12 marzo 2026

DIARIO DE ORACIÓN N. 31 -La cruz como premio: revelación, purificación y unión con la divinidad.

        
Versión del texto de M. María Evangelista en lenguaje actualizado

        El día 12 de abril, estando en oración y deseando agradar al Señor con la fuerza que Él mismo ponía en mi alma, se me apareció cubierto de sangre.

De todas las partes de su cuerpo salían gotas, tantas que lo empapaban por completo. Me dijo: “María, de cada una de estas gotas tu alma tendrá parte y un gozo especial. Serás premiada y recibirás una gloria particular por lo que has comprendido en esto.”

Yo le respondí: “Señor, ¿Cómo hablas de premio cuando yo estoy pidiéndote perdón por mis pecados? No quiero otro premio que conocer las obras de la cruz.”

Y Él me dijo: “María, ¿no ves que no existe cruz sin premio? La cruz está unida a la divinidad, y la divinidad es Dios. Quien recibe algo de Dios recibe un premio. No puede haber cruz sin recompensa, porque la cruz es obra mía, y en mí no hay obra sin paga. Quien recibe la cruz y la reconoce como favor mío, ya está siendo premiado. Dar a conocer mis caminos -que son los de la cruz- es ya un premio. Toda luz que viene de Dios es premio. Esto se entiende de la cruz que se conoce y se vive, porque muchos sufren, pero no conocen la cruz.”

Luego añadió: “Así como yo padecí en todas las partes de mi cuerpo, así recibo del Padre un favor y una gloria particular en cada una de ellas. Esto solo lo sabe a quien yo se lo revelo, porque solo el Espíritu Santo puede darlo a conocer. Quien ha entrado en mis llagas y ha descansado en ellas, recibirá de ellas. Quien me acompañó en vida y conoció mis obras, en la muerte verá resucitar esas obras, porque la cruz es premio y siempre dará fruto.”

Yo, viendo lo que el Señor me mostraba, le dije: “Señor, guía mis caminos para que te sirva.” Y Él respondió con amor: “María, yo iré delante de ti y guiaré tus cosas, porque en ello va mi honra. Y premiaré también a quien te ayude, como premié a quienes me acompañaron y me confesaron en el mundo.”

Mi alma se enternecía con sus palabras. Llegó el Jueves Santo y el Señor me dio una gran ternura y un profundo conocimiento de sus obras. Cada palabra de los salmos y del Evangelio me parecía un mar de aguas vivas donde Él sumergía mi alma, mostrándome su grandeza y mi pequeñez.

Le dije: “Señor, si dieras a otro lo que me das a mí, aprovecharía mucho más y te serviría mejor.” El Señor, acercándose como cuando lavó los pies a Pedro, me dijo: “María, haces como Pedro, que no quería dejarse lavar. ¿No sabes que cualquier luz mía es como un fuego que quema toda falta? Con el agua de la vasija -que es el fruto de la cruz- lavo las obras torcidas del hombre. Mis obras son para el hombre, y aunque no sea digno, mis obras lo hacen digno. Sin ellas no puede vivir. Así que recibe mis obras, porque ellas te harán digna y te darán lo que necesitas”.

Mientras hablaba, parecía lavar mi alma con el agua viva de su bondad, limpiando todo mal pensamiento. Me hacía ver que toda criatura es tierra y que sin Él solo produce espinas. Él es el hortelano que arranca la mala hierba; sin Él, el alma nada puede.

Me mostraba que la tierra da fruto de tierra, pero Él, que es vida, da fruto de vida. Sin su riego, el alma no puede vivir. Por eso le dije como Pedro: “Señor, no solo los pies, sino también la cabeza: no solo perdona mis faltas, sino dame que mi alma conozca y estime tus obras, porque son vida, y sin ellas no puedo vivir.”

El Señor respondió: “Bien dices, María. Yo soy quien riega, quien planta y quien hace crecer. Sin mi riego, la tierra seca del hombre no da fruto. Para esto me quedé en el Sacramento: para ser alimento y que el hombre viva de mí y se niegue a sí mismo.”

Yo le pedí que hiciera ese intercambio en mí y, viendo su generosidad le dije: “Señor, lava también a otros, porque esta agua da vida.”

El Señor me mostraba que concedía este favor a muchos que yo le señalaba. Y añadió: “A solo doce apóstoles lavé los pies; es decir, a pocos se les concede este favor porque no todos son capaces de recibirlo.”

