07 febrero 2026

DIARIO DE ORACIÓN: La Cruz como Seno de Dios: Doctrina de la Muerte Interior y la Unión con Cristo.


- LA CRUZ COMO LUGAR DE VERDAD, IDENTIDAD Y OPERACIÓN DIVINA - LA CRUZ COMO CAMINO DE VIDA Y SABIDURÍA DIVINA - LA IGLESIA COMO FIGURA INSCRITA EN EL ALMA - CRISTO ACTÚA COMO HOMBRE Y COMO DIOS: TEOLOGÍA DE LA ENCARNACIÓN - LA SED DE CRISTO POR LA CRUZ - LOS FALSOS AMIGOS: QUIENES APARTAN DE LA CRUZ - LA MUERTE INTERIOR: PARTICIPAR EN LA PASCUA DE CRISTO - EL SENO DE ABRAHAM COMO SÍMBOLO DEL SENO DE DIOS - LA UNIÓN CON CRISTO CRUCIFICADO - LA CRUZ COMO FRUTO DE VIDA - EL ALMA QUE NO ABRAZA LA CRUZ NO CONOCE LOS CAMINOS DE DIOS.

El 9 de marzo, mientras comulgaba, sentí un profundo recogimiento interior acompañado de una gran luz que el Señor daba a mi alma. Esa luz me animaba porque disipaba algunos temores y penas que tenía respecto a las cosas de Dios. Me parecía que yo no servía para nada y temía estar equivocándome en mi camino, porque sentía que no avanzaba como el Señor quería. Sin embargo, sabía con certeza que lo que Él me pedía era bueno y verdadero. Me parecía que Él me daba muchísimo y yo respondía muy poco. Con estos pensamientos en el corazón, recordaba todo lo que había recibido del Señor, le pedía perdón por mis faltas y reconocía que todo lo bueno era suyo.

En ese estado, el Señor se manifestó a mi alma con una claridad tan grande como la luz del sol. Me mostró cómo Él habla al alma: con una fuerza que me recogía y me atraía hacia Él. Mi alma reconocía sin duda que era el Señor, el Espíritu Santo, porque solo Él podía obrar así. Dándome luz y quitándome los temores, me dijo: “Estoy en tu alma siempre, aunque a veces me derramo más abundantemente según tu disposición. Mira que estoy en tu corazón del mismo modo que estoy en la Eucaristía, según tu capacidad para recibirme.”

El Señor añadió que era verdad que Él guiaba mis pasos. Para que lo entendiera, me hizo recordar algunas gracias que había recibido de Él, como cuando me mostró que debía tener una pluma en la punta de su sabiduría, señal de que Él mismo dictaría lo que yo debía escribir. Aunque mi alma sabía que era Él quien se manifestaba, me sorprendía tanto que le dije: “Señor, pensad bien lo que decís. Vos estáis en el Sacramento, y aunque allí está vuestra humanidad, también estáis como Dios, y por eso debéis estar allí. Yo soy una criatura muy pobre.”

Entonces el Señor pronunció las mismas palabras que se oyeron en el Jordán cuando Cristo fue bautizado: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[1] Y añadió: “Esta es mi obra y mi imagen, en quien pongo mis ojos.” Mi alma se llenó de confusión al ver que todo lo que el Señor hacía era pura bondad suya, sin que yo lo mereciera. Conociendo su poder y respetando los pasos por los que quería que yo caminara, me dijo con una luz que penetró mi alma: “María, no estuviste conmigo en mi bautismo, donde el Espíritu Santo hizo la fiesta; por eso te la hago ahora. Y mira: cada vez que comulgas, te doy el fruto de mi bautismo y te lavo con el agua del Jordán, que es la gracia de mi Espíritu, el mismo Espíritu del Padre, donde está también la cruz, porque allí tuvo su origen, en el corazón y ser de Dios. Este espíritu es el que te voy enseñando.”

Al reconocer al Señor y sus obras en mi alma, lo confesaba como dueño de todo, poderoso y capaz de hacer cuanto quiere. Mi alma se alegraba de que Él lo poseyera todo. Pero al mismo tiempo veía mi pequeñez y me avergonzaba. Parecía que se lo decía al Señor con dolor, y Él, con amor de padre, me respondió: “María, no miro solo la perfección de la humanidad de mi Hijo -que te muestro en Jesucristo-, sino que miro su figura. Yo sé de qué estás hecha y hasta dónde puedes llegar. El Hijo del Padre fue concebido sin corrupción por obra del Espíritu Santo -que soy Yo-, y por eso sus obras debían ser perfectas. Pero tú no tienes esa naturaleza. Yo veo tus límites y no me sorprenden tus debilidades. Lo que atrae mis ojos es la figura perfecta que llevo en ti: la de la cruz. En ella pongo mis ojos y en ella descanso.”

