Año 1634. Un
día, mientras estaba en oración, el 18 de enero, pedí al Señor perdón por mis
descuidos. Veía en mí tantas faltas de respuesta a lo que Él me daba, que me
conmovía pensar cuánto me soportaba. También comprendía lo poco que vale el
alma sin Dios y cómo la vida pasa sin fruto cuando no devolvemos a Dios el
talento que Él mismo nos dio.
Pensaba en
cómo quienes no hacen esto “entierran” ese talento y se vuelven como tierra,
porque viven sin espíritu. Y como yo veía cuánto le debía al Señor por haberme
dado a conocer su grandeza y enseñarme sus caminos -tan llenos de misterio que
solo su Espíritu puede revelarlos-, me dolía verme tan pobre a pesar de tanto
alimento espiritual. También me dolía por quienes aún no habían recibido esa
luz.
Comprendía que
solo el tiempo que se dedica a Dios es verdadera vida; el resto, cuando vivimos
“del aire”, son momentos muertos. Me consolaba ver la bondad de Dios, pero me
dolía todo lo que no era respuesta a esa bondad, y le pedía perdón.
Recordaba
cómo Su Majestad me había enseñado muchas verdades: cómo su Madre creció tanto
espiritualmente porque siempre tenía su corazón ocupado en conocer y
reverenciar los misterios del Señor. Día y noche meditaba y adoraba la obra de
la cruz. Y como no tenía estorbo de pecado, la luz de Dios la llenaba por
completo, y así enriquecía a toda la Iglesia con sus pensamientos puros, que
tanto agradaban al Señor por ser reflejo de su pureza. Veía que era la
preferida del Padre eterno. Todo esto se lo enseñaban a mi alma con gran claridad.
Yo me sentía
confundida al verme llamada a ese camino, y veía su grandeza y profundidad. El
Señor me decía que la vida del alma está en los frutos de la cruz, y yo deseaba
dedicarme solo a eso, pues Él me daba luz para hacerlo. Pero me dolía verme tan
lejos en mis obras. Además, me parecía algo que superaba mis fuerzas, aunque
veía que el Señor me llamaba.
En medio de
estos temores, el Señor recogió mi corazón con una fuerza interior tan grande
que sentí como si me atravesara. Me dijo: “María, mira que tienes todas las
cosas y puedes todo lo que quieras”. Yo me sorprendí y le pregunté: “Señor,
¿cómo puede ser eso?”. Y Él me respondió: “María, quien me tiene a mí, tiene
toda la riqueza del cielo y toda la vida del hombre; en mí lo tiene todo. Así
es mi Madre: me concibe en su corazón, me alimenta con sus pensamientos puros,
me abriga con su unión continua, y allí obro yo este misterio. Y el Espíritu
Santo es el maestro de esta obra”.
El Señor me
mostraba cómo hacía esto en mi alma, igual que en las entrañas purísimas de la
Virgen: cómo el poder del Padre actuó allí, cómo la gracia del Espíritu Santo actuó,
y cómo, con el consentimiento del Hijo, tomó carne humana de la sangre
santísima de la Virgen. Ella veía la unión altísima de las tres Personas
divinas actuando en su corazón.
El Señor me
enseñaba que hacía esto en mi alma por gracia, aprovechando el calor que Él
mismo daba a mi interior. Con eso me daba reverencia, conocimiento y estima de
estas obras, hasta el punto de que mi alma se deshacía al verse indigna de tal
favor. Y Él recibía estos pensamientos y esta luz -que Él mismo me daba- como
si fueran obras. Decía que eso era “sustentarlo”, porque al Señor le agrada que
el alma se ocupe siempre en conocer sus obras y guardarlas en su corazón. A eso
lo llama “concebirlo”. Y me enseñaba que hacía esto conmigo, de modo que el
Padre, el Hijo y el Espíritu Santo estaban presentes en mi corazón.
