04 marzo 2014

DIARIO DE ORACIÓN -2- Cuaresma

Crucifijo que tenía M. María Evangelista
 en su celda
Carta de M. María Evangelista al P. Gaspar de la Figuera, su confesor 
No tengo para esta Cuaresma otra cosa de más aliento que enviar a Vuestra Reverencia, sino el traslado de esas mercedes que hizo nuestro Señor a una persona que necesitaba mucho de esos celestiales consejos. No va trasladado palabra por palabra, que fuera alargarlo, sino sola la substancia.
Un día en la comunión tuve gran recogimiento y en él me mostró el Señor lo mucho que había obrado por medio de la Cruz, y que por ella tenían vida todas las cosas. Y a mí me había hecho la gracia de darme luz de esta verdad y parte en esta vida, y que su providencia amorosa disponía con suavidad y fuerza hasta lo más menudo de mi camino, allanándome muchos pasos que a mí se me hacían agrios.
 Viendo yo, y reconociendo con agradecimiento y confusión todo esto, me humillé y admiré mucho de lo que hacía Dios con una criatura tan baja y tan indigna de este afecto.
 Me respondió el Señor: ¿De qué te espantas? ¿Tú y Yo no somos una misma cosa? ¿Como Yo bocado a mi mesa que no te dé de él?
 Me volví yo a admirar mucho más de oír esto y el Señor, me recogió aún más adentro de lo que estaba, y allá, al modo como habla en nuestro interior, sin palabras el alma a Dios, le dije las simplezas que yo suelo:
- Señor, ¿por qué decís eso? ¿No veis que habláis de Vos, con quien no se puede comparar nadie? Me respondió el Señor:
Hija, esto es así, ¿Yo no te llevo por mi camino? Si Yo di a mi naturaleza cruz, la di a la tuya. Si le di luz y gozo en la esencia divina, también, conforme a tu cortedad, te la he dado. Si se ha dicho contra mí, también permito que se diga contra ti. Si he sido tenido por embustero, también tú. Si que había Yo blasfemado, de ti lo dicen. Porque Yo te he dicho que torno a ser concebido en las almas, y me dan allí sustento y me fomentan, y con ser verdad mía la han tomado los ciegos por blasfemia, como cuando dije que era Hijo de Dios. ¿Pues esto no es comer a mi mesa de mi manjar, como tú comes a mi plato? También, ¿no has visto cómo una persona se mira a un espejo y ve su persona como transformada en el espejo, que parece se ha pasado allá? Así, Yo te he escogido y mirado como espejo, y voy trasladando mis obras y pasos, como tú puedes y tienes capacidad en ti, gozándome de verlas todas en ese pequeño espejo. Por eso mi sabiduría ha permitido tantas sinrazones, porque en obrar tú en cruz fuese parecida a mi obra en ella. Y si reparas, de tus trabajos y cruz hago Yo medios para socorrer a las almas, que por eso, cuando tú estás trabajada, tomo Yo el fruto de tus trabajos, y juntándolo con el mío, que es infinito, saco muchas almas de penas de Purgatorio y echo otras muchas mercedes. Que quiero Yo que tú y Yo seamos una misma cosa, transformándote tú en mí, y por esto te he hecho semejante, en cuanto tú puedes llevar, según tu pequeñez.
Aquí me enseñó la cruz como un panal, que toda estaba llena de dulzura para el alma, y decía el Señor que, así como todo el panal está dispuesto para llenarse de miel, así se dispuso la humanidad de Cristo para llenarse de cruces, por amor y remedio y sustento del hombre; que había sobrado para todos los bienaventurados y lo tenía repartido, este divino sustento, por los sacramentos, que son frutos de la cruz.
 Por no conocer nosotros este valor y esta su substancia de la cruz, más dulce que la miel, que la tiene escondida, carecían los hombres de vida y de luz, por huir de esta sombra de penas.
 También dijo Señor, que los que no aman la cruz, ni la aceptan, padecen mucho más, porque padecen sin alivio ni fruto, ya que rechazan su ayuda. De todos modos llevan la cruz pero no va Cristo en ella, y en los mismos gozos que buscaban hallaban tormento, porque no son los gozos  de esta vida, satisfacciones como parecen.
 Mas los que buscan a Dios en cruz lo hallan, que es gusto esencial porque no está ni descansa sino en la cruz, y en viendo en ella al alma, la mira como a su regalada, y con ella tiene sus delicias y no aparta de ella sus ojos.
Por que Vuestra Reverencia[1] estime las astillas pequeñas que le fía nuestro Señor y no se tenga por olvidado, ni se ahogue de que se acuerde tanto, sino que tenga hambre insaciable de este Árbol de la Vida, cuyo fruto es todo cruces.
 Avíseme del recibo y qué va nuestro Señor disponiendo en Alonso de Ojea.
Dios me guarde a Vuestra Reverencia, como deseo.
Salamanca, y febrero 28 de 1634[2].


[1] Se refiere al P. Gaspar de la Figuera al que dirige la carta.
[2] Nota del copista al margen: “Este mismo año se fundó, en octubre, el Monasterio de Casarrubios. 1634”.

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