15 febrero 2026

DIARIO DE ORACIÓN: El Agua Viva y el Camino de la Cruz: Revelación de Cristo al alma - M.C. -N.24


Durante la oración, mientras escuchaba el Evangelio de la samaritana, sentí que el Señor recogía mi corazón y me hacía prestar atención de un modo nuevo. Interiormente me llamó y me dijo: “María, ¿quieres agua?” En ese instante me dio a entender profundamente qué es esa agua viva que llena el corazón y quita todo vacío. Me mostró que es la misma agua y luz que recibió la samaritana, por la cual comprendió sus obras, igual que yo las comprendo ahora. Y añadió que todavía busca almas que quieran beber de esa agua.

El Señor se manifestó con una luz intensa que atravesó mi corazón y me atrajo hacia Él. Me hizo sentir la sed que tiene por las almas y el hambre espiritual que lo mueve. Vi su rostro espiritual, donde todo se contiene, y comprendí que solo Él reina y que quien vive unido a Él disfruta de esa agua viva.

Me enseñó que esta agua es tan necesaria que nadie puede vivir sin ella. El alma sin este rocío está seca y sin verdadera vida. Y entendí que esta luz del Señor es la que permite comprender el misterio de la cruz.

El Señor me dijo que, así como la samaritana entendió el valor de esta agua y dejó todo para seguirlo, así también quienes la beben de verdad conocen la cruz y su significado. Le pregunté si todos los que la reciben llegan a ese conocimiento. Él respondió que solo quienes la beben según su voluntad: muchos apenas prueban unas gotas y las apagan con su amor propio, sin dejar que sus inspiraciones den fruto. Pero quienes la beben de verdad lo dejan todo y lo siguen, porque esta agua sana, ilumina y revela sus deseos.

Me mostró que su mayor gusto está en la cruz, y que allí descansa su corazón. Yo le dije que veía claramente que esta agua viva saca al alma de sí misma y le da luz para comprender sus caminos. Entonces le pregunté por qué permitía que tantos hablaran y confundieran las cosas que Él hacía en mí.

El Señor me respondió con amor: “Calla, María. Precisamente a través de esas contradicciones doy a conocer mi camino y manifiesto mi luz en tu corazón. Lo que ellos intentan oscurecer, yo lo uso para revelar mi obra. Nadie puede impedir mis planes. Así fue también al inicio de mi Iglesia: todos se opusieron, incluso hasta matar a mis discípulos, pero mi Espíritu salió adelante y la Iglesia quedó fundada con su sangre.”

Me explicó que estos caminos interiores solo Él los enseña y que los hombres no los comprenden. Me dijo que yo era figura de su Iglesia y que, así como ella se fundó con fuego y sangre, también en mí debía realizarse esta obra a través de pruebas y sufrimientos. Los que me contradicen son como martillos que labran las piedras del edificio que Él construye.

El Señor afirmó que la cruz es el árbol que da fruto y que todos deben acudir a ella para vivir. Quien no participa de la cruz no tiene vida en Él. Sus caminos son incomprensibles y solo quien recibe su luz puede entenderlos.

Me mostró cuánto gusto tiene en el padecer, como lo tuvo su Padre al entregarle todos los golpes. Yo, sintiéndome incapaz y sin fuerzas, le pregunté si Él había sufrido también hambre y sed naturales. Él respondió que sí: que durante su vida terrena padeció hambre, cansancio y sed en grado extremo, y que solo quien Él quiera podrá comprenderlo. Pero sobre todo sufrió por amor al hombre, desde el momento mismo de su Encarnación, llevando una cruz interior continua para suplir nuestras imperfecciones.

Finalmente me dijo: “María, mi cruz no es para los flojos.” Yo reconocí que lo veía claramente, pues todos los que Él me daba como confesores eran llevados enseguida al padecer y luego iluminados en la cruz. Él respondió que sabe bien a quién confiar sus obras, igual que supo a quién llamar al apostolado y entregar sus llaves y su cruz.

El Señor seguía enseñando muchas cosas y se mostraba verdaderamente como agua de vida. Bendito sea por siempre.



NOTA:

Como las ultimas publicaciones en este Blog dedicado a la ya Venerable M. María Evangelista, advertimos que, estos textos son una paráfrasis en lenguaje actual, lo mas fiel posible al texto original. El objetivo es hacer mas fácil la comprensión  del sentido profundo del texto. Somos conscientes de que al resumir un poco y actualizar el lenguaje, pierde un poco de profundidad teológica, pero gana en facilitar su lectura comprensión de los términos y forma de redactar.


