29 diciembre 2015

NAVIDAD: DIARIO DE ORACIÓN


Estando en Maitines el día de Navidad, cogiendo el Señor a mi alma, enseñándole los misterios grandes de aquel Misterio, con ternura y amor que a mi alma hacía admiración, llegó el tiempo de hacer la ceremonia de adorar al Niño. Como iba el convento por su orden, llegué yo a adorarlo y, descubriéndose el Señor como cuando estaba en el portal, me mostraba cómo su Madre allí hacía oficio de la Iglesia, y cómo lo confesó y cómo le entregaba su corazón. Yo le pedía recibiese el mío Su Majestad, con un ímpetu grande de amor que a mi alma dio de ver su grandeza en aquel traje, solo por el hombre abrazado con la cruz. Y enseñándome cómo era la joya que más quería, pues era y tenía el hombre vida por su fruto, y el ángel, también, enseñando grandes verdades en esto. Yo le entregaba mi corazón y Su Majestad, con un amor de padre, lo recibió, de manera que todas las veces que miraba al Señor lo veía lo tenía en sí. Y dijo el Señor: Toma tú el mío, pues a eso vengo al mundo: a tomar del hombre sus deseos, y trocarle su vida en la mía y hacerlo conmigo una cosa.
Yo me hallaba mudada. Y enseñando el Señor cómo su Madre se le había entregado, y con la reverencia que asistía allí, en aquel lugar, y cómo le entregaba todos los de los hombres y se los ponía allí, en su presencia, deseosa que todos lo conociesen; y penada de ver los pocos que lo conocían, supliendo esta Señora por ellos, con un amor grande que en su corazón ardía suplía por todos y, como Madre, nos amaba por hijos a todos. Ella suplía nuestras faltas y enseñaba el Señor cómo a todos nos había tenido presentes. Y, mirando a mi alma con amor, dijo el Señor cómo me había mirado como a su esposa, y había visto y gozádose de ver [que] yo había de conocer sus caminos, seguir sus pisadas. Y como mirase a su Madre y viese cómo conservaba allí aquellos misterios y les daba ser, así había visto cómo Su Majestad había de dar a mi alma luz de ellos, y había de ser otra María que conociese su cruz y gozase de su camino y pasos. Y de esto había tenido Su Majestad gusto, entre tantos disgustos como en aquel portal, pobre de todo abrigo, había tenido; y este abrigo y desabrigo que el portal tenía, en significación del desabrigo que todos le dábamos al Señor con todas nuestras faltas; y sola la Virgen, con su amor, lo abrigaba, como lo conocía, y sola ella, como justa, sola estaba dándole gloria.
Y como yo me gozase de ver a Su Majestad que me había llevado el corazón con el amor grande que al hombre tenía, enseñando cómo era la gloria del Cielo y la vida del alma, le dije: Señor, y a mí ¿qué me dais? Pues a vuestra Madre Vos le dabais lo que ella os daba y la alumbrabais con la luz de vuestro espíritu para que ella conociese tan altas cosas y misterios como Vos le enseñabais, y a mí me mostráis lo hacíais. El Señor, con amor, dijo: Mírame, María: Yo lo hice. Y mirando a Su Majestad vi tenía una cruz, y dijo: Esta vine Yo a buscar, y esta tengo Yo en mi alma, y esta es la vida del hombre: esta te daré, María, y esta es la mayor dádiva que te puedo dar, y esta es la riqueza de cielo y tierra.
Diome temor, y reparé y dije, como yo estaba tan apretada y el Señor daba tantas ocasiones, díjele: Señor, ya veo que es lo que más estimáis y la mayor de las joyas de vuestra casa, mas témo que, si no con vuestro favor, no puedo yo nada. Y si es que queréis enviar alguna cosa de nuevo, como soléis cuando hacéis estas cosas y me enseñáis tales joyas, como siempre esté mi corazón en Vos yo no os lo vuelva a tomar: tomadlo y, con tenerlo para siempre, podéis enviar todo lo que quisiéredes. El Señor dijo: No doy Yo mi cruz sino dando Yo mi favor, porque adonde Yo pongo este tesoro doy Yo luz de él. Y la cruz y Yo somos una cosa, de manera que Yo asisto en la cruz y por ella se sube a mí, y Yo me comunico en ella; y la cruz y Yo somos una misma cosa porque los frutos de la cruz son míos, y toda la vida de la Iglesia es de la cruz y mi sangre es fruto de la cruz.
Como el Señor enseñase y dijese estas palabras, daba luz a mi alma de estos frutos y tesoros escondidos en su corazón. Como abriendo el libro de su sabiduría los comunicaba a mi alma; yo, como los conociese y viese, le dije: Señor, conservad vuestra Iglesia, pues no hay vida en el alma que no vive en ella, y no permitáis viva la mentira. El Señor, como agradecido de esta petición, dijo: María, pues tú tienes cuidado de mí, Yo cuidaré de tus cuidados y acudiré a ellos como si tú los hubieras de cuidar, de manera que Yo haré todo lo que me pides. Y mostrando el Señor hacerlo, veía acudía a muchas necesidades que yo había deseado pedir al Señor, y sacaba muchas almas del Purgatorio que yo tenía deseo de pedirle.
Y como yo estuviese como espantada de ver al Señor y a su Madre, cómo le estaba volviendo todo lo que le daba y dándole la gloria que tenía, y cómo lo miraba, a su Hijo y Señor, con grande reverencia y gozo, junto con el dolor que atravesaba su corazón de verlo tan desconocido de los hombres y a quien Su Majestad venía a buscar; deseosa mi alma de hacer lo mismo que veía a su Madre, en cuanto mi pobreza y poco caudal, sin poderme ir a la mano, viendo las riquezas del Señor en aquella nueva iglesia de aquel portal, las recogía y ofrecía al Padre por los pecados del mundo. El Señor, como mirando a mi alma, le dijo: Bien puedes hacer eso y derramarlas por los que no me conocen, que aunque ahora me miras Niño, ya he padecido en la cruz, ya tiene fruto. Pues desde que me encarné, puse a mi alma en ella y ella ha sido mi descanso. Ya he comenzado a satisfacer por el hombre, que no hizo desorden ni dio paso que no le soldase Yo, pues los pasos del hombre todos son torcidos. Y enseñando el Señor el valor grande de estas sus obras, hechas en el vientre de su Madre como obras perfectas y acabadas, solo Su Majestad podrá dar luz a un alma para conocer tales cosas, pues solas estas obras llevan la virtud de Dios y son obradas por obra del Espíritu Santo, y tienen sus favores y valor; enseñaba el Señor a muchas almas sin luz de ellas, y a otras, aunque estaban en su presencia, no lo sabían ni alcanzaban su profundidad.

