En el año 1634,
estando en Maitines el día de Pascua, y hallándome en aquella suspensión
interior que ya he mencionado, preocupada por mis asuntos y especialmente por
algunos que me causaban temor, llegó a mi alma una brisa de luz en la que
reconocí la presencia del Señor. Me dijo: “Paz a vosotros”. Y enseguida añadió:
“La paz sea contigo, María; soy yo, y estaré contigo para siempre”. Mi alma se
enterneció al oír estas palabras y comprendió que el mensaje venía de Dios, y
que me hablaba como la Iglesia dice que habló a sus discípulos.
El Señor añadió:
“Dile a tu confesor que no tema por tus cosas”, refiriéndose especialmente a
una gracia que Su Majestad había concedido el Viernes Santo a los rosarios,
cuentas e imágenes. Yo me fijé en cómo el Señor había arrebatado mi alma, como
si la despertara del sueño del sepulcro en que parecía haber estado con Él:
unida a su cuerpo muerto, pero sostenida por su divinidad, que daba vida al
alma. Con esta visión del Señor, parecía que Él mismo la resucitaba, dándole
una fe nueva y una nueva comprensión de sus obras.
Mientras
meditaba en la palabra “para siempre”, por un lado me conmovía, y por otro me
parecía que yo no merecía algo así. Durante todo el oficio de Maitines mi
corazón repetía: “Señor, no deseo otra cosa que a Ti, y eso es para siempre. Y
por tu bondad veo que me concedes ese favor, que es lo único que se puede
desear. En eso veo que me das el fruto de tu sangre, pues por ella nos haces
dignos de tu presencia eterna. Todo lo debemos a la cruz”.
Mi alma seguía
detenida en ese “para siempre”, sin poder salir de allí. Y como el Señor me
había dicho el Viernes Santo que lo que entonces le pedía —el fruto de su
sangre para aliviar o sacar algunas almas del Purgatorio— Él lo había hecho al
salir del limbo en su resurrección, yo estaba absorta en ese pensamiento y no
recordaba nada más. El Señor llamaba a mi alma para cumplir esa palabra, pero
yo me detenía porque me sentía indigna. Quería esperar a la comunión, pensando
que con el tesoro del Cuerpo del Señor podría pedir al Padre ese favor. Así
estuve, resistiendo esta moción del Señor, unas cuatro horas, mientras Él
seguía llamando a mi alma.
Ya por la
mañana, durante la Misa, el Señor me dijo: “María, parece que andas lejos y me
miras de lejos. ¿Por qué no me sigues? ¿Huyes de mí?” Yo respondí: “Señor, como
no tengo nada, tengo miedo”. El Señor dijo: “Precisamente por eso lo tengo yo
todo. Con mis obras has de obrar tú. Ya veo que tú no tienes nada, pero yo
quiero darte mis obras, y con ellas quiero que hagas esto”. Yo le dije: “Señor,
si Tú haces todo, ¿para qué me quieres a mí?” Respondió: “Para que me
acompañes”.
Mi alma se
rindió. Y como un pájaro al que se le da el ser, así Su Majestad parecía
dárselo a mi alma, y con fuerza la hacía seguirlo. El Señor me mostró los
lugares donde estaban aquellas almas, en distintos sitios. Parecía que estaban
en estanques, tan numerosas como los átomos del sol. El Señor dijo: “Entra con
mi poder y saca las que quieras, porque llevas el fruto de mi sangre”. Yo le
dije: “Señor, no sé cuáles están listas para salir”. Él respondió: “Yo moveré
la piscina y se te enseñará lo que debes hacer”.
Cuando el Señor
mostró estas almas, también mostró cómo las hacía capaces de recibir su visita.
Y ellas reconocieron que el Señor tenía allí a mi alma. Oí que algunas decían
serenamente a otras: “Aquí está la que otras veces nos hace bien. Hoy es un
buen día”. En vez de consolarme, esto me afligía. Yo decía al Señor que solo Él
era digno de ser reconocido como bienhechor.