                                              - SENTIDO TEOLÓGICO DEL TEXTO -

- El don del Agua Viva: El texto gira en torno a una experiencia mística donde Cristo se manifiesta a María como el dador del Agua Viva, la misma que ofreció a la samaritana. Esta agua simboliza la vida divina, la luz interior y la gracia que transforma el corazón, llenando todo vacío y permitiendo conocer las obras de Dios desde dentro. Solo quien bebe de esta agua “como es gusto de Cristo” entra en la verdadera comprensión de la cruz y de los caminos divinos.

- La sed de Cristo por las almas: Cristo revela su sed espiritual, un deseo ardiente de salvar y atraer a las almas. Esta sed es más profunda que cualquier necesidad física y nace del amor infinito que lo llevó a padecer hambre, cansancio y sufrimiento durante su vida terrena. El Señor muestra que su alimento es la conversión y la entrega de las almas.

- La cruz como camino de conocimiento y fecundidad: El Agua Viva conduce inevitablemente al conocimiento de la cruz, que no es solo sufrimiento, sino el lugar donde se manifiestan los “gustos” de Dios: su voluntad, su amor y su obra redentora. La cruz es presentada como: Camino de seguimiento auténtico, Árbol de vida, Fundamento de la Iglesia, Fuente de fecundidad espiritual. Cristo afirma que su cruz “no es para flojos”, pues exige abandono total y fidelidad. Quien bebe de su agua recibe luz para comprender el valor del padecer y para unirse a su obra.

- La Iglesia edificada en fuego y sangre

Jesús explica que la Iglesia fue fundada “a fuego y sangre”, y que María participa mística y simbólicamente en esta edificación. Los ataques, críticas y contradicciones que ella sufre son comparados con “martillos” que labran las piedras del edificio divino. Lo que parece obstáculo se convierte en ocasión para que Cristo manifieste su obra y su luz.

- La acción soberana de Dios

Cristo muestra su poder absoluto: nada puede impedir su obra. Aunque los hombres “ladren como perros”, Él sigue adelante con su designio. La aparente oposición no oscurece su camino, sino que lo hace más visible. Dios actúa en lo oculto, en lo interior, y solo quienes reciben su Espíritu pueden comprender sus caminos.

- La identificación del alma con la Iglesia

María es presentada como figura de la Iglesia, llamada a vivir en sí misma el proceso de purificación, cruz y fecundidad que caracteriza al Cuerpo de Cristo. La obra interior que Dios realiza en ella es un reflejo de la obra que realiza en su Iglesia entera.

- La humanidad sufriente de Cristo

Jesús confirma que padeció hambre, sed y cansancios reales, no solo espirituales. Su sufrimiento humano fue extremo, sostenido únicamente por la fuerza del Padre. Desde la Encarnación vivió en una cruz interior continua, reparando las imperfecciones humanas con su obra perfecta. En síntesis final.

- En síntesis: El texto es una profunda catequesis mística sobre el Agua Viva, la cruz, la Iglesia y la acción soberana de Cristo en el alma. Presenta la vida espiritual como un proceso de transformación por la gracia, donde el alma, al beber del agua que Cristo ofrece, entra en el conocimiento de sus misterios, participa de su cruz y se convierte en instrumento de su obra en el mundo.

07 febrero 2026

DIARIO DE ORACIÓN: La Cruz como Seno de Dios: Doctrina de la Muerte Interior y la Unión con Cristo.

Paráfrasis del texto original actualizado

El 9 de marzo, mientras comulgaba, sentí un profundo recogimiento interior acompañado de una gran luz que el Señor daba a mi alma. Esa luz me animaba porque disipaba algunos temores y penas que tenía respecto a las cosas de Dios. Me parecía que yo no servía para nada y temía estar equivocándome en mi camino, porque sentía que no avanzaba como el Señor quería. Sin embargo, sabía con certeza que lo que Él me pedía era bueno y verdadero. Me parecía que Él me daba muchísimo y yo respondía muy poco. Con estos pensamientos en el corazón, recordaba todo lo que había recibido del Señor, le pedía perdón por mis faltas y reconocía que todo lo bueno era suyo.

En ese estado, el Señor se manifestó a mi alma con una claridad tan grande como la luz del sol. Me mostró cómo Él habla al alma: con una fuerza que me recogía y me atraía hacia Él. Mi alma reconocía sin duda que era el Señor, el Espíritu Santo, porque solo Él podía obrar así. Dándome luz y quitándome los temores, me dijo: “Estoy en tu alma siempre, aunque a veces me derramo más abundantemente según tu disposición. Mira que estoy en tu corazón del mismo modo que estoy en la Eucaristía, según tu capacidad para recibirme.”