El alma
reconocía con gran amor esta gracia y veía el amor del Hijo, la gracia del
Espíritu Santo y el poder del Padre. Y veía cómo, por esa misma gracia, el alma
se hacía capaz de conocer estas maravillas obradas en una criatura. Y entendía
que no hay nada más grande en el cielo ni en la tierra que estar en el corazón
de una criatura suya.
Y decía el
Señor: “María, esta es mi Madre: la que me tiene dentro de sí, la que me
concibe porque sabe darme posada en su corazón, la que me alimenta con
pensamientos puros, la que me reconoce como poderoso para todo y me adora en su
alma”.
Yo estaba
fuera de mí al ver -según mi alma podía comprender- la esencia divina, su ser y
grandeza: el que es vida del hombre y riqueza del cielo, el que está en todo
lugar, el que da ser hasta a las plantas, me enseñaba estas cosas a mí, tan
pequeña. Y veía en Él la distinción de Personas y la unidad de un solo querer.
Y veía que esto estaba en mi alma, y el Señor lo llamaba “haberlo concebido”.
Mi alma encontraba tanta riqueza en Él que no deseaba nada más. Y entendía
claramente que quien tiene al Señor lo tiene todo.
Yo le decía
que, ya que en Él estaba todo, me concediera algunas gracias. Pero el Señor no
permitía que pidiera nada para mí, sino solo por la Iglesia. Y así le decía:
“Señor, la Iglesia… Señor, la Iglesia”. Este impulso me venía de ver las
riquezas de la Iglesia, fruto de su sangre. Y como la veía tan rica, decía:
“Señor, que no se pierda esta vida del hombre, pues no puede vivir sin esta
verdad y esta fe”. Lo repetía muchas veces. Entonces el Señor dijo: “María,
hago más por un alma que me lo pide así, como tú, que por muchos ejércitos que pelean
sin fe. Ya habría acabado con ellos, pero la sostengo porque mis escogidos me
lo piden. Por un justo perdono a muchos que no lo son”.
También le
pedía por las almas del Purgatorio, y el Señor me las mostraba. Me dijo: “Haré
con ellas lo que hice con las del limbo[1]
cuando se obró el misterio de mi encarnación”. Yo le pregunté qué había hecho
entonces. Él me enseñó que les dio nuevas esperanzas y noticias tan gozosas que
dijeron: “Esto solo puede venir de que nuestro Redentor ha llegado al mundo”.
Y ellas
dijeron: “Algún alma en el mundo ha dado gusto al Señor, y por sus méritos
recibimos este favor”. Y el Señor les mostró que era por la obra que hacía en
mi alma, por haberle dado lugar en mí, por haber concebido esta unión y
alimentado su presencia con los pensamientos que Él mismo me daba. Y yo veía
claramente al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo obrando con sus propiedades
distintas, pero en una sola unión y un solo querer. No sé explicarlo como lo
entiendo, y por eso lo dejo así.
Yo le dije:
“Señor, ¿qué has visto en mí para darme tantos favores sin merecerlos? ¿De
dónde me viene tanto bien?”. El Señor respondió: “Los pongo en tu pura
intención”. Yo le dije: “Señor, tú sabes que no puedo nada si no me lo das;
todo es tuyo”. Él dijo: “Con eso me das sustento y me alimentas en tu corazón.
Y quiero que hagamos un intercambio: yo cuidaré de ti y tú de mí. Yo, como
sabiduría eterna, sé lo que quieres pedirme y lo que pedirías si vieras como yo
veo. Y atiendo a ello como si me lo pidieras, por el amor que te tengo y por el
valor de la cruz cuya luz te he dado
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COMENTARIO TEOLÓGICO
El escrito describe una experiencia mística
extraordinariamente Cristocéntrica, donde María
Evangelista vive la conciencia profunda del pecado y de la gracia, iluminación
sobre los misterios de Cristo, participación espiritual en la vida trinitaria, y
una misión de intercesión por la Iglesia. Es decir, teológicamente, esto sitúa su
experiencia en la tradición de Santa Teresa de Jesús, San Juan de la Cruz y la mística
franciscana del Siglo de Oro. El tono es de locución interior: el alma percibe
palabras y visión del Señor, no como sonido o vista física, sino como iluminación
espiritual.
