero también a quien está dispuesto a
recibirla.”
Vi que daba
según la disposición de cada uno. Le pedí por otra persona, y Él me mostró que
ya había obrado en ella, pero que aún faltaba algo de fe. Me dijo: “Falta que
actúe el Padre en ella. El Espíritu Santo ya ha actuado, y ahora actúo yo. Otro
día se completará.” El Señor me hacía ver que todos sus pasos fueron dados para
bien de un alma, y que el corazón humano es capaz de recibir todos sus tesoros
si se deja lavar y purificar.
Finalmente, me
dijo como a Pedro: “María, ¿me amas?” Yo respondí: “Señor, tú lo sabes”. Y Él
dijo: “Pues sigue mis pasos y descansa en ellos como en tu hogar. Allí
encontrarás tus tesoros, en el conocimiento de la cruz. Así estarás conmigo, y
tu alma tendrá siempre premio y será unida, por amor, con la divinidad, que son
las luces de lo eterno.”
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COMENTARIO TEOLÓGICO
DEL TEXTO
- La visión
de Cristo y el sentido de las gotas de sangre: María Evangelista
narra una experiencia mística en la que Cristo se le muestra cubierto de
sangre. Cada gota representa un don, un favor divino y un premio espiritual. El
Señor le explica que no existe cruz sin premio, porque toda obra divina lleva
consigo una retribución espiritual. La cruz no es solo sufrimiento: es luz,
conocimiento y unión con Dios.
- La cruz
como camino de conocimiento y gloria: Cristo insiste en que la cruz está
unida a la divinidad. Por eso, quien abraza la cruz recibe luz, conocimiento de
Dios y gloria espiritual. M. Evangelista comprende que el sufrimiento aceptado
y entendido desde Dios es participación en la obra divina.
- El
lavatorio espiritual: purificación del alma: El Señor compara su acción en el alma
con el lavatorio de los pies a Pedro. La luz divina actúa como un fuego
purificador que limpia las faltas. El agua del lavatorio es el fruto de la
cruz, que purifica los pensamientos y obras humanas. El alma reconoce que sin
esta acción divina es como tierra seca que solo produce espinas.
- Dios como
hortelano: la gracia que riega y da vida: El texto desarrolla una imagen
agrícola: El alma es tierra, Dios es el hortelano, la gracia es el riego que
permite dar fruto. Y sin el riego divino, el alma no puede producir vida
espiritual. Cristo explica que por eso permanece en el Sacramento, para
alimentar y vivificar al hombre.
- La
intercesión por otros y la libertad humana: La autora pide al Señor que lave
también a otras personas. Cristo muestra que ofrece sus auxilios incluso a
quienes no los aprovechan, como Judas. Se subraya que: Dios da su gracia, pero
el hombre debe recibirla y disponerse a ella. La gracia no actúa plenamente
donde falta fe o apertura.
- La
imitación de Cristo y la unión amorosa: El Señor pregunta a María: “¿Me amas?”.
La invita a seguir sus pasos, a descansar en la cruz como en su “hacienda”, es
decir, en su tesoro espiritual. La cruz se convierte en lugar de unión, premio,
descanso y conocimiento de lo eterno.
- Humildad
y conciencia de indignidad: María Evangelista se siente indigna de
los favores recibidos. Cristo le enseña que la indignidad humana no impide la
acción divina: sus obras hacen digno al hombre, no al revés. La humildad se
convierte en puerta para recibir más gracia.
En
síntesis: El texto es una profunda meditación mística sobre la cruz,
entendida no como castigo, sino como camino de luz, purificación y unión con
Dios. Cristo se presenta como maestro, hortelano y lavador del alma, que guía,
limpia y transforma. La autora aprende que la gracia es don gratuito, que debe
acogerse con humildad, y que la cruz es el mayor tesoro porque une al alma con
la divinidad.

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