Paráfrasis
en lenguaje actual del texto de M. María Evangelista
Mientras estaba en oración, pensaba en todo lo que los seres humanos le debemos al Señor. En particular, reflexionaba sobre todo lo que Él había hecho por mí y cómo, de tantas maneras, se había manifestado en mi alma. En ese momento, se me mostró algo como un sol que miraba directamente hacia mi interior.
Me fijé bien y entendí que ese sol representaba al Señor. De él salían muchos rayos que se extendían hacia diferentes lugares y hacia muchas almas. También hacia la mía llegaba esa luz de manera plena. Entonces se me dijo:
“En ti he puesto mi mirada como la pongo en mi Iglesia. He depositado en ti mis tesoros, te he comunicado lo más íntimo de mi corazón. Te he mirado de frente, igual que miro a mi Iglesia. En ella puse mis obras y se las comuniqué; así también lo he hecho contigo, no con una simple chispa, sino con la plenitud de mi ser y de mis verdades.”
Me manifestó que actuaba así según mi capacidad, mostrándome lo mejor de sus obras y sus secretos con claridad y plenitud. Me dijo que siempre había estado atento a mi alma y a mi camino, porque eran obra suya, reflejo de esa “nueva Iglesia” de la que tantas veces me había hablado.
Yo le respondí que no podía escribir esas cosas sobre mí misma, porque no quedaría bien. Él me contestó: “No lo digas como si fuera obra tuya, sino mía. Yo soy quien lo hace en ti; tú no aportas nada.”
Añadió que Él se inclina hacia lo pobre y lo pequeño, porque ahí se manifiesta mejor su grandeza. Me preguntó qué pensaba que significaba “nacer” en un alma: era Él actuando dentro de ella, renovando lo que hizo en su Madre, concibiéndose por gracia y por obra del Espíritu Santo, que sigue actuando hoy como entonces.
Dijo que los hombres no entienden estos caminos porque no son obras humanas, sino divinas, y solo pueden comprenderse con su Espíritu. Para hablar de Él, es necesario tenerlo a Él. Toma a la criatura como instrumento, pero esta no puede abarcar lo que hay en su “casa”. Él se une al alma y juntos realizan la obra, porque también quiere la voluntad humana, igual que quiso la de su Madre para encarnarse.
Yo me entristecía al ver cuánto se extendía el Señor en explicarme todo esto. Él me decía: “A mí me atrae la pobreza y la pequeñez. ¿No viste cómo me atrajo la pobreza del portal de Belén? Allí quise nacer, allí viví y allí me manifesté. Así también en tu corazón: al ver tu nada, tu poca ciencia y tu pobreza, me he inclinado a obrar en ti y a manifestarme al mundo por medio de este instrumento. Quiero ser conocido a través de esta pobreza, como lo fui en Belén.”
Me mostró cómo en aquel portal estaban presentes la Trinidad y todos los tesoros del Cielo, guardados en el corazón de María, que hacía oficio de Iglesia. Ella conservaba sus obras y lo “concebía” de nuevo con su aceptación interior.
Manifestó que lo tenían “en el suelo” como signo del remedio del pecado: abatido, perseguido, sin el reconocimiento del bien que traía. María lo levantaba, como ahora lo levanta la Iglesia, celebrando sus misterios porque lo lleva en su corazón.
Todos los pecadores podían entrar en el portal, porque estaba abierto para todos. Él estaba “en el suelo” porque pocos reconocían sus obras. Su Madre fue la primera en levantarlo, adorarlo y trabajar en sus obras, concibiéndolo de nuevo por obra del Espíritu Santo, que guiaba su alma como ahora guía la mía.
Me enseñaba la diferencia entre las obras hechas según sus caminos y las hechas por caminos humanos: las primeras tienen vida, fruto y plenitud; las otras no tienen consistencia. Por eso María creció tanto: porque actuaba en las obras de Dios, lo llevaba dentro, caminaba por sus sendas. Su humildad la engrandeció; su pobreza la enriqueció. Él puso sus tesoros en ella como los puso en el portal de Belén.
El Señor me mostraba todo esto con tanta claridad que comprendía que yo no tenía nada propio ni podía nada por mí misma: todo lo hacía Él. Bendito sea por siempre.
Misericordias
comunicadas N.4 (V. M. María Evangelista

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