El Señor añadió que era verdad que Él guiaba mis pasos. Para que lo entendiera, me hizo recordar algunas gracias que había recibido de Él, como cuando me mostró que debía tener una pluma en la punta de su sabiduría, señal de que Él mismo dictaría lo que yo debía escribir. Aunque mi alma sabía que era Él quien se manifestaba, me sorprendía tanto que le dije: “Señor, pensad bien lo que decís. Vos estáis en el Sacramento, y aunque allí está vuestra humanidad, también estáis como Dios, y por eso debéis estar allí. Yo soy una criatura muy pobre.”

Entonces el Señor pronunció las mismas palabras que se oyeron en el Jordán cuando Cristo fue bautizado: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”[1] Y añadió: “Esta es mi obra y mi imagen, en quien pongo mis ojos.” Mi alma se llenó de confusión al ver que todo lo que el Señor hacía era pura bondad suya, sin que yo lo mereciera. Conociendo su poder y respetando los pasos por los que quería que yo caminara, me dijo con una luz que penetró mi alma: “María, no estuviste conmigo en mi bautismo, donde el Espíritu Santo hizo la fiesta; por eso te la hago ahora. Y mira: cada vez que comulgas, te doy el fruto de mi bautismo y te lavo con el agua del Jordán, que es la gracia de mi Espíritu, el mismo Espíritu del Padre, donde está también la cruz, porque allí tuvo su origen, en el corazón y ser de Dios. Este espíritu es el que te voy enseñando.”

Al reconocer al Señor y sus obras en mi alma, lo confesaba como dueño de todo, poderoso y capaz de hacer cuanto quiere. Mi alma se alegraba de que Él lo poseyera todo. Pero al mismo tiempo veía mi pequeñez y me avergonzaba. Parecía que se lo decía al Señor con dolor, y Él, con amor de padre, me respondió: “María, no miro solo la perfección de la humanidad de mi Hijo -que te muestro en Jesucristo-, sino que miro su figura. Yo sé de qué estás hecha y hasta dónde puedes llegar. El Hijo del Padre fue concebido sin corrupción por obra del Espíritu Santo -que soy Yo-, y por eso sus obras debían ser perfectas. Pero tú no tienes esa naturaleza. Yo veo tus límites y no me sorprenden tus debilidades. Lo que atrae mis ojos es la figura perfecta que llevo en ti: la de la cruz. En ella pongo mis ojos y en ella descanso.”

El Señor me mostraba lo que el alma de Cristo recibió en su bautismo: luces, gozos y perfecciones. Me enseñaba grandes misterios sobre su bautismo, y mi alma se alegraba al comprenderlos.

Veía al Señor siendo bautizado por una criatura, pero el fruto del bautismo venía de Él mismo: eran las aguas vivas de la gracia del Espíritu Santo, preparadas para los fieles, y la voz del Padre diciendo que era su Hijo amado. El Señor me mostraba que el Padre se complacía en las obras perfectas de la cruz. Me enseñaba que yo debía vivir mirando siempre ese gusto del Padre, procurando hacer su voluntad en todo, siguiendo los pasos de Cristo. Esos pasos no fueron dados por casualidad, sino para que los imitáramos y nos aprovecháramos de ellos.

El Señor me enseñaba que su Iglesia está llena de esas aguas del Jordán, derramadas en el bautismo. Todo lo había ganado Cristo para nosotros por medio de la cruz. Por eso el Padre se complacía en sus obras: porque eran las obras del Hijo de Dios, que vino a dar cumplimiento a las obras del Padre, obras que estaban en su entendimiento desde el principio, desde el Paraíso. El hombre las borró con el pecado, pero el Hijo de Dios les devolvió su ser por medio de la cruz.

El Señor había hablado mucho de esto antes, pero ahora lo mostraba todo en una visión espiritual donde todo se entiende. El alma se confunde al ver lo poco que agradece estas obras hechas con tanto amor y sabiduría, obras que solo Él podía realizar.

El Señor me enseñaba cosas que solo su bondad podía revelar. Me mostraba cuánto le agradaba este modo de seguirlo. Me recordó algo que Él quería y que yo había descuidado: que todos los viernes deseaba que le ofreciera un sacrificio en memoria de “SU VIERNES”, porque sabía que me daba ocasiones para sacrificar mi voluntad y ponerla en la cruz. Era una forma de ofrecerme por las muchas necesidades del mundo. Él me había dicho muchas veces que esto le agradaba, y ahora me reprendía por no unir mis pasos a los suyos.

Me mostraba cómo estas obras y figuras le habían agradado tanto que, al verlas, miraba al Padre para que no castigara al mundo. Y decía que cuando se le pedía algo por medio del Hijo, Él escuchaba con gusto, porque le agradaba la obra de la cruz, tan preciosa a sus ojos. Bendito sea Él, y haga que lo conozcamos, porque mucho se queja de que no lo conocemos. Que Él nos perdone. Amén.

Texto de María Evangelista Quintero MDC - 


[1] Mt.3,17.