Al final, el
Señor derramó su sangre y sacó muchas almas, una gran cantidad. Yo le pregunté:
“Señor, ¿cuántas son?” Él respondió: “El mismo número que otras veces”. Vi a
aquellas criaturas llenas de alegría, y entre ellas decían: “¿Quién es esta a
la que el Señor parece hacer semejante a Él y la acompaña en sus obras?” Esto
me causó gran dolor, viendo mi miseria. Casi enojada le dije al Señor: “¿Por
qué haces esto? ¿No ves que me puede hacer daño lo que dicen? ¿Qué necesidad
tenía yo de oír esto? ¿No ves que podría darme soberbia?”
El Señor,
mirándome con amor, dijo: “María, ¿quién que me haya seguido de verdad se ha
perdido? ¿Acaso mi Espíritu pierde a alguno? ¿No doy yo el conocimiento
necesario para recibir el favor? No, María, no lo doy de ese modo. Y para sacar
de ti eso —que es lo que llamo fruto— he obrado así contigo”.
Comprendí que lo
que el Señor llama fruto en un alma es que se conozca a sí misma y dé a Dios lo
que es de Dios, que es todo. El alma se mantiene en la verdad, se contenta solo
con ella y reconoce a Dios como autor de todo bien.
El Señor subió
con su “manada” al Cielo y mostró cómo el Padre los recibía en su seno. Aunque
eran muchísimos —según lo que mostraba, unos tres mil—, la grandeza de la casa
del Padre es inmensa. Yo le dije: “Señor, me alegro de tu grandeza. Pero dime,
¿por qué tantas veces haces esto y casi siempre veo que sacas este número de
tres?” El Señor respondió: “Porque en este número obra el Padre y el Espíritu
Santo, unidos a mi valor. Por eso obro muchas veces en este número, como lo
hice el día en que salí del limbo”. Yo le pregunté: “¿Sacaste tres mil, Señor?”
Él respondió: “María, saqué trescientos mil millones. Esas salieron conmigo
aquel día y me acompañaron hasta que subí al Cielo”. Yo me admiré y dije:
“Señor, ¿qué dices? ¿Tres mil o trescientos mil?” Él dijo: “Trescientos mil
millones, María. ¿No ves que soy grande y mis obras incomprensibles?”
Yo me confundía
y dije: “Señor, ¿qué necesidad tenía yo de saber esto? Me sorprende y me da
temor”. El Señor dijo: “No temas. Ya sabes que te revelo mis secretos y en eso
tengo gusto. Si fueses capaz, no habría nada en mi pecho que no te enseñara. Te
lo voy mostrando poco a poco”. Yo dije: “Señor, aun así temo y no sé cómo haces
esto conmigo”. Él respondió: “¿No ves que quiero que seas testigo de mis obras?
Para mis obreros no escogí reyes, sino pescadores, los más humildes, para que
se conozca que soy yo quien obra. Así lo hago contigo, para que se conozca mi
brazo poderoso en ti”.
Mi alma se
confundía al ver cómo el Señor obraba y se daba a conocer, y cómo al mismo
tiempo me hacía ver mi nada. Donde Él entra, asegura de todo peligro. Las
misericordias del Señor eran para mí como una cruz, porque me veía indigna de
ellas. Muchas veces mi alma se siente ahogada por estos favores, avergonzada de
verse como es, reconociendo que no tiene nada propio.
El Señor dijo:
“Si un alma sigue mis caminos, María, está lejos de ensoberbecerse, porque mi
camino es verdad y en él no hay peligro. Mi Espíritu no puede hacer daño;
previene todo daño”. Y como premio a este temor, añadió: “Por esta obra que has
hecho, premiaré yo tus obras”. Yo le dije: “Señor, ¿qué llamas obras?” Él
respondió: “Considero obra en el hombre que se conozca a sí mismo, porque es lo
más difícil: su inclinación es estimarse, y desestimarse es obra ardua. Por eso
haré bien a tu alma y en ella obraré. En ella guardaré mis joyas, porque la
tendré en esta verdad”.
El Señor añadió:
“Te haré capaz de recibir sin peligro, porque gozarás de los tesoros de mis
obras. Mi Espíritu te comunicará la verdad y hará morada en ti como maestro.
