Texto de M. María Evangelista en versión de lenguaje actualizado
Estando un día en oración, el 17 de marzo, el Señor recogió mi
corazón y me mostró, como solía hacerlo, cuánto deseaba que mi alma lo siguiera
en sus pasos, que son los de la cruz. Me hacía ver que todo lo que nos aparta
de ella es enemigo del alma. Me enseñaba también la obra interior que Él mismo
había realizado en mí desde siempre. Todo lo mostraba con tanta luz y claridad
que mi alma comprendía que ese camino era el mejor para mí, el camino de la
Vida, por el cual toda criatura ha recibido vida.
Me mostraba que esta obra era la que el Padre amaba, y cómo su
sabiduría había trabajado en darle forma, siendo la verdadera riqueza de la
Iglesia. Todo lo veía con tanta claridad… Me hacía entender cómo su Espíritu
asistía siempre a sus obras humanas, ungidas y sostenidas por su gracia.
También me mostraba cómo todas las figuras de la antigua ley eran
solo sombras de lo que ahora gozamos, y cómo era verdad que Él me había puesto
en este camino, que ya estaba escrito. Me decía que todo había sido preparado
para hacer de mí una figura de sus obras y de la Iglesia, que es lo que un alma
representa. Yo veía que era así, aunque no podía explicarlo todo, porque solo
su sabiduría puede hacerlo comprender a quien Él ilumina.
El Señor me decía que para conocer los misterios de la Iglesia era
necesaria su sabiduría, y me mostraba cómo Él mismo asistía en sus profundos
misterios. Me hacía ver las ansias de su corazón por realizar estas obras, y
cómo avanzaba con deseo de habitar y morir en ellas. Me enseñaba que quienes se
apartan de este camino, aunque parezcan amigos, no lo son, porque ignoran la
verdad. Me mostraba que Él es la Verdad, y que su alma estaba siempre iluminada
por la luz del Espíritu Santo, con la cual obraba y daba valor divino a sus
acciones.
Yo contemplaba todo esto y, admirada, le pregunté: “Señor,
¿obrabas como Dios?” Él respondió: “Obraba como hombre, pero el valor lo daba
como Dios, y el Espíritu Santo guiaba toda mi obra. Y no debes quejarte de
falta de asistencia, pues te muestro que estoy en tu corazón y te doy mi luz”.
Al comprender esto, me sentí confundida por mis faltas y mi poca
fortaleza, y pedí perdón al Señor. Él se revelaba aún más y me mostraba la sed
y el deseo que su alma había tenido de padecer, y cómo caminaba con prisa hacia
la muerte. Incluso sus apóstoles quisieron impedirlo porque aún no tenían la
luz del Espíritu Santo.
Me enseñaba que nosotros, sus amigos, no creceremos mientras
queramos evitar la cruz. Me decía cómo le aconsejaban no volver a Jerusalén
porque sabían que lo querían prender, pero ellos no entendían los altos fines
de la cruz. Y añadió: “María, quien te aparta de la cruz no te quiere bien.
Muchos creen hacer amistad buscando para el otro descanso y honores, pero en
realidad lo dañan, porque lo apartan del padecer, que es lo que Dios quiere”.
Yo veía estas verdades y cómo el Señor avanzaba con prisa para
cumplir la obra del Padre. No descansaba hasta terminarla. Y mirándome con una
bondad que arrebataba mi alma, me dijo: “Acompáñame, María”. Yo
temí, porque entendí que hablaba de una muerte interior, de un nuevo padecer
que me esperaba, y me quedé sin fuerzas para seguirlo.
El Señor, con firmeza, me dijo: “María, mi muerte no fue eterna,
sino para resucitar. ¿Adonde voy yo no irás tú? Esta muerte se entiende
interiormente”. Y, consolándome, añadió: “En la cruz dije al Padre que
recibiera mi espíritu, y Él lo recibió. Mi alma fue al seno de Abraham, donde
estaban los profetas y padres, hasta que llegó el momento de unirse de nuevo a
mi cuerpo, que permaneció unido a la divinidad. Ese seno es el seno de Dios,
donde estaban las almas en gracia esperando mi entrada al Cielo”.
