El alma reconoce
sus faltas y su incapacidad de corresponder al amor de Dios. Entiende que sin
Él no tiene valor ni fruto. Percibe que quienes no viven orientados a Dios
“entierran” su talento espiritual. Ella se duele de su propia tibieza y por
quienes aún no han recibido luz divina. Descubre que solo el tiempo dedicado a
Dios es verdadera vida; lo demás es vacío. Esto la consuela y a la vez la mueve
a pedir perdón.
Dios le muestra
el ejemplo de la Virgen: su grandeza proviene de contemplar continuamente los
misterios de Dios, especialmente la cruz. Ella es modelo de pureza y unión con
Dios. La autora se siente llamada a ese camino, pero lo percibe demasiado alto
para sus fuerzas. Aun así, reconoce que Dios la invita. En medio de su temor,
Cristo la toma interiormente y le revela que quien lo posee lo tiene todo. Le
explica cómo la Virgen lo concibió primero en su corazón.
El Señor le
muestra cómo actuó la Trinidad en la Encarnación y cómo ese mismo misterio, por
gracia, se refleja ahora en su alma, le hace experimentar su presencia
trinitaria en su corazón y le enseña que “concebirlo” es guardar y meditar sus
obras con amor. El alma reconoce con claridad la acción del Padre, del Hijo y
del Espíritu Santo en ella y tiene la certeza que no hay don mayor que Dios
habitando en una criatura.
El Hijo de Dios
le explica que la verdadera maternidad espiritual consiste en darle posada en
el corazón y alimentarlo con pensamientos puros y adoración interior. Ella
contempla la esencia divina y la distinción de las Personas en una sola
voluntad. Se siente colmada y entiende que quien tiene a Dios no necesita nada
más. En ese estado solo puede pedir por la Iglesia. Cristo le revela que una
sola alma que intercede con fe sostiene más que ejércitos enteros sin fe.
Pide por las
almas del purgatorio. El Señor le muestra cómo las consuela con nuevas
esperanzas, como hizo con las del limbo[1] en la Encarnación. Entiende que estos
favores se deben a que Dios ha encontrado en su alma un lugar donde habitar.
Ella se siente indigna ante la presencia viva de la Trinidad. María
Evangelista, asombrada, preguntó por qué recibía tantas gracias ella que era
tan débil. Dios le respondió que lo hacía por su pureza de su intención, y le
propone que en adelante Él cuidaría de ella si ella cuidaba de seguir sus
caminos. Le pidió que se ocupara de buscarlo en las verdades de la fe y en los
frutos de la Iglesia, y que Él cuidará su corazón como cuida a la Iglesia
mediante el Espíritu Santo.
El Señor le
muestra cómo infunde continuamente sus dones y cómo la Iglesia es el depósito
de todas estas riquezas espirituales.
Finalmente, Recibe luz para contemplar y gozar de este misterio trinitario: el Padre como principio, el Hijo engendrado, y el Espíritu Santo procediendo de ambos. Todo esto lo ve en su propio corazón tal como enseña la fe.
Texto de M. María Evangelista (M. de D. Cm. n.11)
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COMENTARIO DEL TEXTO ANTERIO:
-La conciencia de la propia pobreza
espiritual: La
autora, en oración, reconoce sus faltas y la poca correspondencia que ha dado a
Dios. Comprende que el alma, sin Él, no tiene valor ni fruto, y que enterrar
los dones recibidos es volverse “tierra”, vivir sin espíritu.
- Dolor por la propia
tibieza y por quienes no tienen luz: Al
ver cuánto le ha enseñado el Señor, se duele de no responder mejor y también de
quienes aún no han recibido esa luz. Percibe que solo el tiempo entregado a
Dios es verdadera vida; lo demás es tiempo muerto.
- La escuela interior
de María: Dios
le muestra cómo la Virgen creció en santidad: manteniendo su corazón siempre
ocupado en los misterios de Dios, adorando continuamente la cruz, viviendo sin
estorbo de pecado, siendo transparencia pura de la Iglesia y preferida del
Padre. Esta contemplación ilumina su alma con claridad nueva.
-Llamada a un camino que
la sobrepasa: Se
siente llamada a ese mismo camino de pureza y contemplación, pero se ve
incapaz. Aunque Dios le da luz, ella experimenta temor y desproporción entre su
pequeñez y lo que se le pide.
- La palabra decisiva
del Señor: En
medio de sus temores, Cristo la toca interiormente y le dice que lo tiene todo,
porque lo tiene a Él. Le revela que quien lo posee, posee la riqueza del cielo
y la vida del hombre. Le muestra cómo María lo concibió en su corazón antes que
en su cuerpo, y cómo el Espíritu Santo es el maestro de esa obra.
- La Trinidad actuando en el alma: El Señor le enseña que en su alma
se reproduce, por gracia, el misterio de la Encarnación: el Padre actúa con su
poder, el Hijo con su consentimiento, el Espíritu Santo con su gracia. Dios se
deja “concebir” en el corazón que lo acoge con pensamientos puros y adoración
continua.
- La inhabitación
trinitaria: La
autora experimenta la presencia viva del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo
en su interior. Percibe la distinción de Personas y la unidad de su querer.
Comprende que no hay mayor grandeza en cielo o tierra que Dios habitando en el
alma.
- La verdadera
maternidad espiritual: Cristo
le dice que su Madre es quien sabe darle posada en su corazón, y que así
también Él quiere ser sustentado en el alma de la autora. La “leche” que
alimenta a Cristo son los pensamientos puros, la adoración y la confesión de su
poder.
- Intercesión por la
Iglesia: Al ver
la riqueza de la Iglesia -fruto de la sangre de Cristo-solo puede pedir por
ella. El Señor le revela que una sola alma que intercede con fe hace más que
ejércitos enteros sin fe, y que por un justo perdona a muchos.
- Intercesión por las
almas del purgatorio: El
Señor le muestra cómo, en la Encarnación, dio esperanza a las almas del limbo.
Le revela que ahora concede gracias a las almas del purgatorio por la
intercesión de quienes le dan “lugar” en su corazón.
- El diálogo de
humildad: Ella
pregunta por qué recibe tantos favores. El Señor responde que los pone en su
“pura intención”. Le propone un “trueque”: Él cuidará de ella, y ella cuidará
de Él, siguiéndolo por los caminos de la cruz y de la Iglesia.
- La formación continua
del Espíritu Santo: Dios
le muestra que siempre está infundiendo dones, comunicando el valor de la
sangre del Hijo y el amor del Padre. Solo la luz del Espíritu Santo puede
enseñar estos misterios.
- Contemplación de la Trinidad como origen: Finalmente, recibe luz para contemplar al Padre como principio, al Hijo engendrado por Él, y al Espíritu Santo procedente de ambos. Ve esta vida trinitaria actuando en su propio corazón, un solo Dios en unidad de querer y poder.
LMJPA
[1] Aquí el Limbo se
refiere a las almas que de las personas buenas que murieron antes de la Muerte
redentora de Cristo.
