Un día, a finales de febrero, mientras estaba en oración, tenía dentro de mí varias penas y preocupaciones por cosas que el Señor me hacía ver. Sentía una aflicción interior tan fuerte que incluso afectaba a mi cuerpo. Aun así, mi alma sabía que esa pena venía de Dios y no perdía su presencia. Llevaba varios días así, con una comprensión profunda del valor de la cruz y con luces claras sobre los bienes que trae.
Estando
en este estado, contemplando los caminos del Señor, Él me habló y, con un nuevo
recogimiento interior, me enseñó cómo era ese padecer y cómo había sido en Él
mismo. Me mostraba lo que muchas veces me había enseñado: el sufrimiento de su
alma y de su naturaleza humana. Era como si su alma contemplara el pecado del
hombre, por el cual debía satisfacer, y distribuía por todo su cuerpo el
castigo que el hombre merecía. Y, de un modo que solo su sabiduría comprende,
tenía en cada instante la cruz en todo su cuerpo, como si tuviera muchas cruces
a la vez. Y en cada una de esas cruces padecía con la misma intensidad, como si
solo estuviera sufriendo esa.
Mi
alma veía que el Señor tenía esto en todas las partes de su cuerpo y que a
todas les daba ser. Y sufría por el hombre con una pena tan grande que solo Él
podía enseñarme cómo era ese tormento continuo. Y al enseñármelo, lo imprimía
en mi corazón y en mi cuerpo de tal manera que yo perdía el sentido de mí misma
y me causaba angustias tan fuertes que ponían en peligro mi vida.
El
Señor, con amor, animaba mi alma y me decía: “Yo, María, en el huerto tuve esas
mismas angustias. Mi naturaleza humana sufrió una congoja tan grande que di
paso a la cruz, y el Padre me consoló. Pero mi alma, mirando siempre la
voluntad de mi Padre, tomaba fuerzas para padecer. Así también tú necesitarás
fuerzas si has de ser un espejo donde yo mire mi rostro y estampe mis
acciones.”
El
Señor me animaba con algo que ya me había enseñado muchas veces: la cogulla[1]
que me habían puesto el día de mi profesión para monja de coro. Me la mostró
como cubierta de cruces por todas partes, sin un solo espacio libre, como si
estuviera bordada de dolores. Era tan pesada que ninguna criatura humana podría
soportar ni siquiera un poco de ella. Una hermana de comunidad, sierva suya, a
quien también se la mostró, el Señor, sintió un poco de ese peso y dijo que no
podía soportarlo. Cuando preguntó para quién era, le dijeron que era la cogulla
de María Evangelista.
El
Señor me enseñaba que también tenía una cruz grande que afectaba a toda su
persona. Yo le pregunté qué significaba esa cruz grande, y Él me respondió: “María,
las muchas cruces que ves en la cogulla representan mi vestidura interior, la
manera en que mi alma y mi cuerpo padecían, comprendiendo todas las penas de mi
naturaleza humana, a la que yo dejaba sin consuelo. Nunca le di alivio, ni le
comuniqué los gustos del alma. Cuando te mostré la cogulla, aunque no lo entendiste,
era para que conocieras esta verdad y el camino por el que debía ir tu alma.”
La
cruz grande representaba el trato con los hombres: sin luz, sin verdad, sin
conocimiento de aquello para lo que fueron creados. Todos estaban metidos en
pecado y sin deseo de otra cosa. Yo, que soy la Verdad, caminaba entre ellos y
no me conocían ni querían conocerme. No encontraba lugar para enseñarles estas
verdades porque sus corazones estaban llenos de mentira y solo buscaban sus
propios gustos. Por eso dije que todos tenían dónde descansar, incluso las aves
del cielo, pero yo no tenía dónde reclinar la cabeza.
El
Señor me mostraba que esta cruz grande había sido el trato con los hombres y
cómo siempre la llevaba atravesada en su corazón al verlos tan alejados de la
verdad. Las otras cruces eran la satisfacción por sus pecados. Y me enseñaba
cómo trataba a su naturaleza humana, siempre desamparada, y cómo vivió en forma
de cruz desde el momento de su concepción.
También
me mostraba cómo su alma, unida a la divinidad, daba valor a esa cruz, y cómo
satisfacía por todos los pecados de los hombres, sufriendo por cada uno de
ellos un dolor particular. Parecía un leproso, cubierto de fatigas, sin nada
sano en Él. Y me decía que ese era también mi camino, según mis fuerzas.
Cuando
le pregunté por la cruz grande de mi cogulla, me dijo: “Esa es el trato con las
criaturas y las ocasiones de sufrimiento que te causan. Sabes bien que su trato
te ha sido y te es cruel.” Y me mostraba todo lo que yo había sufrido y otras
cosas ocultas que habían herido mi honra.
Yo
veía que así era, aunque me reconocía tan pobre criatura que lo echaba todo a
perder. Pero el Señor me mostraba cómo unía mis obras con las suyas,
consumiendo mis faltas y dándoles valor con el valor de sus pasos. Y así como
el Padre y el Espíritu Santo dieron valor a su cruz, también Él daba valor a
mis pequeños pasos, uniéndolos al fruto de su sangre, para bien de las almas
del mundo y del Purgatorio.
Yo
meditaba todo esto y veía cómo el Señor me había enseñado siempre la verdad. Y
como me parecía que Él revolvía pasado y presente, mostrando sus tesoros, por
eso yo pensaba que mis confesores que siempre tenían trabajo con todo esto
teniendo que ayudarme a clarificar del todo sus misterios.
El
Señor, respondiendo a mi pensamiento, dijo: “María, ¿Qué tiene de extraño si
son sombra de mi Iglesia y reflejo de lo que yo hice en ella? ¿No sabes que
para plantarla, después de mi muerte, mis apóstoles y evangelistas se ocuparon
en dar luz a mis obras? Pues en ese trabajo gastaron su vida. Yo quiero que tú,
como figura de mis pasos y de mi Iglesia, también des luz a mis obras.”
Y
mi alma veía que así era, porque había recibido muchas cosas de modo
particular. Y así como el Señor había depositado sus obras vivas en la Iglesia,
también me había dado luz y fuerza para conocerlas. Veía cómo el Espíritu Santo
asistía en la Iglesia, ungiendo y dando valor a todo, y cómo el Padre y el Hijo
asistían a las obras de la humanidad de Cristo. Y me enseñaba que ese mismo
Espíritu daba luz a mi alma y guiaba mis pensamientos, que siempre terminaban
en la cruz, porque Él se complacía en ella y ese había sido su vestido. Bendito
sea por todo. Amén.
Misericordias de Dios comunicadas n.20
ADVERTENCIA
Diario de oración de M. María Evangelista: Se trata de una paráfrasis del original con lenguaje actualizado, pero fiel totalmente al texto: No hay nada inventado sólo actualizado el lenguaje.
[1] Habito especial que se le impone a una monja cisterciense el día de su profesión solemne y que sólo la usa para asistir al rezo del Oficio Divino. Aquí la cogulla cubierta de cruces se utiliza como símbolo del dolor del Señor en su pasión del cual hacia partícipe a María Evangelista para identificarla con Él en el dolor lentor de su pasión.

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