Me explicaba que esta muerte interior también podía obrarla Él en
mi alma sin necesidad de cambios exteriores, y que, estando Él conmigo, nada
podría dañarme. Reprendiendo mi falta de ánimo, añadió: “No me niegues como
Pedro, para que puedas perseverar como mi Madre hasta la cruz. Te he dicho que
extenderé mi brazo para que me acompañes en ella, muriendo conmigo. Tú no sabes
cómo será, pero yo puedo hacerlo y recibir tu espíritu en mi seno, mientras tu
cuerpo padece con esperanza de vida, como el mío en la cruz”.
Me enseñaba cómo el alma puede vivir esto interiormente: estar en
su seno –que es el Seno de Dios— y, al mismo tiempo, permanecer en la cruz en
su parte inferior -la naturaleza caída-. Toda cruz tiene fruto divino, porque
la cruz y la sangre del Señor son vida.
Con gran luz me mostraba cómo el alma puede morir viviendo en Él,
entregándose por completo a su voluntad. Este es el seno de Abraham, donde el
alma está segura y en compañía de los santos, en la verdad que es Dios. El Señor
mostraba cuánto le agrada que las almas lo sigan sin miedo, con fe, porque el
temor las hace negarlo como Pedro y estorba que Él comunique sus obras.
Me enseñaba que su Madre, aunque no estuvo físicamente en el
prendimiento de su Hijo, lo acompañó con su corazón todo en todo lo que Él
vivió, y que así puede hacerlo cualquier alma ahora. El temor a la cruz no debe
detenernos; es el amor propio el que quiere impedir nuestro bien, que está en
seguir al Señor por sus caminos, llenos siempre de verdad.
Decía que quien no se entrega al padecer no ha comprendido sus
caminos ni se ha negado a sí mismo, porque valora más lo que no vale nada que
lo que tiene verdadero precio: el padecer por amor. La honra de esta vida es
muchas veces un estorbo para el alma; debe morir en nosotros para descansar en
el pecho del Padre y gozar de sus gustos. A esto llama el Señor “morir”:
seguirlo, hacer su voluntad, acompañarlo en sus trabajos con gusto por
agradarlo, como Él hizo, pues su alma solo encontraba descanso en cumplir la voluntad
del Padre, que era estar en la cruz. Allí descansaba y tenía sed de esos
trabajos. Él sea bendito y nos lo haga comprender por su bondad. Amén.
MDCM n.23
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COMENTARIO TEOLÓGICO
- La cruz como
lugar de verdad, identidad y operación divina: El texto de M. María
Evangelista es una
enseñanza mística de enorme densidad teológica. Cristo instruye a María
Evangelista en el misterio de la cruz, la muerte interior, la obra del Espíritu
Santo, y la participación del alma en los misterios de Cristo. Todo está
articulado desde una experiencia contemplativa profunda.
-La cruz como
camino de vida y sabiduría divina: Desde el inicio, Cristo le muestra
que: la cruz es el camino de la Vida, todo lo que aparta de la cruz es enemigo,
la cruz es la riqueza de la Iglesia, y es la obra que el Padre ama. Teológicamente,
esto es puro Evangelio: “El que quiera seguirme, tome su cruz”. La cruz no es
castigo, sino lugar de revelación y fecundidad. La cruz es el modo en que
Cristo realiza la salvación y el modo en que el alma participa de ella. La
mística comprende que la cruz no es un accidente, sino la forma misma de la
vida cristiana. La Iglesia como figura inscrita en el alma, El Señor le muestra
que: las figuras de la Antigua Ley eran sombras de lo que ahora se vive, y que
el alma es figura de la Iglesia. Esto es profundamente patrístico: La Iglesia
es “Cristo prolongado”. El alma en gracia es “templo del Espíritu Santo”. La
historia de la salvación se reproduce en cada alma. María Evangelista ve que su
propia vida está escrita en el plan divino, como parte de la obra de Cristo.