Le pedí por una persona que sabía que no estaba bien, y Él me dijo: “También lavé los pies a Judas.” Me hacía ver que esta persona recibía auxilios, pero tenía inclinación a volver al pecado, como Judas, que prefirió el dinero antes que al Señor y comulgó en pecado mortal.

El Señor me mostraba cómo algunos se dejan lavar y otros no, aunque estén dentro de la Iglesia. Yo le pregunté por qué hacía diferencias, y Él respondió: “Esta es mi hacienda y la doy a quien quiero, pero también a quien está dispuesto a recibirla.”

Vi que daba según la disposición de cada uno. Le pedí por otra persona, y Él me mostró que ya había obrado en ella, pero que aún faltaba algo de fe. Me dijo: “Falta que actúe el Padre en ella. El Espíritu Santo ya ha actuado, y ahora actúo yo. Otro día se completará.” El Señor me hacía ver que todos sus pasos fueron dados para bien de un alma, y que el corazón humano es capaz de recibir todos sus tesoros si se deja lavar y purificar.

Finalmente, me dijo como a Pedro: “María, ¿me amas?” Yo respondí: “Señor, tú lo sabes”. Y Él dijo: “Pues sigue mis pasos y descansa en ellos como en tu hogar. Allí encontrarás tus tesoros, en el conocimiento de la cruz. Así estarás conmigo, y tu alma tendrá siempre premio y será unida, por amor, con la divinidad, que son las luces de lo eterno.”

========================================== 

COMENTARIO TEOLÓGICO DEL TEXTO

 - La visión de Cristo y el sentido de las gotas de sangre: María Evangelista narra una experiencia mística en la que Cristo se le muestra cubierto de sangre. Cada gota representa un don, un favor divino y un premio espiritual. El Señor le explica que no existe cruz sin premio, porque toda obra divina lleva consigo una retribución espiritual. La cruz no es solo sufrimiento: es luz, conocimiento y unión con Dios.

- La cruz como camino de conocimiento y gloria: Cristo insiste en que la cruz está unida a la divinidad. Por eso, quien abraza la cruz recibe luz, conocimiento de Dios y gloria espiritual. M. Evangelista comprende que el sufrimiento aceptado y entendido desde Dios es participación en la obra divina.

- El lavatorio espiritual: purificación del alma: El Señor compara su acción en el alma con el lavatorio de los pies a Pedro. La luz divina actúa como un fuego purificador que limpia las faltas. El agua del lavatorio es el fruto de la cruz, que purifica los pensamientos y obras humanas. El alma reconoce que sin esta acción divina es como tierra seca que solo produce espinas.

- Dios como hortelano: la gracia que riega y da vida: El texto desarrolla una imagen agrícola: El alma es tierra, Dios es el hortelano, la gracia es el riego que permite dar fruto. Y sin el riego divino, el alma no puede producir vida espiritual. Cristo explica que por eso permanece en el Sacramento, para alimentar y vivificar al hombre.

- La intercesión por otros y la libertad humana: La autora pide al Señor que lave también a otras personas. Cristo muestra que ofrece sus auxilios incluso a quienes no los aprovechan, como Judas. Se subraya que: Dios da su gracia, pero el hombre debe recibirla y disponerse a ella. La gracia no actúa plenamente donde falta fe o apertura.

- La imitación de Cristo y la unión amorosa: El Señor pregunta a María: “¿Me amas?”. La invita a seguir sus pasos, a descansar en la cruz como en su “hacienda”, es decir, en su tesoro espiritual. La cruz se convierte en lugar de unión, premio, descanso y conocimiento de lo eterno.

- Humildad y conciencia de indignidad: María Evangelista se siente indigna de los favores recibidos. Cristo le enseña que la indignidad humana no impide la acción divina: sus obras hacen digno al hombre, no al revés. La humildad se convierte en puerta para recibir más gracia.

En síntesis: El texto es una profunda meditación mística sobre la cruz, entendida no como castigo, sino como camino de luz, purificación y unión con Dios. Cristo se presenta como maestro, hortelano y lavador del alma, que guía, limpia y transforma. La autora aprende que la gracia es don gratuito, que debe acogerse con humildad, y que la cruz es el mayor tesoro porque une al alma con la divinidad.