25 marzo 2013

DIARIO DE ORACIÓN -4- La corona de espinas

DE LA MADRE EVANGELISTA

Todos los santos han  practicado todas las virtudes heroicamente, pero en cada uno de ellos se destaca especialmente una virtud.  Por tanto, esa virtud específica, en ese santo concreto  desarrolla la teología de esa virtud de un modo personalizado en su vida y  en sus obras escritas, si las tiene.
Pues M. María Evangelista fue de las personas que vivió, de un modo  especialmente intenso, el misterio del amor de Jesucristo manifestado en el “sufrimiento”, en la “cruz” como símbolo del “Amor de Dios al hombre”,  y como consecuencia, se manifiesta y desarrolla  en su vida diaria y en toda su obra escrita  la Teología de la Cruz.
                En este Blog, dedicado a ella, iremos publicando en  pequeños extractos, algo su obra escrita, que es a la vez, el testimonio de su vida santa. Con el tiempo se irán ampliando estas publicaciones para hacer posible que los lectores puedan participar de tanta gracia de Dios y sabiduría divina, que nos llega a través de los santos, y en este caso a través de M.María evangelista.

                Cómo fueron las visiones o revelaciones es secundario, lo importante es su mensaje sublime, el testimonio de fidelidad, de vida totalmente entregada a Dios, de correspondencia al AMOR infinito de Dios al hombre. Mensaje de luz y esperanza para cada uno de nosotros que somos amados por el mismo Dios y redimidos por la misma Sangre Preciosa de Jesucristo, a pesar de nuestros pecados e infidelidades.
   DEL RELATO DE LA PASIÓN

Crucifijo que M. María Evangelista
 tenía en su celda. El Cristo pintado
ya tiene la corona de espinas
 en forma de capacete

    Recuerdo que ayer me mostró el Señor mi corazón con los tres clavos atravesados en él en forma de cruz, como el año pasado también me lo mostraba. Yo le dije:  ¿cómo que fueron tres clavos, si fueron cinco las llagas? Y el Señor dijo: ¿No ves que los dos pies estuvieron el uno sobre el otro? Acerca de ésto, me había dicho el Señor en días anteriores, cuando estaba pensando yo si los clavos habían sido cuatro o tres: María, yo amé tanto el padecer por los hombres que  me tiré siempre al mayor sufrimiento por ellos. Y viendo que si tuviera dos clavos en los pies habría estado más descansado mi cuerpo, escogí que me los enclavasen ambos con solo uno, con lo cual todo el cuerpo cargaba sobre ellos con menos descanso y mayor quebranto. 
La Virgen tenía distinta noticia de cuanto padecía Cristo, era como si lo viera con los ojos. Y me dijo el Señor que le manifestaba tan claro pora no privarla de este tesoro de su cruz, y para que lo acompañase con el alma en estos pasos. También me manifestó su corona de espinas, que era de forma de capacete que abarcaba toda la cabeza, de modo que todas las espinas de la parte de dentro se le enclavasen. Me dijo que las que lo hirieron fueron tres mil menos una, entre pequeñas y grandes. Que las de mayor tamaño le atravesaron las sienes y la frente hasta junto de los ojos, y algunas llegaron al hueso. La que faltaba para 3000 era símbolo su Madre, que no lo lastimó en nada. Me mostró lo que padecía interiormente, que era a la medida del amor sin medida ni comparación con lo exterior, y estampaba en mi alma aquellas penas, de modo que era yo la necesitaba que él me tuviese de su mano para poderlo soportar.  
 
Así  es descrita la corona de espinas  reflejada en la
 Sábana Santa de Turín,  al estudiar sobre ella
 las huellas que quedaron en la resurrección.
Me hizo seguir viendo cómo salió la Virgen al camino del Calvario a verlo, y  lo vio muy desfigurado. Y le dijo en el alma: Saborea aquí al que buscas. Y sentía yo también sentía angustia  por verla ella tan angustiada. Yo veía al Señor tan quebrantado y desfigurado, más se le reconocía porque tenía consigo aquella divinidad y majestad que nunca pudo ser oscurecida ni por sus tormentos. Y le dije: Aunque estáis, Señor, desfigurado, bien reconozco sois el que he tenido conmigo, el que me ha acompañado en mis cosas, el que ha sido mi maestro en el camino de la cruz. Y así, os confieso por Señor y guía.

Aunque con esta vista desfallecía mi alma de dolor, la misma que la hería la alentaba a ver más y seguir más al Señor. Vile caer con la cruz, consumiendo todas sus fuerzas en el gusto de su Padre. Y en este paso, el alma del Señor estuvo como anegada en las maldades, sin suelo ni número, de los que se habían de condenar por no estimar en nada su sangre, sus dolores, su muerte. Y juntándose esto con el peso de la cruz y la flaqueza del cuerpo, dio consigo y con la cruz en el suelo. Y aquí fue donde fueron más duras sus penas y donde padeció más.      

Es casi exactamente así  es como la
 describe M. María Evangelista,
cuatro siglos antes.

 Yo lo contemplaba con la Corona puesta, corriendo sangre por todas las partes de su rostro y cabeza. Atadas y cruzadas las manos que tenían poder infinito... Estaba con mucha gravedad y compostura, y corría la sangre por el rostro tan fresca como cuando la derramaba. Poco de su rostro dejaba que no estaba corriendo unos arroyos e hilos de sangre que de su cabeza salían. Y era un dolor tan muy extremo, pero  su gracia su hermosura era tanta que con estar su rostro  tan desfigurado como se ha dicho, arrojaba de sí unos rayos de luz que lo atravesaban.

Ya en  el calvario reparé en especial en la mejilla derecha, donde había recibido la bofetada, que estaba mucho más hinchada y renegrida. Yo, con la compasión, quise llegar a adorarla de cerca  y me lastimé en las espinas de la corona. Y díjome el Señor: No me alivies en eso, que no lo hizo mi Madre y no quiero Yo de ti más que ella. Luego volvió el  Señor a decir que me acordase del pregón con que lo llevaron a ajusticiar, por alborotador del pueblo por haberse declarado Hijo de Dios. Me dijo: María, cuando te pinchen aquellas espinas que te enseñé, y te digan que eres soberbia y tomen  tu verdad a burla, mírame a mí y lo que dicen de mí, y no te quejarás.
        

No hay comentarios:

Publicar un comentario