El Señor me mostraba lo que el alma de Cristo recibió en su bautismo: luces, gozos y perfecciones. Me enseñaba grandes misterios sobre su bautismo, y mi alma se alegraba al comprenderlos.

Veía al Señor siendo bautizado por una criatura, pero el fruto del bautismo venía de Él mismo: eran las aguas vivas de la gracia del Espíritu Santo, preparadas para los fieles, y la voz del Padre diciendo que era su Hijo amado. El Señor me mostraba que el Padre se complacía en las obras perfectas de la cruz. Me enseñaba que yo debía vivir mirando siempre ese gusto del Padre, procurando hacer su voluntad en todo, siguiendo los pasos de Cristo. Esos pasos no fueron dados por casualidad, sino para que los imitáramos y nos aprovecháramos de ellos.

El Señor me enseñaba que su Iglesia está llena de esas aguas del Jordán, derramadas en el bautismo. Todo lo había ganado Cristo para nosotros por medio de la cruz. Por eso el Padre se complacía en sus obras: porque eran las obras del Hijo de Dios, que vino a dar cumplimiento a las obras del Padre, obras que estaban en su entendimiento desde el principio, desde el Paraíso. El hombre las borró con el pecado, pero el Hijo de Dios les devolvió su ser por medio de la cruz.

El Señor había hablado mucho de esto antes, pero ahora lo mostraba todo en una visión espiritual donde todo se entiende. El alma se confunde al ver lo poco que agradece estas obras hechas con tanto amor y sabiduría, obras que solo Él podía realizar.

El Señor me enseñaba cosas que solo su bondad podía revelar. Me mostraba cuánto le agradaba este modo de seguirlo. Me recordó algo que Él quería y que yo había descuidado: que todos los viernes deseaba que le ofreciera un sacrificio en memoria de “SU VIERNES”, porque sabía que me daba ocasiones para sacrificar mi voluntad y ponerla en la cruz. Era una forma de ofrecerme por las muchas necesidades del mundo. Él me había dicho muchas veces que esto le agradaba, y ahora me reprendía por no unir mis pasos a los suyos.

Me mostraba cómo estas obras y figuras le habían agradado tanto que, al verlas, miraba al Padre para que no castigara al mundo. Y decía que cuando se le pedía algo por medio del Hijo, Él escuchaba con gusto, porque le agradaba la obra de la cruz, tan preciosa a sus ojos. Bendito sea Él, y haga que lo conozcamos, porque mucho se queja de que no lo conocemos. Que Él nos perdone. Amén.



[1] Mt.3,17.

30 enero 2026

DIARIO DE ORACIÓN: La participación del alma en la Cruz de Cristo y su configuración con Él

Un día, a finales de febrero, mientras estaba en oración, tenía dentro de mí varias penas y preocupaciones por cosas que el Señor me hacía ver. Sentía una aflicción interior tan fuerte que incluso afectaba a mi cuerpo. Aun así, mi alma sabía que esa pena venía de Dios y no perdía su presencia. Llevaba varios días así, con una comprensión profunda del valor de la cruz y con luces claras sobre los bienes que trae.

Estando en este estado, contemplando los caminos del Señor, Él me habló y, con un nuevo recogimiento interior, me enseñó cómo era ese padecer y cómo había sido en Él mismo. Me mostraba lo que muchas veces me había enseñado: el sufrimiento de su alma y de su naturaleza humana. Era como si su alma contemplara el pecado del hombre, por el cual debía satisfacer, y distribuía por todo su cuerpo el castigo que el hombre merecía. Y, de un modo que solo su sabiduría comprende, tenía en cada instante la cruz en todo su cuerpo, como si tuviera muchas cruces a la vez. Y en cada una de esas cruces padecía con la misma intensidad, como si solo estuviera sufriendo esa.

Mi alma veía que el Señor tenía esto en todas las partes de su cuerpo y que a todas les daba ser. Y sufría por el hombre con una pena tan grande que solo Él podía enseñarme cómo era ese tormento continuo. Y al enseñármelo, lo imprimía en mi corazón y en mi cuerpo de tal manera que yo perdía el sentido de mí misma y me causaba angustias tan fuertes que ponían en peligro mi vida.

El Señor, con amor, animaba mi alma y me decía: “Yo, María, en el huerto tuve esas mismas angustias. Mi naturaleza humana sufrió una congoja tan grande que di paso a la cruz, y el Padre me consoló. Pero mi alma, mirando siempre la voluntad de mi Padre, tomaba fuerzas para padecer. Así también tú necesitarás fuerzas si has de ser un espejo donde yo mire mi rostro y estampe mis acciones.”