Yo le dije: Señor, ¿quién os comprehenderá sino solo Vos, y quién las ha de conocer sino Vuestra Majestad? Solo Vos mismo y a quien Vos, con vuestro espíritu, diereis luz para conocerlo. Dijo el Señor: Ese no lo negaré Yo a quien lo quisiere, mas no lo quieren porque se quieren a sí más que a mí. Yo no soy conocido porque me desechan como me ven desechado y amigo de cruz. Yo le dije: Señor, ¿y a estas qué les darás? El Señor respondió: Lo que me dieren: si ellas me dan sus corazones Yo les daré a mí mismo; si no me dan nada no puedo Yo darme. ¿No ves que no quepo Yo en corazones que no están vacíos de sí? Si ellas se desocupan Yo entraré a ocuparlas y a morir con ellas, que a eso vengo. Y mirando el Señor mi alma, le enseñaba las penas que las criaturas le daban y cómo están atravesando su corazón porque no se acordaban de sus misterios. Estaban como sin jugo, no lo conocían; olvidadas en sus culpas celebraban estos misterios olvidados de su alma, como si no hubiera nacido Dios. Y enseñaba que había algún cristiano que aún no sabía qué cosa era hacerse Dios hombre por él. Solos, enterrados en gustos sensuales, como bestias


De los escritos de María Evangelista

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