-La
conciencia de la propia pobreza espiritual: La autora, en oración, reconoce sus faltas y la poca
correspondencia que ha dado a Dios. Comprende que el alma, sin Él, no tiene
valor ni fruto, y que enterrar los dones recibidos es volverse “tierra”, vivir
sin espíritu.
- Dolor
por la propia tibieza y por quienes no tienen luz: Al ver cuánto le ha enseñado el
Señor, se duele de no responder mejor y también de quienes aún no han recibido
esa luz. Percibe que solo el tiempo entregado a Dios es verdadera vida; lo
demás es tiempo muerto.
- La
escuela interior de María: Dios le
muestra cómo la Virgen creció en santidad: manteniendo su corazón siempre
ocupado en los misterios de Dios, adorando continuamente la cruz, viviendo sin
estorbo de pecado, siendo transparencia pura de la Iglesia y preferida del
Padre. Esta contemplación ilumina su alma con claridad nueva.
-lamada a
un camino que la sobrepasa: Se siente
llamada a ese mismo camino de pureza y contemplación, pero se ve incapaz.
Aunque Dios le da luz, ella experimenta temor y desproporción entre su pequeñez
y lo que se le pide.
- La
palabra decisiva del Señor: En medio
de sus temores, Cristo la toca interiormente y le dice que lo tiene todo,
porque lo tiene a Él. Le revela que quien lo posee, posee la riqueza del cielo
y la vida del hombre. Le muestra cómo María lo concibió en su corazón antes que
en su cuerpo, y cómo el Espíritu Santo es el maestro de esa obra.
-
La Trinidad actuando en el alma: El Señor le enseña que en su alma se
reproduce, por gracia, el misterio de la Encarnación: el Padre actúa con su
poder, el Hijo con su consentimiento, el Espíritu Santo con su gracia. Dios se
deja “concebir” en el corazón que lo acoge con pensamientos puros y adoración
continua.
- La
inhabitación trinitaria: La autora
experimenta la presencia viva del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo en su
interior. Percibe la distinción de Personas y la unidad de su querer. Comprende
que no hay mayor grandeza en cielo o tierra que Dios habitando en el alma.
- La
verdadera maternidad espiritual: Cristo le
dice que su Madre es quien sabe darle posada en su corazón, y que así también
Él quiere ser sustentado en el alma de la autora. La “leche” que alimenta a
Cristo son los pensamientos puros, la adoración y la confesión de su poder.
-
Intercesión por la Iglesia: Al ver la
riqueza de la Iglesia -fruto de la sangre de Cristo-solo puede pedir por ella.
El Señor le revela que una sola alma que intercede con fe hace más que
ejércitos enteros sin fe, y que por un justo perdona a muchos.
-
Intercesión por las almas del purgatorio: El Señor le muestra cómo, en la Encarnación, dio esperanza
a las almas del limbo. Le revela que ahora concede gracias a las almas del
purgatorio por la intercesión de quienes le dan “lugar” en su corazón.
- El
diálogo de humildad: Ella pregunta
por qué recibe tantos favores. El Señor responde que los pone en su “pura
intención”. Le propone un “trueque”: Él cuidará de ella, y ella cuidará de Él,
siguiéndolo por los caminos de la cruz y de la Iglesia.
- La
formación continua del Espíritu Santo: Dios le muestra que siempre está infundiendo dones,
comunicando el valor de la sangre del Hijo y el amor del Padre. Solo la luz del
Espíritu Santo puede enseñar estos misterios.
-
Contemplación de la Trinidad como origen: Finalmente, recibe luz para contemplar al Padre como
principio, al Hijo engendrado por Él, y al Espíritu Santo procedente de ambos.
Ve esta vida trinitaria actuando en su propio corazón, un solo Dios en unidad
de querer y poder.
Lmjpa
[1] Aquí el Limbo se refiere al lugar (si así se puede denominar) donde esperaban las almas justas antes de la redención del Cristo.


