- LA CRUZ COMO LUGAR DE VERDAD, IDENTIDAD Y OPERACIÓN DIVINA - LA CRUZ COMO CAMINO DE VIDA Y SABIDURÍA DIVINA - LA IGLESIA COMO FIGURA INSCRITA EN EL ALMA - CRISTO ACTÚA COMO HOMBRE Y COMO DIOS: TEOLOGÍA DE LA ENCARNACIÓN - LA SED DE CRISTO POR LA CRUZ - LOS FALSOS AMIGOS: QUIENES APARTAN DE LA CRUZ - LA MUERTE INTERIOR: PARTICIPAR EN LA PASCUA DE CRISTO - EL SENO DE ABRAHAM COMO SÍMBOLO DEL SENO DE DIOS - LA UNIÓN CON CRISTO CRUCIFICADO - LA CRUZ COMO FRUTO DE VIDA - EL ALMA QUE NO ABRAZA LA CRUZ NO CONOCE LOS CAMINOS DE DIOS.
El 9 de marzo,
mientras comulgaba, sentí un profundo recogimiento interior acompañado de una
gran luz que el Señor daba a mi alma. Esa luz me animaba porque disipaba
algunos temores y penas que tenía respecto a las cosas de Dios. Me parecía que
yo no servía para nada y temía estar equivocándome en mi camino, porque sentía
que no avanzaba como el Señor quería. Sin embargo, sabía con certeza que lo que
Él me pedía era bueno y verdadero. Me parecía que Él me daba muchísimo y yo
respondía muy poco. Con estos pensamientos en el corazón, recordaba todo lo que
había recibido del Señor, le pedía perdón por mis faltas y reconocía que todo
lo bueno era suyo.
En ese estado,
el Señor se manifestó a mi alma con una claridad tan grande como la luz del
sol. Me mostró cómo Él habla al alma: con una fuerza que me recogía y me atraía
hacia Él. Mi alma reconocía sin duda que era el Señor, el Espíritu Santo,
porque solo Él podía obrar así. Dándome luz y quitándome los temores, me dijo: “Estoy en tu alma siempre, aunque a veces me
derramo más abundantemente según tu disposición. Mira que estoy en tu corazón
del mismo modo que estoy en la Eucaristía, según tu capacidad para recibirme.”
El Señor añadió
que era verdad que Él guiaba mis pasos. Para que lo entendiera, me hizo
recordar algunas gracias que había recibido de Él, como cuando me mostró que
debía tener una pluma en la punta de su sabiduría, señal de que Él mismo
dictaría lo que yo debía escribir. Aunque mi alma sabía que era Él quien se
manifestaba, me sorprendía tanto que le dije: “Señor, pensad bien lo que decís.
Vos estáis en el Sacramento, y aunque allí está vuestra humanidad, también estáis
como Dios, y por eso debéis estar allí. Yo soy una criatura muy pobre.”
Entonces el
Señor pronunció las mismas palabras que se oyeron en el Jordán cuando Cristo
fue bautizado: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[1] Y
añadió: “Esta es mi obra y mi imagen, en
quien pongo mis ojos.” Mi alma se llenó de confusión al ver que todo lo que
el Señor hacía era pura bondad suya, sin que yo lo mereciera. Conociendo su
poder y respetando los pasos por los que quería que yo caminara, me dijo con
una luz que penetró mi alma: “María, no
estuviste conmigo en mi bautismo, donde el Espíritu Santo hizo la fiesta; por
eso te la hago ahora. Y mira: cada vez que comulgas, te doy el fruto de mi
bautismo y te lavo con el agua del Jordán, que es la gracia de mi Espíritu, el
mismo Espíritu del Padre, donde está también la cruz, porque allí tuvo su
origen, en el corazón y ser de Dios. Este espíritu es el que te voy enseñando.”
Al reconocer al
Señor y sus obras en mi alma, lo confesaba como dueño de todo, poderoso y capaz
de hacer cuanto quiere. Mi alma se alegraba de que Él lo poseyera todo. Pero al
mismo tiempo veía mi pequeñez y me avergonzaba. Parecía que se lo decía al
Señor con dolor, y Él, con amor de padre, me respondió: “María, no miro solo la perfección de la humanidad de mi Hijo -que te
muestro en Jesucristo-, sino que miro su figura. Yo sé de qué estás hecha y
hasta dónde puedes llegar. El Hijo del Padre fue concebido sin corrupción por
obra del Espíritu Santo -que soy Yo-, y por eso sus obras debían ser perfectas.
Pero tú no tienes esa naturaleza. Yo veo tus límites y no me sorprenden tus
debilidades. Lo que atrae mis ojos es la figura perfecta que llevo en ti: la de
la cruz. En ella pongo mis ojos y en ella descanso.”
El Señor me
mostraba lo que el alma de Cristo recibió en su bautismo: luces, gozos y
perfecciones. Me enseñaba grandes misterios sobre su bautismo, y mi alma se
alegraba al comprenderlos.
Veía al Señor
siendo bautizado por una criatura, pero el fruto del bautismo venía de Él
mismo: eran las aguas vivas de la gracia del Espíritu Santo, preparadas para
los fieles, y la voz del Padre diciendo que era su Hijo amado. El Señor me
mostraba que el Padre se complacía en las obras perfectas de la cruz. Me
enseñaba que yo debía vivir mirando siempre ese gusto del Padre, procurando
hacer su voluntad en todo, siguiendo los pasos de Cristo. Esos pasos no fueron
dados por casualidad, sino para que los imitáramos y nos aprovecháramos de
ellos.
El Señor me
enseñaba que su Iglesia está llena de esas aguas del Jordán, derramadas en el
bautismo. Todo lo había ganado Cristo para nosotros por medio de la cruz. Por
eso el Padre se complacía en sus obras: porque eran las obras del Hijo de Dios,
que vino a dar cumplimiento a las obras del Padre, obras que estaban en su
entendimiento desde el principio, desde el Paraíso. El hombre las borró con el
pecado, pero el Hijo de Dios les devolvió su ser por medio de la cruz.
El Señor había
hablado mucho de esto antes, pero ahora lo mostraba todo en una visión
espiritual donde todo se entiende. El alma se confunde al ver lo poco que
agradece estas obras hechas con tanto amor y sabiduría, obras que solo Él podía
realizar.
El Señor me
enseñaba cosas que solo su bondad podía revelar. Me mostraba cuánto le agradaba
este modo de seguirlo. Me recordó algo que Él quería y que yo había descuidado:
que todos los viernes deseaba que le ofreciera un sacrificio en memoria de “SU VIERNES”, porque sabía que me daba ocasiones para
sacrificar mi voluntad y ponerla en la cruz. Era una forma de ofrecerme por las
muchas necesidades del mundo. Él me había dicho muchas veces que esto le
agradaba, y ahora me reprendía por no unir mis pasos a los suyos.
Me mostraba cómo
estas obras y figuras le habían agradado tanto que, al verlas, miraba al Padre para
que no castigara al mundo. Y decía que cuando se le pedía algo por medio del
Hijo, Él escuchaba con gusto, porque le agradaba la obra de la cruz, tan
preciosa a sus ojos. Bendito sea Él, y haga que lo conozcamos, porque mucho se
queja de que no lo conocemos. Que Él nos perdone. Amén.