El Señor me animaba con algo que ya me había enseñado muchas veces: la cogulla[1] que me habían puesto el día de mi profesión para monja de coro. Me la mostró como cubierta de cruces por todas partes, sin un solo espacio libre, como si estuviera bordada de dolores. Era tan pesada que ninguna criatura humana podría soportar ni siquiera un poco de ella. Una hermana de comunidad, sierva suya, a quien también se la mostró, el Señor, sintió un poco de ese peso y dijo que no podía soportarlo. Cuando preguntó para quién era, le dijeron que era la cogulla de María Evangelista.

El Señor me enseñaba que también tenía una cruz grande que afectaba a toda su persona. Yo le pregunté qué significaba esa cruz grande, y Él me respondió: “María, las muchas cruces que ves en la cogulla representan mi vestidura interior, la manera en que mi alma y mi cuerpo padecían, comprendiendo todas las penas de mi naturaleza humana, a la que yo dejaba sin consuelo. Nunca le di alivio, ni le comuniqué los gustos del alma. Cuando te mostré la cogulla, aunque no lo entendiste, era para que conocieras esta verdad y el camino por el que debía ir tu alma.”

La cruz grande representaba el trato con los hombres: sin luz, sin verdad, sin conocimiento de aquello para lo que fueron creados. Todos estaban metidos en pecado y sin deseo de otra cosa. Yo, que soy la Verdad, caminaba entre ellos y no me conocían ni querían conocerme. No encontraba lugar para enseñarles estas verdades porque sus corazones estaban llenos de mentira y solo buscaban sus propios gustos. Por eso dije que todos tenían dónde descansar, incluso las aves del cielo, pero yo no tenía dónde reclinar la cabeza.

El Señor me mostraba que esta cruz grande había sido el trato con los hombres y cómo siempre la llevaba atravesada en su corazón al verlos tan alejados de la verdad. Las otras cruces eran la satisfacción por sus pecados. Y me enseñaba cómo trataba a su naturaleza humana, siempre desamparada, y cómo vivió en forma de cruz desde el momento de su concepción.

También me mostraba cómo su alma, unida a la divinidad, daba valor a esa cruz, y cómo satisfacía por todos los pecados de los hombres, sufriendo por cada uno de ellos un dolor particular. Parecía un leproso, cubierto de fatigas, sin nada sano en Él. Y me decía que ese era también mi camino, según mis fuerzas.

Cuando le pregunté por la cruz grande de mi cogulla, me dijo: “Esa es el trato con las criaturas y las ocasiones de sufrimiento que te causan. Sabes bien que su trato te ha sido y te es cruel.” Y me mostraba todo lo que yo había sufrido y otras cosas ocultas que habían herido mi honra.

Yo veía que así era, aunque me reconocía tan pobre criatura que lo echaba todo a perder. Pero el Señor me mostraba cómo unía mis obras con las suyas, consumiendo mis faltas y dándoles valor con el valor de sus pasos. Y así como el Padre y el Espíritu Santo dieron valor a su cruz, también Él daba valor a mis pequeños pasos, uniéndolos al fruto de su sangre, para bien de las almas del mundo y del Purgatorio.

Yo meditaba todo esto y veía cómo el Señor me había enseñado siempre la verdad. Y como me parecía que Él revolvía pasado y presente, mostrando sus tesoros, por eso yo pensaba que mis confesores que siempre tenían trabajo con todo esto teniendo que ayudarme a clarificar del todo sus misterios.

El Señor, respondiendo a mi pensamiento, dijo: “María, ¿Qué tiene de extraño si son sombra de mi Iglesia y reflejo de lo que yo hice en ella? ¿No sabes que para plantarla, después de mi muerte, mis apóstoles y evangelistas se ocuparon en dar luz a mis obras? Pues en ese trabajo gastaron su vida. Yo quiero que tú, como figura de mis pasos y de mi Iglesia, también des luz a mis obras.”

Y mi alma veía que así era, porque había recibido muchas cosas de modo particular. Y así como el Señor había depositado sus obras vivas en la Iglesia, también me había dado luz y fuerza para conocerlas. Veía cómo el Espíritu Santo asistía en la Iglesia, ungiendo y dando valor a todo, y cómo el Padre y el Hijo asistían a las obras de la humanidad de Cristo. Y me enseñaba que ese mismo Espíritu daba luz a mi alma y guiaba mis pensamientos, que siempre terminaban en la cruz, porque Él se complacía en ella y ese había sido su vestido. Bendito sea por todo. Amén.

Misericordias de Dios comunicadas n.19

ADVERTENCIA

 Diario de oración de M. María Evangelista: Se trata de una paráfrasis del original con lenguaje actualizado, pero fiel totalmente al texto: No hay nada inventado sólo actualizado el lenguaje. 



[1] Habito especial que se le impone a una monja cisterciense el día de su profesión solemne y que sólo la usa para asistir al rezo del Oficio Divino. Aquí la cogulla cubierta de cruces se utiliza como símbolo del dolor del Señor en su pasión del cual hacia partícipe a María Evangelista para identificarla con Él en el dolor lentor de su pasión.