Vivirás segura porque yo estaré contigo, resucitando en tu alma. Tus acciones
serán de vida, porque todo vendrá de estar conmigo, que soy vida y vengo a
darla y a recoger mi ganado descarriado. ¿No sabes que, apenas resucité, fui a
buscar a los apóstoles? ¿Qué es esto que ahora hago sino una sombra de aquello?
Recojo mi ganado y obro en las almas que me han seguido”. Bendito sea el Señor.
Amén.
COMENTARIO TEOLÓGICO
-El texto de María
Evangelista describe una experiencia
mística pascual, en la que Cristo resucitado se manifiesta a su alma con un
lenguaje y una pedagogía profundamente bíblicos.
- Cristo Resucitado como fuente de
paz y presencia permanente: La aparición comienza con el saludo
evangélico: “Pax vobis”. Teológicamente, esto sitúa la experiencia en
continuidad con las apariciones del Resucitado a los discípulos: Cristo
comunica paz, que no es solo consuelo emocional, sino participación en su vida
gloriosa. Le promete: “estaré para siempre jamás contigo”, lo cual expresa la
inhabitación de Cristo en el alma fiel, una doctrina clásica de la mística
cristiana. María reconoce que esta presencia no es mérito suyo, sino pura
gracia, lo que subraya la teología de la gratuidad divina.
- La resurrección como
transformación interior del alma: María percibe que su alma estaba
“como dormida en el sepulcro”, unida al Cristo muerto pero sostenida por su
divinidad. Teológicamente, esto expresa, la participación del alma en el
misterio pascual. La resurrección como renovación interior, que otorga una fe
nueva y un conocimiento más profundo de las obras de Dios. La experiencia
mística se convierte así en una actualización personal del misterio pascual.
- La misión intercesora: participación
en la obra redentora: Cristo le encomienda interceder por las almas del
Purgatorio. Aquí se revela una teología muy rica: El alma mística participa no
como autora, sino como instrumento de la obra de Cristo. Cristo le dice: “Con
mis obras has de obrar tú”, afirmando que toda acción espiritual auténtica
procede de Él. La visión de las almas “como átomos del sol” expresa la
inmensidad de la misericordia divina y la universalidad de la redención.
- La humildad como condición para
recibir los dones divinos: María Evangelista teme la soberbia ante los favores
recibidos. Cristo responde con una enseñanza teológica clave: El verdadero
fruto espiritual es conocerse a sí mismo en la verdad, es decir, reconocer la
propia nada y la totalidad de Dios. La humildad no es un sentimiento, sino una
visión teologal: ver a Dios como autor de todo bien. Por eso Cristo insiste:
“Mi espíritu no puede hacer daño… previene todo daño”. La gracia no destruye,
sino que purifica y ordena.
- La pedagogía divina: Dios elige lo
pequeño: María se pregunta por qué Dios la escoge a ella. Cristo responde evocando
la elección de los apóstoles: Dios elige lo humilde para que su poder se
manifieste. La autoridad espiritual no nace del rango, sino de la elección divina
y la docilidad del alma. Esta es una teología profundamente bíblica: Dios actúa
en lo débil para mostrar su fuerza.
- La comunión con la Trinidad y el
misterio del número: El diálogo sobre los “tres mil” y “trescientos mil
millones” expresa simbólicamente: La inmensidad de la obra redentora. La acción
conjunta del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La imposibilidad humana de
comprender plenamente los misterios divinos. Cristo corrige la comprensión de
María no para satisfacer curiosidad, sino para revelar la grandeza de su
misericordia.
- La seguridad del alma que vive en
la verdad: Cristo promete a María que su alma vivirá segura porque Él
mismo será su paz y su vida. Teológicamente: La verdadera seguridad espiritual
no proviene de los dones, sino de la presencia de Cristo. La vida del alma se
convierte en participación continua en la vida del Resucitado. El texto
concluye con una imagen eclesial: Cristo recoge su “ganado”, como hizo tras la
Resurrección con los apóstoles. La experiencia mística se presenta como una
prolongación del Evangelio.
LMJPA