- Cristo actúa
como hombre y como Dios: teología de la Encarnación: Cuando ella
pregunta: “¿Obrabas como Dios?”, Cristo responde: “Obraba como hombre, y daba
el valor como Dios, y regía esta obra el Espíritu Santo.” Esto es teología
cristológica pura: Cristo actúa con dos naturalezas: humana y divina. Sus obras
humanas tienen valor infinito porque están unidas a la divinidad. El Espíritu
Santo guía toda la obra de Cristo. Y Cristo añade: “No te falta esta
asistencia.” Es decir: el Espíritu Santo actúa también en ella.
- La sed de
Cristo por la cruz: Cristo revela: su ansia de padecer, su prisa por cumplir la
voluntad del Padre, su sed de trabajos, y su deseo de morir por amor. Esto
recuerda a Juan 19,28: “Tengo sed”. La sed de Cristo no es física: es sed de
redención. La mística comprende que: Cristo no fue empujado a la cruz, sino que
corrió hacia ella por amor.
- Los falsos
amigos: quienes apartan de la cruz: Cristo enseña que: quienes buscan
evitarle la cruz no son amigos, aunque parezcan bienintencionados, porque
impiden la obra del Padre. Esto recuerda a Pedro diciendo “No te suceda tal
cosa”, y a Cristo respondiendo: “Apártate de mí, Satanás”. Teológicamente: el
verdadero amor no evita la cruz, sino que acompaña en ella.
- La muerte
interior: participar en la Pascua de Cristo
Cristo explica que la “muerte” que
pide a María Evangelista no es física, sino: muerte interior, muerte del amor
propio, muerte de la honra, muerte de la voluntad, muerte a todo lo que impide
seguir a Cristo. Y añade: “Mi muerte fue para resucitar y no eterna.” La muerte
interior es paso a la vida, no destrucción.
- El seno de
Abraham como símbolo del seno de Dios: Cristo explica su descenso al seno
de Abraham y lo interpreta espiritualmente: el seno de Abraham es el seno del
Padre, lugar de espera, seguridad y gracia, donde el alma descansa mientras
Dios cumple su obra. Cristo promete a María Evangelista: recibir su espíritu en
ese seno, mientras su parte inferior permanece en la cruz. Esto es mística de
altísimo nivel: el alma puede estar en Dios y en la cruz al mismo tiempo, como
Cristo estuvo muerto en el sepulcro y unido a la divinidad.
- La unión con
Cristo crucificado: Cristo le dice: “Acompáñame, María.” Y luego: “No me
niegues como Pedro; persevera como mi Madre.” Aquí se revela la esencia de la
mística cristiana: seguir a Cristo en sus pasos, morir con Él, vivir en Él, participar
de su obra redentora.
La cruz no es solo imitación: es
unión transformante.
- La cruz como
fruto de vida: Cristo enseña que: toda cruz tiene fruto, porque está unida
a su sangre, y su sangre es vida. Esto es teología sacramental: la cruz es
fecunda, la cruz engendra vida, la cruz es participación en la obra de Cristo.
- El alma que
no abraza la cruz no conoce los caminos de Dios: C
El Señor concluye con una enseñanza
decisiva: quien evita la cruz no conoce a Dios, no se conoce a sí mismo, no ha
entrado en la verdad, y no puede crecer espiritualmente. La cruz es: criterio
de discernimiento, camino de santidad, lugar de unión, y escuela de amor.
Síntesis final: la cruz como lugar de vida
trinitaria en la Iglesia: El texto enseña que: La cruz es el camino de Cristo
y de la Iglesia. El alma participa de la obra de Cristo mediante la muerte
interior. El Espíritu Santo guía esta transformación. El seno de Dios es
refugio del alma mientras su parte inferior permanece en la cruz. La verdadera
amistad espiritual no evita el sufrimiento, sino que acompaña en él. La cruz es
fecunda porque está unida a la divinidad de Cristo. La muerte interior es paso
a la vida y a la unión con Dios: esto afirma la doctrina mística expresada en
este texto de María Evangelista es una doctrina de enorme profundidad,
plenamente coherente con toda la tradición de la Iglesia y que expresa
especialmente bien la tradición renacentista, barroca y moderna en la teología
de la cruz.
